Emprendedores

Carta de un emprendedor a Dios

"Me encontré gente que me volteó la cara de frente con tal de no saludarme; me imagino que querían evitar que les pidiera una cita para presentar los servicios de mi empresa…"
Carta de un emprendedor a Dios
Crédito: Depositphotos.com
  • ---Shares

Estimado Dios:

Como sabes, desde que decidí emprender, mi vida cambió por completo. Esa bendita seguridad económica que me daba la quincena, se esfumó por completo. A ese archivo en el que tenía perfectamente bien planeados mis flujos personales de dinero, le acabaron saliendo telarañas.

Yo tenía una vida tranquila cuando era empleado, aunque no lo pensaba así cuando lo era. Tenía una carrera corporativa prometedora, pero se me metió a la cabeza esa necedad de emprender: “Si no lo hago ahora, ¿Cuándo?”, pensé.  Además, si podía tener éxito en una empresa, ¿por qué no lo podía tener por mi cuenta? Confié mucho en mí, y también en ti.

El primer año fue difícil, pero todo valió la pena cuando recibí mi primer pago, después de perseguir algunos meses a Juanita, la de cuentas por pagar del cliente. Creo que hasta le mandé flores cuando recibí el depósito. Tú sabes mejor que nadie lo orgulloso que me sentí de mí mismo ese día. No sólo alimentó mi cuenta bancaria, sino también mi ego. Todo parecía espectacular.

Después vinieron los tiempos difíciles. Los presupuestos de los clientes se empezaron a reducir o a congelar. Muchos clientes empezaron a comprar por precio y no por calidad. Mis ahorros se esfumaron. Tuve que deshacerme de algunas cosas de valor, entre ellas una pequeña propiedad que tenía, que la consideraba parte de mi patrimonio para la vejez. Tuve que pedir prestado. Recuerdo que te recé muchas veces y no se resolvieron mis problemas económicos.

Intenté reinventarme y reinventar la empresa sin éxito. Pensé varias veces en regresar a trabajar a otra empresa, hasta que me lo cumpliste. ¡Qué mal me fue, pero cuanto aprendí! Me convertí en emprendedor nuevamente, pero esta vez no por convencimiento, sino por necesidad.

En esta etapa de fracasos profesionales aprendí más que en todos mis años de empleado y estudiante juntos. Aprendí y aprecié lo importante que es tener una familia que te apoya en las buenas y en las malas. Aprendí también quiénes eran mis verdaderos amigos y quiénes eran sólo amigos en las buenas. Me encontré gente que siempre estuvo ahí por mí, pendiente de lo que yo necesitaba y siempre dispuesta a ayudarme, sin recibir nada a cambio. También me encontré gente que me volteó la cara de frente con tal de no saludarme; me imagino que querían evitar que les pidiera una cita para presentar los servicios de mi empresa. 

En esa etapa también aprendí mucho de mí. Aprendí a soltar y a fluir. Aprendí que todo lo que no está en mi control, no lo puedo cambiar por más esfuerzo que haga; pero también aprendí que aquello que sí depende de mí, tengo luchar sin rendirme, sin importar cuantas veces caiga, siempre hay que levantarse, intentar e insistir hasta que se logre o hasta que ya no exista ya la mínima esperanza. Aprendí que nunca se debe de dejar de luchar.

Hoy entiendo que tuve que pasar esa larga etapa de dificultad para poder aprender. Te agradezco que hayas ignorado mis plegarias y que me hayas permitido vivir todo eso. Recuerdo que varias veces, desconsolado y hasta enojado, te preguntaba ¿y por qué a mí me pasa esto? ¿Qué estoy haciendo mal? Hoy ya lo entiendo perfectamente.

Después de mi aprendizaje, por fin logré un negocio estable, con sus problemas y decepciones, pero con muchas alegrías y retos constantes.

Hoy que ya soy un hombre nonagenario y sé que se acaba mi tiempo, te quiero agradecer que me permitiste emprender. Que me dejaste salir de esa área de confort en la que estaba, y aunque tuve buenas y malas, altas y bajas, siempre me divertí, que de eso se trata la vida. 

Sin duda, si volviera a empezar, volvería a emprender con los ojos cerrados.