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Colaboración creativa: clave del éxito

Los artistas o creativos que al mismo tiempo son empresarios, deben entender la importancia de rodearse de gente talentosa.

Al contrario de lo que podría pensarse, los grandes proyectos artísticos del arte clásico y moderno no han sido obra ni de un solo par de manos ni de una sola mente maestra. 

La historia del arte nos deja ver que la mayoría de los grandes proyectos emprendidos por prestigiosos artistas han sido colaborativos, pues numerosas manos y mentes aportaron su conocimiento y trabajo al artista titular, contribuyendo de manera decisiva a que su proyecto pudiera cristalizarse exitosamente.

Al decir esto, no es mi intención ni polemizar ni desmerecer el crédito de los grandes visionarios que han logrado consumar proyectos artísticos y culturales históricos, sino más bien compartir una reflexión que hice hace unos días tras una conversación con el joven artista plástico, Alonso Cedillo Mata, quien me hizo caer en cuenta de que -al contrario de lo que opinan muchos críticos de arte- los procesos de producción colaborativos ha sido una práctica común, positiva y sumamente redituable para los artistas desde siglos atrás, además de una maravillosa ‘academia’ para forjar nuevos talentos.

Por ejemplo, en la ejecución de los murales que David Alfaro Siqueiros concibió para la Torre de Rectoría del Campus Central de la Universidad Nacional Autónoma de México, participaron jóvenes como Gilberto Aceves Navarro, quien años después se convertiría en el principal exponente de lo que se conoce como la ‘Generación de la Ruptura’ y en uno de los artistas vivos más admirados de México.

Otro caso similar es el del pintor Mario Orozco Rivera, padre de Gabriel Orozco, reconocido exponente del arte contemporáneo en la actualidad; Siqueiros admiró el talento y las habilidades de Orozco Rivera, haciéndolo traer de Xalapa donde ejercía como maestro de la Universidad Veracruzana, para integrarlo como jefe de ‘la Tallera’, su célebre taller y centro de producción en Cuernavaca.

Tanto Aceves Navarro como Orozco Rivera participaron activamente en el desarrollo de las monumentales obras de Siqueiros, incluyendo ‘La Marcha de la Humanidad’ -considerado el mural más grande del mundo- dejando huella de sus talentos y visión personales en ellas; sin que esto demerite a Alfaro Siqueiros de ninguna manera, sino al contrario, puesto que estas prácticas dejan ver que el artista supo rodearse de colaboradores exitosos que agregaron valor a su trabajo.  

Ejecutar este tipo de procesos creativos y de producción es, en sí mismo, una práctica empresarial muy inteligente; sin embargo requiere de un espíritu de colaboración que no admite egos.

Quienes se asumen como artistas o creativos pero al mismo tiempo como empresarios, deben entender la importancia que el rodearse de gente talentosa tiene para su carrera; más aún cuando este tipo de relaciones puede derivar en alianzas y colaboraciones potenciales que ayuden al emprendedor creativo a diversificar su oferta de productos en un determinado momento, haciéndolo más competitivo.

Por ejemplo, Alejandro López, reconocido artista plástico y diseñador gráfico leonés, lanzó hace ya algún tiempo una línea de molduras, mosaicos y otras aplicaciones de cerámica y yesería con motivos característicos de su obra, fabricada en colaboración con los talleres de alfarería de su natal estado de Guanajuato. Ésta ha tenido una gran recepción por parte de constructores y desarrolladores inmobiliarios en búsqueda de materiales que los ayuden a diferenciar su oferta de propiedades, principalmente de departamentos enfocados a un segmento joven.

Finalizo con una anécdota. Jesús Reyes Ferreira, mejor conocido entre los círculos artísticos como ‘Chucho’ Reyes fue un anticuario, pintor y coleccionista mexicano, oriundo de Guadalajara, Jalisco, que influyó de manera trascendental y decisiva la manera en lo que percibimos como la arquitectura mexicana moderna.

Fue a él a quien se acercó un joven Luis Barragán, ya como reconocido arquitecto, solicitando su consejo respecto a la paleta de color que con el tiempo volvería inmortal a sus obras. Chucho Reyes, tal como dijeron artistas de la talla de Soriano y Siqueiros, fue dueño de una sensibilidad y entendimiento de lo mexicano mucho más allá de lo trivial y lo folklórico; la presencia de íconos de nuestra identidad como el azul colonial y el rosa mexicano en la arquitectura de Barragán y luego de Legorreta, su gran alumno, fueron parte de su legado.

Cabe destacar la estatura intelectual de Barragán que en la búsqueda de ser un profesional creativo cada vez más completo, acudió a Reyes para pedirle su asesoría estética y en color y a otro titán de su tiempo, el escultor mexicano de origen alemán Mathias Goeritz, para ser su asesor en volumen y proporciones.

Se dice que Reyes, profundamente relacionado con las altas esferas de la clase política y empresarial por la naturaleza misma de su oficio como anticuario, fue también quien le consiguió el financiamiento a Barragán para adquirir los terrenos de lo que llamaban ‘El Viborero’ al sur de la Ciudad de México, cuando éste quiso no depender más de los encargos que llegaban a su despacho y entrar al negocio del desarrollo inmobiliario para capitalizarse.

Aquellos terrenos, de inusual belleza por su caprichosa superficie de roca volcánica, son hoy el Pedregal de San Ángel, uno de las zonas residenciales más exclusivas del país. ¡Vaya que el espíritu colaborativo de Barragán fue decisivo para el éxito de su carrera!

En 1988, al recibir el Premio Pritzker, conocido como el 'Nobel de la arquitectura', Barragán dijo: “Es esencial para el arquitecto saber ver, quiero decir, ver de manera que no se sobreponga el análisis puramente racional… Y con ese motivo rindo aquí homenaje a un gran amigo que con su infalible buen gusto estético fue maestro en ese difícil arte de ver. Aludo a Chucho Reyes, a quien tanto me complace tener ahora la oportunidad de reconocerle públicamente la deuda que contraje con él por sus sabias enseñanzas…”.