Emprendedores

Margarita Muciño, emprender con causa

Margarita encabeza la asociación Xuajin Me Phaa, que asesora a las cooperativas de agricultores para que comercialicen sus productos.
Margarita Muciño, emprender con causa
Crédito: Depositphotos.com
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Para los emprendedores, las grandes oportunidades se presentan en las reuniones exclusivas, los encuentros de empresarios o las escuelas de negocios. ¿Cierto? Quien piense así claramente no conoce a los Me Phaa, una comunidad indígena guerrerense que ha superado un sinfín de barreras y encontrado una oportunidad única para expandir su negocio.

Los indígenas Me Phaa o tlapanecos viven en zonas incomunicadas de la Alta Montaña de Guerrero, una de las regiones más marginadas del país. Dedicados históricamente al campo, son conocidos por sus vastos cultivos de flor de jamaica orgánica. Hace un par de años –con el impulso y la asesoría de una organización civil– esta comunidad aprendió a sacar provecho de su producción orgánica para mejorar notablemente su economía y conseguir ser autosuficiente.

Pero el camino no ha sido fácil. El principal reto ha sido recibir un pago justo por sus productos, un propósito nada fácil en un mercado que desfavorece a los pequeños productores.

Margarita Muciño encabeza la asociación Xuajin Me Phaa, que agrupa a 50 familias en cooperativas. Junto con Fundación Walmart de México, ha coordinado y asesorado a los grupos de agricultores para acercarlos a mejores niveles de vida.

Recientemente, el proyecto de Margarita ganó el primer lugar del Premio EmprendedorES, otorgado por Fundación Walmart de México, Endeavor México, Enactus México y el Tecnológico de Monterrey. Platicamos con ella sobre su papel como coordinadora de las cooperativas, su vocación por ayudar a las personas y sus planes.

Arraigo por la cultura indígena

Margarita trae el amor por las cooperativas en la sangre. La fortaleza y determinación los aprendió de su padre, y su madre le inculcó el amor por la gente. “Esos dos seres me han marcado, me han mantenido con los dos pies en la tierra”, explica. Su abuelo era agricultor, y su padre, podólogo de profesión, era amante de la tierra. Esa fue la base para que dedicara su vida a trabajar para mejorar las condiciones de las comunidades indígenas. 

Desde los 13 años comenzó a involucrarse con las cooperativas indígenas, pero fue hasta los 19 que se hizo responsable de un grupo de productores. Hoy día tiene 38, y toda la certeza de que tomó el camino correcto. Su andar como socióloga le ha permitido trabajar con grupos urbanos, pero admite que su corazón está con los productores indígenas. “Tienen un conocimiento por la vida y un amor por la naturaleza inimaginables”.

La semilla

¿Cómo sembró la semilla que cambiaría el rumbo de tantos campesinos? En realidad, afirma, ella hizo la parte fácil: “La gente indígena ya estaba organizada, tenía su cultura, su forma de producir. Lo único que hice fue ponerme a sus órdenes. Me convertí en la traductora de su quehacer, su portavoz”. Ella no los organizó: caminó con ellos de la mano.

Margarita trabajó con comunidades de base, como franciscanos, carmelitas descalzos y diocesanos. Hace un par de años, los claretianos de la montaña de Guerrero le ofrecieron dirigir un programa para distribuir los productos de su región. Pero los recursos de la comunidad, en extremo olvidada, eran escasos. “No los considero pobres, porque son divinamente ricos… pero no había mecanismos para impulsar su economía. Ya que nadie financia la producción indígena, vimos la necesidad de armar una cooperativa”.

Después de un par de años de buscar recursos para capitalizar las pequeñas empresas de los agricultores, la cooperativa se conformó como una Asociación Civil.

Conquistar el mercado

Cuando Margarita llegó a las comunidades guerrerenses existían tres cooperativas, que se convirtieron pronto en cinco, y en un par de años, en 15. “Es como cuando cae una gotita de agua y se esparce”, explica. Hoy día, su organización agrupa a 240 productores.

Al principio las cooperativas producían principalmente flor de jamaica. “Queríamos vender 10 toneladas, pero en la central de abastos nos pagaban 15 pesos por kilo. Decidimos que la única manera de que nos pagaran un precio justo era entrar a una tienda de autoservicios”. Así fue como se acercaron a Fundación Wal-Mart. Después de dos años de juntar papeles, finalmente pudieron empezar a vender sus productos en la cadena.

“Las universidades no forman gente para este tipo de trabajos. Ese ha sido el papel de la fundación, darnos asesoría y difusión”, abunda. Actualmente, las cooperativas reciben cerca de 140 mil pesos mensuales por sus productos. “No es mucho, pero es un cambio radical para los socios”.

La clave del crecimiento

Una de las principales sugerencias de la fundación para fortalecer su cooperativa fue diversificar su producción. De acuerdo con Margarita, ésa fue la clave de su crecimiento. El mismo esfuerzo que se realizaba para producir una tonelada de flor de jamaica, lo comenzaron a emplear para producir miel, frijol, piñas, hierbas artesanales, mermeladas y hasta tinturas vegetales. Por supuesto, su producto estrella sigue siendo la jamaica orgánica.

Además de fortalecerse al no depender de un solo producto, esta estrategia les permitió cumplir con su propósito de proteger el entorno natural. Y es que los monocultivos ¬–plantaciones extensas de una sola especie– desgastan los nutrientes del suelo y lo erosionan.

Es evidente que para los Me Phaa el éxito está íntimamente ligado al respeto a la comunidad y la naturaleza. Actualmente, por ejemplo, se encuentran sumergidos en la labor de reforestar las áreas que se han visto afectadas por su trabajo.

Ahora que la labor de Margarita ha sido reconocida por Fundación Wal-Mart, ¿qué sigue? Sin duda, queda una ardua labor por delante. “El siguiente paso es fortalecer el desarrollo de productos y el área de comercialización mediante la mentoría de expertos”, concluye.