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Por qué a los mexicanos no nos gustan los socios

Por naturaleza, a los mexicanos nos nos gusta que nos den órdenes. Sin embargo, si quieres trascender como emprendedor o empresario, crea un negocio que sea más grande que tú y empieza por invitar a socios inteligentes.
Por qué a los mexicanos no nos gustan los socios
Crédito: Depositphotos.com
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En México, los emprendedores no queremos socios: queremos acreedores. No queremos dar explicaciones de por qué nuestro sobrino que no es muy brillante maneja un activo estratégico. Podemos llevar dos o tres contabilidades: una para el fisco, una para la familia, otra para nosotros mismos. No queremos rendir cuentas. Al final, no construimos instituciones empresariales.

Nuestras familias se acaban comiendo nuestros negocios, o bien, nuestras empresas sufren del síndrome de Peter Pan: podrían crecer, pero preferimos no hacerlo, no vaya a ser que nadie nos perdone que fuimos exitosos.

Si quieres trascender como emprendedor o empresario, crea un negocio que sea más grande que tú. Invita socios inteligentes. Amárrate las manos para que haya otros involucrados en las decisiones.

El negocio debe depender de que haya procesos para tomar buenas decisiones, no de que estés presente para que las buenas decisiones se tomen. Si un día hay que cerrar, porque el negocio dejó de serlo, hazlo lo antes posible, y piensa en qué aprendiste. Analiza qué puedes usar de lo aprendido para tu siguiente aventura empresarial. No debe darnos vergüenza quebrar.

Lo que debe avergonzarnos es no aprender nada a partir de un fracaso. En el Valle del Silicio, siempre alguien te preguntará qué aprendiste de tu más reciente aventura empresarial. Si eres consejero independiente o comisario de un negocio, sé muy duro. Crea valor para los accionistas.

Pregúntate siempre si el administrador está tomando las mejores decisiones y, si crees que no es así, comunícaselo. Felicítalo de vez en cuando, pero sé muy duro siempre. Así se construyen y no se destruyen imperios empresariales, comerciales y nacionales.

La caja azul 

Una historia de éxito empresarial, como la de Steve Jobs y “Woz” Wozniak, podría haber sido la de dos delincuentes y no la de los emprendedores que fundaron la empresa más valiosa del mundo hoy (Apple) desde su cochera. El primer producto del dúo era una cosa llamada la caja azul.

Se conectaba a la red telefónica y permitía hackear la infraestructura telefónica de la entonces todopoderosa AT&T para llamar gratis a larga distancia. Este primer producto de los socios de Apple fue un dispositivo ilegal. ¿Qué los disuadió de vender cajas azules? Un personaje importante cambió su visión. Mike Markkula fue el inversionista ángel que les dio el capital semilla para echar a andar Apple Computer.

Hasta su muerte, Jobs admitió que Markkula aportó mucho más que dinero. Sus consejos permitieron el crecimiento del negocio hasta ser el imperio actual. Los negocios familiares tienen cierta endogamia, con el fundador del negocio y su familia, que hacen difícil esa transición a convertirse en empresas profesionales. En nuestro ADN de negocio, heredero de la tradición española, no nos gustan los socios.

La tradición francesa, alemana, española y portuguesa del financiamiento es por la vía del crédito. En economías cerradas a la competencia, con garantías reales (haciendas o productos), el crédito se administra fácil, excepto en aventuras empresariales de muy alto riesgo y muy alta recompensa. Hay que recordar al mercader de Venecia en la obra clásica de William Shakespeare. Su prestamista, Shylock, le ofrecía un trato aterrador: una libra de tu carne por cada libra que me debas.

Ese modelo funcionaba bien para empresas de bajo riesgo, pero no para transitar la ruta de la seda. No para lidiar con piratas, tempestades, arrecifes y aguas no descritas en las cartas de navegación. No para financiar empresas que podían destruirse en un capricho de un sultán, una tempestad o un ataque de bucaneros.

Richard Foster y Niall Fergusson, dos historiadores del capitalismo, lo han visto claramente: en los cafés de Ámsterdam, en las casas de préstamo de Londres, idearon un modelo diferente. No más Shylock, no más muerte por impago. A estos banqueros de riesgo en el siglo XVII se les ocurrió que en lugar de prestar dinero a los marineros y mercaderes, había que darles capital. Ese capital, en lugar de pagarse anualmente con interés, lo pagaría el emprendedor con un precio muy alto si la empresa resultaba exitosa.