Emprendedores visionarios

Roberto González Barrera y las lecciones de la pobreza

El historiador Enrique Krauze hace este breve repaso del hombre que construyó un imperio de la tortilla en más de 100 países, pero que inició haciendo mandados de todo tipo, vendiendo verduras y rentando cajones de bolero.
Roberto González Barrera y las lecciones de la pobreza
Crédito: Cortesía
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Para realizar un homenaje a Roberto González Barrera y celebrar el 86 aniversario de su natalicio, a continuación se reproduce el artículo que el historiador Enrique Krauze escribió sobre el fundador de Gruma en 2014 para Alto Nivel y Entrepreneur. 

Hay en el habla estadounidense una expresión proverbial: a self-made man. No muchos empresarios mexicanos se ajustan a ella, no muchos se han hecho a sí mismos.

Los ha habido visionarios, tenaces, audaces, prudentes, pacientes, inventivos, innovadores, concentrados, diversificados, geniales. Pero muy pocos entre ellos empezaron, literalmente, desde cero, hasta construir un emporio de nivel mundial.

Y entre esos pocos destaca -así, en presente, porque su obra perdura- don Roberto González Barrera.

Me pidió quitarle el don al momento mismo de conocerlo. No nos vimos muchas veces, pero las veces que nos vimos fueron memorables. Comíamos en su oficina de Banorte o en su casa del Paseo de la Reforma.

Alto, elegante, con un cultivado aire juvenil, lo específico suyo era la sonrisa amplia como un gran abrazo y el trato a la vez franco y delicado. Era un trato casi diplomático, caracterizado por el respeto de las formas.

Pero ninguna reunión era trivial: le gustaba entrar a fondo en los temas, preguntar más que opinar. Tenía ese don primordial de las personas inteligentes: sabía escuchar.

Una mañana me concedió una larga entrevista biográfica. "La pobreza fue mi escuela", decía con orgullo. Lejos de sus padres (que trabajaban en Texas) desde los seis años, había crecido junto a una tropa de 17 hermanos y primos, todos a cargo de una legendaria abuela que solía decirles "primero me traes la comida y luego, si puedes, vas a la escuela".

De aquella imperiosa necesidad surgió el empresario: rentaba cajones de bolero, hacía mandados y vendía verduras.

Me contó de su paso por la escuela militar y su tránsito por Pemex, sus años en el almacén paterno, su descubrimiento (en Reynosa) de un molino de nixtamal seco, del cual desprendió la idea que cambió su vida y la de millones de mexicanos.

Ya no sería necesario moler cada día el nixtamal fresco. La harina podía conservarse por largo tiempo. De aquella masa deshidratada, masa seca, nació con naturalidad el nombre de la empresa que hoy está en 113 países del mundo: Maseca.

Un caso tangible de progreso productivo aplicado a nuestra antiquísima cultura culinaria.

Su crecimiento no fue producto de un Eureka sino de muchos, sucesivos y constantes: 150 patentes de tecnología propia. Estaba muy orgulloso de sus empresas, Maseca (Gruma) y Banorte. Supo rodearse de talento y supo delegar.

Fue más patriota que nacionalista. Vivió cerca de hombres de Estado sin perder su identidad de empresario. Fue amigo de personas de las más diversas posturas políticas.

Había una humildad esencial en su persona, porque nunca olvidó de dónde venía: “La pobreza es una gran maestra, una gran universidad del mundo”. De esa buena masa estaba hecho Roberto González Barrera.