Rockstars de la Innovación

Jordi Muñoz quiere dirigir la segunda revolución robótica

El llamado "Rey de los drones" quiere innovar su industria desde Maya Robotics, su nueva firma.
Jordi Muñoz quiere dirigir la segunda revolución robótica
Crédito: Arturo Luna
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Jordi Muñoz no olvida del día en que su padre lo llevó a conocer un avión. A partir de los tres años de edad, el joven originario de Tijuana, Baja California, soñó con ser piloto. Sin embargo, los costos de la anhelada carrera estaban por las nubes y negaron su aspiración.

Otro recuerdo asalta su mente y complementa su historia actual: a los cuatro años de edad conoció por primera vez una computadora en una tienda y quiso ser ingeniero, pero tampoco lo logró después de intentar ingresar al Instituto Politécnico Nacional (IPN) en dos ocasiones.

Estas dos anécdotas dan vida a una tercera experiencia y, tal vez, la más importante en su carrera: el día en que Jordi Muñoz hizo volar un dron (un avión no tripulado) y fue conocido como ‘el rey de los drones’.

Frente a un grupo de jóvenes admiradores de la innovación y del emprendimiento, Muñoz habla al público de Rockstars de la Innovación, un evento organizado por Entrepreneur y Bravo, sobre su pasado y sus proyectos actuales.

Hoy, el joven empresario revela que ha dejado su empresa productora de drones 3D Robotics, en la cual uno de sus socios es Chris Anderson, ex editor de la revista de tecnología Wired, y ha establecido otra compañía con la que busca revolucionar de nuevo la industria de la robótica.

“Ya me estaba aburriendo”, confiesa en entrevista con Alto Nivel Jordi Muñoz, fundador de mrobotics.io.

El desarrollo de software y hardware son el nuevo foco en la carrera de Jordi Muñoz, quien busca el retorno a los orígenes de la primera empresa y dar un nuevo giro en las pasiones que gobiernan su talento: los aviones y las computadoras.

La universidad en internet

Chihuahua tenía una hidroeléctrica que falló y parecía que nadie podría arreglar. Una falla eléctrica no pudo ser reparada por especialistas franceses, quienes habían desarrollado la bobina principal. Y cuando todo intento parecía estar destinado al fracaso, apareció un mexicano llamado Edgardo Muñoz Grand, quien fue el único que pudo reparar el equipo y hasta mención en la prensa local recibió.

Edgardo Muñoz era bisabuelo de Jordi Muñoz y fue el primer ingeniero en electrónica de todo Chihuahua. El talento viene en sus genes, pero nada le ha salido gratis.

“Todos deben saber que mi infancia no tuvo nada especial. No era considerado genio, sino que era bien burro y siempre andaba pensando en la luna. Recuerdo que veía  a la profesora y escuchaba tres o cuatro palabras, pero ya estaba pensando después en otra cosa. Así era mi vida y hasta me cambiaron a tres o cuatro escuelas”, recuerda Jordi.

A los 18 años, Jordi sabía que no sería piloto y que su sueño de estudiar una ingeniería se encontraba vetado por las barreras de ingreso al IPN. La Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) de Culhuacán, en la Ciudad de México, fue la institución que rechazó dos veces a Muñoz.

Durante su intento por ingresar a la universidad, Jordi Muñoz decidió quedarse a vivir en la capital del país y ocupar un puesto en un cibercafé, así como un trabajo en Aeroméxico en Aeropuerto de la Ciudad de México (AICM). “Nada más bastaba el hecho de estar junto a los aviones que, para mí, eran mi droga”, dice el joven de 30 años.

Jordi Muñoz, desilusionado de la vida por sus fracasos, decide regresar a Tijuana y estudiar una carrera en computación, pero el sueño universitario duraría unos cuantos meses.

Durante el segundo semestre de la carrera, el tijuanense de 20 años se convertiría en padre de un niño y decidiría, junto con su novia, irse a vivir a California, Estados Unidos, con 20 dólares en la bolsa.

Cuatro años fueron necesarios para la recién formada familia se adaptara a la sociedad estadounidense. Como buen autodidacta desde pequeño, el emprendedor decidió durante ese tiempo profundizar el conocimiento en los microcontroladores de los que tuvo noticias en su fugaz paso por la universidad.

