Plan de Negocios

Haz que tu investigación sea un éxito comercial

Para que el conocimiento genere dinero, científicos e inventores deben transformarlo en un producto o servicio que resuelva un problema.
Haz que tu investigación sea un éxito comercial
Crédito: Depositphotos.com
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El sueño de fusionar partes artificiales para reemplazar miembros del cuerpo humano es hoy una realidad gracias a la biónica. Corazones, pulmones, ojos, riñones, huesos, e incluso sangre fabricados por el hombre se desarrollan y prueban cada vez con mejores resultados.

En México, quienes han perdido un dedo, una mano o un brazo tienen la opción de encontrar una prótesis con apariencia y funcionalidad similar a la biológica y a una cuarta parte del precio establecido por algunos laboratorios extranjeros.

Esta alternativa la ofrece Probionics, compañía mexicana fundada por Luis Armando Bravo Castillo, un joven ingeniero en biónica egresado del Instituto Politécnico Nacional (IPN), quien apostó por emprender haciendo investigación aplicada. La intención desde el inicio, asegura, era poner su conocimiento al servicio de las personas de bajos recursos y no sólo convertirse en una fábrica de prótesis.

El interés surgió antes de estudiar biónica, cuando cursó dos años de medicina. Esa época marcó su vida, pues se percató de la problemática que padecen este tipo de pacientes para adaptarse a la vida cotidiana y de los elevados costos de las prótesis.

Un camino largo

Pero emprender en este tipo de proyectos de alta tecnología y alto grado de investigación no es una tarea sencilla, como lo reconocen América Padilla y Cecilia Bañuelos, titulares de la Agencia de Comercialización o Agencia 3C del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav).

A diferencia de un negocio tradicional, en áreas del conocimiento como las ciencias exactas y naturales, las ciencias biológicas y de la salud, e incluso en las ciencias de la ingeniería, se requieren largos períodos para validar un proyecto; incluso cumplir con marcos regulatorios antes de salir al mercado. Luis, de Probionics, lo constata. En 2004, a sus 22 años, su idea era sólo una tesis que deseaba aplicar.

Como detalla por su parte Juan Alberto González Piñón, director del Centro de Incubación de Empresas de Base Tecnológica (Ciebt) del IPN, “la investigación por sí misma no genera valor económico. Lo hace el transformar ese conocimiento y llevarlo al mercado en forma de un producto o servicio que satisfaga una necesidad específica”.

Tan es así, que el Plan Nacional de Desarrollo plantea que la ciencia y la tecnología, incluyendo la innovación, sean una herramienta y un motor para el desarrollo del país.

Pero para llegar al mercado, ese conocimiento debe estar amparado, advierte a su vez Miguel Ángel Margáin, director general del Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI). “Si queremos ser una sociedad y economía del conocimiento, ese conocimiento debe de estar protegido para que pueda generar crecimiento económico”, sostiene.

La protección se da a través del registro de marcas, patentes o modelos de utilidad, que después pueden licenciarse y comercializarse. Por eso, “la propiedad industrial es un negocio”, dice Margáin. “Esto se debe a que los derechos de propiedad industrial son monopolios temporales (20 años) que permiten explotar el fruto de una actividad inventiva y que a la fecha se han convertido en los activos más importantes de una empresa”, explica.

Por eso algunas compañías comienzan a tener en su interior grupos de investigación o se asocian con centros o universidades que les permitan encontrar soluciones prácticas para elevar su competitividad. Y por su parte, la comunidad científica empieza a buscar cada vez más darle una aplicación real a su conocimiento. De a poco, los investigadores que antes se conformaban con hacer divulgación científica para incrementar su nivel en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), empiezan a llevar su investigación a mercados bien definidos.  

“Estos nuevos desarrollos tecnológicos generan avances en la economía una vez que se licencian”, dice al respecto Shanik Santos, coordinadora general de Propiedad Intelectual de TechPyme de la Fundación México-Estados Unidos para la Ciencia (Fumec). Sin embargo no todos los investigadores, científicos e inventores saben cuál es el camino para proteger su actividad.

En su caso, Luis dudaba si el primer paso era crear una empresa, incubarse o patentar. “Con la biónica yo quería ayudar, pero me faltaban años de desarrollo para que las cosas cuadraran bien. Ante todas las problemáticas inherentes a cada paciente, primero debía desarrollar una tecnología flexible”, recuerda el emprendedor.

Fue hasta 2006 cuando constituyó legalmente su empresa y durante los últimos siete años ha desarrollado una variedad de prototipos y ensayado con diferentes materiales. También ha probado mecanismos y sistemas electrónicos y de control para llegar a su actual modelo modular de extremidades superiores (mano, muñeca, antebrazo y codo).

