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Elefantes bailando con ratones

"¿Debemos hacer negocios con los gobiernos? El prospecto siempre resulta muy atractivo".
Elefantes bailando con ratones
Crédito: Depositphotos.com
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En los últimos días hábiles de 2015 (antes de que el arquetípico y muy mexicano Día de las Lupitas nos lleve a la inacción usual del equinoccio de invierno) oímos algunos pronunciamientos de los líderes empresariales más importantes del país conminando a los gobiernos federal y estatales al pago de facturas pendientes con empresas de todos los tamaños.

Trato de ponerme en los zapatos del empresario pequeño, que con su pequeña operación vende de $1 a $3 millones al año, financiando un Gobierno que cada año programa gastarse la cuarta parte del PIB, y me dan escalofríos.

¿Debemos hacer negocios con los gobiernos? El prospecto siempre resulta muy atractivo. Las cosas han cambiado en los últimos treinta años, y hay unos gobiernos menos corruptos que otros. Usualmente, en nuestra imaginación el Gobierno es un cliente estable, que hace pedidos grandes y que permite cierto sobreprecio.

“Entre gitanos no nos leemos la mano”, dice el dicho, y uno sabe que a veces eso también implica invitar a comer o invitarle su coche a algún funcionario iluminado, que es el que bendice el concurso y firma el contrato.

Claro, no siempre es así. Al final, cada quien sabe lo que hace, lo que ha hecho, y lo que hará. Y al final coincido con mi amigo guanajuatense Carlos Arce: dadas las complicaciones, sobre costos y corrupción de muchos gobiernos, las empresas de cualquier tamaño estarían mejor si deciden no venderle al Gobierno.

Podríamos pensar que una empresa pequeña o mediana que vende a una empresa grande tendría complicaciones similares. Al final, no es poco común en México que el gerente de compras sea un “corruptazo” que no está velando por el mejor interés de su representada, ni pensando en desarrollar a sus proveedores. Sin embargo, este caso es mucho menos común en las empresas que en el Gobierno.

Al final, para la empresa grande sí es estratégico desarrollar su cadena de proveeduría, mientras que ese es un objetivo de solamente algunas oficinas especializadas del Gobierno, como la Secretaría de Economía, el Instituto Nacional del Emprendedor (Inadem) y las secretarías estatales de desarrollo.

La moraleja de esta historia es: si soy un ratoncito y quiero bailar con un elefante, más me vale asegurarme de que el elefante no es torpe y no se va a asustar o ensañar conmigo. Si somos 300 ratoncitos tratando de bailar con el elefante, es mucho más crítico que no hagamos que el elefante entre en pánico o que decida que tiene que pisarnos.