Videos de YouTube y blogs en internet, como DIYdrones.com, se convirtieron en los nuevos maestros del mexicano en territorio ajeno para comenzar a desarrollar el potencial de la tecnología. La idea inicial era construir pequeños robots para aficionados.

Sin embargo, Jordi compartía los avances en sus proyectos a través de internet, por lo que comenzó a cobrar fama entre la comunidad tecnológica internacional.

“Sin darme cuenta comenzaron a seguir lo que estaba haciendo”, dice el emprendedor.

La combinación de un control que le obsequió su madre, la incorporación de la tecnología de microcontroladores que modificaba de sus videojuegos cambiaría todo.

Nada vino gratis para el tijuanense. “Fueron dos años de estar trabajando y haciendo cosas que no te enseñaron en la universidad”, dice Muñoz.

Prueba y error

Jordi Muñoz recuerda que no se equivocó una vez, sino muchas veces en el desarrollo de un avión que logrará volar, algo que se tornaba como una misión imposible.

Cansado y con pocas ilusiones lanzó de nuevo su avión al aire, esperando la caída de la pequeña aeronave. Algo inesperado ocurrió: el avión se dirigió a Jordi y comenzó a dar vueltas sobre su cabeza. La primera misión había sido cumplida.

“Obviamente puse el control en el suelo y me senté ahí a mirar el avión a manera de festejo durante 20 minutos, hasta que se acabó la pila”, dice el joven, quien corrió a la computadora para mostrar su hazaña a los internautas, quienes propusieron  comprar el pequeño objeto volador.

Con varios encargos por entregar, el garaje de Jordi se transformó en la primera planta de producción de drones.

Chris Anderson, quien fuera editor de la revista de tecnología Wired, ofreció su conocimiento para establecer las bases legales del negocio iniciado por Muñoz y una aportación de 500 dólares para mejorar la tecnología desarrollada por el mexicano.

En ese tiempo, Jordi participó en una competencia de robótica en Colorado, Estados Unidos, en donde el mexicano se alzó con el primer lugar de la justa, a pesar de que sus oponentes eran profesionales de escuelas como el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés).

Un horno de microondas adquirido en Walmart por 35 dólares también sufrió modificaciones para suplir un equipo de 20,000 dólares para producir los circuitos electrónicos.

Los primeros 40 drones de Jordi Muñoz se vendieron en siete minutos en internet, cuando se pensaba que tardarían meses en comercializarse. Estos son los orígenes de 3D Robotics, una de las empresas que se convertiría en uno de los grandes jugadores en el desarrollo de drones en Estados Unidos.

Un nuevo gigante

La empresa tomó forma y al paso de los meses ya no producía 40 tarjetas diarias, como sucedía en el garaje de Jordi, sino más 400 tarjetas electrónicas diarias. Así fue el tamaño del crecimiento del negocio de drones.

“La entrada del dinero fue abismal”, confiesa Muñoz.

La mayor parte de los drones que se producen a nivel mundial tienen el piloto automático que desarrolló 3D Robotics y el equipo de mexicanos que encabezó el joven empresario que nació en 1986.

La empresa se integró por dos plantas de producción: una en San Diego, California, y otra en Tijuana, Baja California, en donde laboraban más de 200 empleados.

En la actualidad, Muñoz ya no ocupa ningún puesto directivo en 3D Robotics. Hace poco adquirió la maquinaría de la firma en la que todavía es dueño. La semilla de una nueva empresa que también volverá a operar en México y Estados Unidos.

“Creo que puedo ayudar a mi propia empresa (3D Robotics)”, explica el emprendedor, quien asegura que Chris Anderson no se encuentra en mrobotics.io (Maya Robotics).

Jordi Muñoz no olvida la primera vez que en su vida observó un avión y una computadora. Es el hombre que comercializó miles de drones en el mundo y que hoy cuenta con un título de ingeniero y que también ahora es piloto de avión. El emprendedor comprende que su imaginación puede llegar tan lejos como acariciar las nubes. “Todos tenemos el derecho de emprender”.