Actualmente las piezas se elaboran de aluminio, nylon y fibra de carbono, lo que las hace livianas (pesan entre 250 gr y 1.2 k). Tienen una plataforma de control central mediante un sistema mioeléctrico (que registra los estímulos eléctricos musculares), que le permite al usuario tener dominio total sobre el movimiento que desea realizar con la prótesis y la velocidad e intensidad deseada. Además están provistas de una batería de largo rendimiento y un software que posibilita configurar la prótesis de forma inalámbrica a través de una computadora.

Además, Luis cuenta con una patente PCT (tramitada en virtud del Tratado de Cooperación de Patentes, con la que se pude proteger una invención hasta en 148 países) y cuatro más en trámite. Ha desarrollado siete variantes de la misma prótesis y las adaptó con éxito en 130 pacientes.

Para llegar a este punto ha tenido que sortear otro problema: los fondos. “En un principio era una investigación personal. No estaba adscrito a ningún programa de postgrado y no perseguía un fin comercial”, comenta. Pero para llevar a cabo las mejoras, requería más que su propio capital. Por eso, además de vender sus prótesis, Luis solicitó algunos fondos estatales y del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt).

Al obtenerlos adquirió maquinaria y comenzó el desarrollo de baterías propias, que antes debía importar. Esto redujo el costo de las prótesis y las hizo más funcionales porque ahora las baterías se adaptaban a la forma de las piezas y no se tienen que conectar de manera externa y amarrarse a la cintura. “Ha sido un camino largo y de picar piedra”. A excepción de la tornillería, Probionics fabrica todas las piezas que integran las prótesis.

El producto ha tenido una buena recepción y no obstante que en México se realizan anualmente 9,200 amputaciones del miembro superior, se estima que el mercado global alcanza los 15,000 pacientes al año. Por eso el emprendedor determinó llevar su empresa al ramo internacional.

La tarea no es fácil. Empresas como las estadounidenses Fillauer y Be Bionic; la alemana Otto Bock; y la inglesa Touch Bionics, también venden prótesis. Sin embargo, explica el emprendedor, los precios son muy superiores a los de su compañía (una pieza de las marcas extranjeras puede costar entre US$30,000 y US$2 millones, en tanto que la nacional oscila entre $60,000 y $180,000).

El siguiente paso para Probionics es incursionar en el mercado de la Unión Europea, Brasil y Estados Unidos.

Recientemente Luis aceptó una inversión con la que mudará su planta productora de Tlalnepantla, EdoMéx al estado de Guanajuato. Los planes para este año son empezar con la producción de prótesis de extremidades inferiores.

Transferencia de conocimiento

Hay otras opciones para emprender con una investigación. Aunque Probionics lo hizo de forma independiente, no es una constante. Existen instituciones como Fumec, que cuenta con programas para apoyar a quien quiere patentar y llevar su proyecto al mercado. También el Ciebt y la red de incubadoras de Innovación Tecnológica de la Universidad Nacional Autónoma de México (InnovaUNAM).

Adicionalmente, hay unidades de patentamiento en los principales centros de investigación del país, como las Oficinas de Transferencia del Conocimiento (OTC) certificadas por el Conacyt y la Red Mexicana de Oficinas de Transferencia de Tecnología (Red OTT), conformada por instituciones de educación superior públicas y privadas, y empresas que apoyan la innovación, comercialización y transferencia de tecnología.

Juan Manuel Romero Ortega, coordinador de Innovación y Desarrollo de la UNAM, reitera que todo investigador e inventor debe tener como objetivo darle un verdadero valor a su conocimiento al ponerlo a disposición de la sociedad, como puede ser a través de un modelo de negocios. Para lograrlo, existen tres formas típicas empleadas a nivel internacional.

La transferencia a través del licenciamiento de patentes. En este caso, explica que la responsabilidad de la UNAM o de la OTC es proteger la propiedad intelectual de los inventos y desarrollos, desde que se originan hasta que se comercializan. Bajo este modelo, se otorga a alguien el derecho de uso de ciertas patentes de desarrollos a cambio del pago de regalías.

Al respecto, Romero puntualiza que el titular de todas las patentes que se derivan de investigaciones nacidas en la UNAM, son de la universidad. Sin embargo, “cuando se comercializan, el investigador o inventor tiene derecho a recibir una parte de los ingresos que se reciben. En la actualidad ese porcentaje puede ser de hasta el 50 por ciento”.

En el caso de la Agencia 3C, los porcentajes son del 40% para la institución, es decir para el Cinvestav; 30% para el departamento en el que se desarrolla la investigación y el 30% para el investigador, detalla Padilla.

