Los malos hábitos de no emprender

Hasta que comencé a andar por el camino del emprendimiento, me di cuenta de que tenía muchos malos hábitos que no me ayudaban en nada y solo me daban una solución temporal.

Cuando trabajaba en un escritorio con horario fijo y horas extra no pagadas, cuando quería comprar algo nuevo que realmente no necesitaba escuchaba la voz de mi mamá diciendo “para eso trabajas” y tenía razón. El otro día después de pagar cuentas me fui a dormir recordando un par de ocasiones en las que de verdad gasté mucho dinero por tener un día de paz y tranquilidad alejada de mi trabajo de escritorio. Me acordé de todas las vacaciones y viajes reservados, que más que por pasear (me encanta viajar, no lo niego), eran para “no estar” porque ya viajaba mucho por trabajo.

Hasta que comencé a andar por el camino del emprendimiento, empecé a notar muchos malos hábitos que no me ayudaban en nada y solo me daban una solución temporal, pero ni estaba ahorrando para el retiro, ni estaba buscando un nuevo puesto para hacer carrera, ni estaba comprando cosas que aumentaran su valor con el tiempo. Al contrario.  

Las cosas han cambiado. Y parte del proceso de aprender es aceptar que, así como soy responsable de cómo invierto mi tiempo, soy (y debo ser) responsable de cómo invierto mi dinero. Porque desde que empecé a trabajar en un negocio propio, todo el dinero que gasto es más como una inversión.

Lo admito, no he dejado de ir a conciertos y tampoco he dejado de viajar. Sigo tomando café y bebiendo cervezas artesanales. Pero prácticamente ya todas estas acciones tienen una motivación detrás de mis aspiraciones emprendedoras. Dejé de comer en la calle y también de salir a cenas en las que todos comen o beben más que yo pero la cuenta se divide equitativamente  (lo siento). He empezado a comer más en casa, a preparar mis propias jarras de café y a beber menos alcohol. Todo para gastar menos dinero en alimentos y poder seguir comprando boletos para conciertos. Pero ya no compro tantos boletos como antes y mis maratones en festivales cada vez tienen que planearse mejor.

También sigo viajando. Pero mis planes son más locales o me dedico a cazar ofertas. Planeo viajes en donde puedo ir a un congreso (y conseguir hospedaje barato), a eventos de networking, visitar a mis socios (porque hay unos fuera de la CDMX) o a mis clientes. Planeo ir a lugares desde los que pueda seguir trabajando con mi computadora y no me falte el internet. Ya no viajo para huir del trabajo, viajo para pasear, para ejercitar la creatividad. Y cuando me compro cosas, es porque les veo el beneficio para mi nuevo estilo de vida, desde una cámara digital, hasta un vestido o unos zapatos.

He aprendido a administrar mis tiempos y mis horarios. Me la pienso dos veces cuando algún amigo conocido por ser impuntual me invita a algún lugar, he empezado a llevar conmigo una libreta para anotar ideas, cuentas, diagramar soluciones mientras espero. He rechazado actividades de fin de semana para ponerme al corriente con mis tareas o para “pimpear” mis modelos de negocio y presentaciones “con más calma”. Soy dependiente de mi celular pero dejé de tenerle miedo a las urgencias de trabajo y a las llamadas de mi jefe o de mis clientes. Cuando salgo con amigos puedo ignorar mi teléfono, porque yo y sólo yo, sé lo que es una verdadera urgencia relacionada con mi negocio y la verdad, últimamente la mayoría de las urgencias me emocionan (aunque me estresan igual).


Lo más difícil de adaptarse a estos nuevos hábitos de gasto y ritmo de trabajo es no excluir a las personas importantes en tu vida. Aprender a decir que no y -de preferencia- aprender a explicar por qué no. Porque -a todos nos ha pasado, no hay pena en admitirlo- cuando un asalariado “no tiene dinero” quiere decir que no alcanza a llegar a la siguiente quincena o que tal vez ya no quiere abusar de sus ahorros. Pero cuando un emprendedor te dice que “no tiene dinero” el algún momento de su vida quiere decir que sus cuentas están prácticamente en ceros, que lo que le queda pretende invertirlo en renovar el hosting de su sitio (aunque haya que pagarlo dentro de tres meses), que tiene poca liquidez y hay un curso de finanzas para no financieros que preferiría pagar antes que rentar una casa en Cuernavaca para celebrar que tienes carro nuevo.

Cuando un emprendedor te diga que no tiene dinero, la probabilidad de que sea una verdad literal es muy alta. Si te dice que vayas a tu casa a beber algo, tómale la palabra, tómale las llamadas, contesta sus mensajes. Tampoco se trata de que nos tengan lástima o nos odien porque no podemos hacer nada divertido. Los empredendores queremos mantener las amistades, pero ya no estamos dispuestos a pagar el mismo precio que antes.

Repitan conmigo: “Pero querías ser emprendedor”. Siempre lo he dicho y no soy la única que lo piensa, emprender no es para todos. Pero en el proceso me he quitado un par de malos hábitos y estoy segura que seguiré cultivando muchos más a medida que mi negocio crezca. A esos que recién empiezan no desesperen, poco a poco he logrado que mis amigos -los no emprendedores- entiendan que el no tener tiempo o dinero solo significa que ya no quiero invertir en soluciones temporales que me daba el sueldo fijo y prefiero trabajar en hacer realidad mi plan de vida a largo plazo haciendo más cosas que me gustan desde hoy.

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