Prestación de servicios técnicos. Este modo de transformar la investigación en un bien tangible, se trata de consultorías enfocadas a brindar capacitación o resolver problemas específicos. Por ejemplo, estudios de planeación de algún sector en particular, como el energético; mejora de procesos y productos; etcétera.

Incubación de empresas de base tecnológica. Se trata de aprovechar la asistencia a negocios que nacen del desarrollo del conocimiento, sean patentes o metodologías. Pero, ¿un investigador o científico puede ser buen empresario? Romero, Padilla y Bañuelos coinciden en que este tipo de profesionales tienen el interés por emprender y cuentan con una amplia red de contactos en universidades a nivel nacional e internacional.

Sin embargo, recomiendan que no asuman la parte administrativa del negocio, sino la de responsables técnicos del producto o servicio que desarrollan. “Si el investigador dice que lo suyo es investigar, que transfiera la tecnología, que la licencie para que otro la explote y él obtenga las regalías”, dice al respecto Margáin.

Además, en el caso de la UNAM, del Cinvestav o del IPN, por tratarse de instituciones que reciben fondos públicos, el investigador que decida promover la creación de una nueva empresa, tendrá que decidir entre ser empleado de la institución pública o de su nueva empresa, para que no existan conflictos de intereses.

Por el contrario, un investigador tiene permitido tener acciones de la empresa que está responsabilizándose de la explotación comercial, explica Romero, “promovemos que si el investigador no tiene la vocación de ser un funcionario de una empresa, sí sea asesor de la parte técnica de la misma. Además que en el equipo que forme ese negocio haya gente familiarizada con los mercados”.

Entonces, ¿por qué un investigador prefiere seguir adscrito a un centro de investigación en vez de dar el salto hacia el emprendimiento? En primer lugar por los recursos con los que cuenta para llevar a cabo el desarrollo de su objeto de estudio. “Las universidades tienen más fondos para hacer investigación, aunque nunca suficientes para apoyar todos los proyectos”, reconoce el coordinador de Innovación de la UNAM.

Romero comenta que además cuando un centro de estudios tiene un desarrollo que puede ser transferido al sector productivo, lo hace en etapas relativamente poco maduras. Esto porque necesitará de una inversión mayor para que logre salir al mercado. “Casos así se ven claramente en el desarrollo de fármacos”, explica el experto.

“Una de cada 1,000 moléculas que se inventa llega al mercado y pueden pasar 10 o 15 años para que suceda. Son procesos costosos que implican cientos de millones”.

La prioridad: El mercado

No obstante el tiempo y las fuertes inversiones que implican este tipo de negocios, los investigadores están apostando por llevar al mercado sus propuestas. Otro ejemplo lo encontramos en Netemedical, de Carlos Iglesias, Alan Morales y Fernando Espinosa, quienes innovaron en el campo de la telemedicina.

Los emprendedores desarrollaron un software que funciona con una estación de trabajo que permite dar atención médica especializada de manera remota. Las consultas pueden ser en tiempo real, con comunicación bidireccional de audio y video que se une a las mediciones biomédicas al paciente, realizables con una serie de dispositivos periféricos conectados a la estación; o en tiempo diferido, a través de una base de datos centralizada. Este sistema también pueden servir para monitorear a pacientes en terapia intensiva.

“La telemedicina es la única posibilidad que tienen todos los sistemas de salud de ofrecer un mejor servicio de calidad con mejor oportunidad y a un menor costo, sin importar de la economía que se trate”, detalla Carlos. Esa fue la razón por la que determinaron emprender en el ramo, además de que la población a nivel mundial esta creciendo y no así la de médicos, quienes se encuentran cada vez más centralizados.

Dado que no se trata sólo de un programa de cómputo, sino de un sistema integral que va acompañado de un hardware, es algo que se está haciendo por primera vez en el mundo y cuenta con componentes tecnológicos e innovadores, el producto está en proceso de obtener una patente. Para cumplir el trámite, que implica el llenado de diversos formatos, además de exámenes técnicos, los emprendedores pidieron ayuda a Fumec”.

El trámite dura un promedio de 4.5 años, pero el beneficio es la protección del invento y su explotación exclusiva por parte de Netemedical por 20 años. “Vale la pena el esfuerzo”, comenta Fernando. Han sido dos años de investigación y desarrollo, y una inversión de casi $8 millones que han resultado en cuatro estaciones de trabajo. El siguiente paso es lograr colocarlas en la red de hospitales privados y públicos del país.

Recientemente fueron seleccionados para recibir recursos del Fondo de Innovación Tecnológica de la Secretaría de Economía Conacyt. El reto es grande, reconocen los emprendedores, por eso seguirán haciendo mejoras en el prototipo y las adecuaciones del programa para generar más productos. El mercado existe, dicen. Se calcula que para 2020 habrá capacidad para hacer telemedicina en el 80% de los consultorios del mundo.

La meta es que los emprendedores tengan como prioridad ver siempre al mercado y analizar qué necesidades no satisfechas existen para promover la creación de negocios, sostiene González Piñón, del Ciebt. “La base tecnológica no se trata sólo de acumular información de microchips, sino la cantidad de conocimiento técnico especializado involucrada en la resolución de problemas reales”, reitera.

Además, se pretende una mayor vinculación con el sector productivo para crear mejores soluciones. Y ya se van dando los primeros pasos. Del 2004 a la fecha se contabilizan 340 empresas de base tecnológica incubadas en el IPN que cuentan con conocimiento técnico especializado en la resolución de problemas específicos.

Por ejemplo, fue precisamente la urgencia por encontrar una solución para el tratamiento de aguas residuales lo que dio vida a Wetlands, una empresa con sede en Oaxaca que surgió en el sistema de incubadoras InnovaUnam. Dirigida por Marco Antonio Castellanos, investigador de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, atiende la contaminación de los ríos, arroyos, lagunas y mares por descarga de aguas negras.

Para lograrlo, utiliza un sistema de control de mantenimiento patentado denominado Proceso Anaerobio para el Tratamiento de Aguas Residuales utilizando Pantanos Artificiales, que puede aplicarse en casas habitación y municipios de hasta 35,000 habitantes. La ventaja frente a otros tipos de sistemas es que no requiere bombas ni químicos; su bajo costo ($.12 por m3 en lugar de entre $3 y $5 que cuesta el m3 de agua tratada con otras técnicas); y su fácil operación.

El sistema, que utiliza un biodigestor anaerobio, da servicio hídrico a 30 comunidades de Oaxaca. Otro proyecto derivado ha sido aplicado en Puebla, Jalisco y Nicaragua.

Ese proyecto consiste en generar agua con fines de riego y para recargar los mantos acuíferos a través del agua que se filtra en el pantano artificial. A diferencia de los equipos convencionales de tratamiento, que tienen una vida útil de cinco años, los sistemas Wetland pueden tener una utilidad de hasta 50 años.

Marco Antonio, al igual que los investigadores citados en este artículo, ha recorrido un largo camino para llevar su invento al mercado. Recuerda que comenzó con la investigación en el año 2001, tras conocer los problemas que representaba el mal manejo de las aguas residuales en Oaxaca. “Cuando uno empieza a hacer este tipo de investigaciones cree que todo mundo se lo va a copiar, entonces se da cuenta de la necesidad de proteger su invención”. Así que patentó su invento en 2008 y durante el año siguiente trabajó con InnovaUNAM para hacer un plan de negocios y fundar su empresa.

“Tienes la patente, pero luego ya no sabes qué hacer con ella”, reconoce. En la incubadora lo orientaron en cómo ejercer la patente y qué tipo de compañía debía establecer. Así, Wetlands administra el uso de las licencias para que las constructoras utilicen la tecnología creada por Marco Antonio.

Es evidente que hoy los investigadores están más conscientes de que el proteger su invención es ya una necesidad. “Hemos pasado de los bienes tangibles a los intangibles, dentro de los que se encuentran la propiedad industrial”, sostiene Margáin.

Esta es una tendencia a nivel mundial: la edición 2013 del informe Indicadores mundiales de propiedad intelectual de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) señala que la presentación de solicitudes de patentes aumentó del 9.2% en 2012 respecto al año anterior.

Esto representa el crecimiento más rápido de los últimos 18 años. El reporte señala que el mayor aumento de solicitudes se dio en la Oficina Estatal de Propiedad Intelectual de China (24%), seguida de la Oficina de Nueva Zelandia (14,3%), México (9%), Estados Unidos de América (7,8%) y Rusia (6,8%).

Y aunque los emprendedores están cada vez más concientes de que deben proteger su invención, el número de solicitudes de patentes apenas ha crecido al pasar de 15,314 en 2012 a 15,446 al cierre de 2013. El reto sigue siendo impulsar el registro nacional, ya que del total sólo el 1% (1,211) es local y el resto (14,233) extranjero.

Margáin es enfático al ponerlo de manifiesto y al reiterar que las patentes son para generar dinero y no para tener el título colgado. “Es muy bonito ver el escudo nacional en mi título, pero más bonito será verlo en la moneda o en el acta constitutiva de mi empresa, en la escritura de mi casa o en los certificados de primaria, secundaria de los hijos de mis trabajadores”, concluye.