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La tapatía que embellece a las mujeres sin dañar al ambiente

Esta empresa mexicana tardó seis años en encontrar el esmalte ideal y hoy busca pintar las uñas de las mujeres con materiales orgánicos. Conoce su historia.

A Nathalie Eklemes, fundadora de Pitahia, le llevó seis años encontrar la fórmula que le dio el éxito en su negocio de esmaltes.

Desesperada, pero siempre firme en lo que quería, no se dio por vencida. Buscó y experimentó hasta lograr el esmalte hecho de forma natural. Durante esos seis años, sus clientas se quejaban pero no dejaban de comprar el producto. Esto la motivó a seguir buscando.

Pitahia es un emprendimiento de esmaltes naturales y otros productos orgánicos para el cuerpo. Su nombre hace referencia a las pitayas, fruta resistente a las sequías que se da en diferentes estados de México, entre ellos Jalisco, de donde es originaria Nathalie.

Hoy, después de tanto tiempo, está lista para exportar y ha encontrado posibilidades de negocio no sólo en spas y salones, también en tiendas de productos orgánicos. Esta emprendedora tapatía de 28 años viene a revolucionar este cosmético, hecho tradicionalmente con químicos por las grandes compañías.

De familia emprendedora

Nathalie tenía dudas sobre cuál carrera estudiar y, mientras tanto, decidió vivir en Barcelona y tomó un curso de maquillaje. Después de pensarlo mucho, en 2009 eligió la carrera de mercadotecnia, impartida en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO).

Proveniente de familia de emprendedores, siempre tuvo la inquietud de hacer algo por ella misma, así que mientras estudiaba la carrera, su gusto por la moda la llevó a poner su propio negocio. “Desde pequeña sentía la cosquilla por tener mi empresa. Me sentía motivada cuando veía a mi abuelo y a mis padres”, comenta la fundadora de Pitahia.

Lo que más llamaba su atención era buscar colores para las uñas, pero comenzó a darse cuenta que los esmaltes que habían en el mercado no eran de buena calidad ni de larga duración. El color no era el mismo que se veía en el frasco o la consistencia no era la adecuada.

Como ninguna cubría sus necesidades, consultó con su mamá si era complicado poner una empresa de barnices. “Un día le pregunté, ‘oye, má, ¿será difícil hacer una marca de esmaltes?’ Yo quería competir con las grandes compañías de cosméticos. Y ella me dijo: ‘ve a la fábrica, ahí seguro te ayudan’”, recuerda Nathalie.

“Pensé: ‘¡uy, qué fácil!’ Creía que en una semana iba a quedar y pues no”, comenta la emprendedora. Y en 2011, con 21 años, se le hizo fácil probar en la fábrica de pintura de su abuelo René. Él fue su principal aliado para poder realizar los experimentos en el laboratorio del negocio con ayuda de los químicos que ahí trabajan, pero no obtenía el éxito que esperaba.

Los empleados del negocio de su abuelo no contaban con la experiencia necesaria en cosméticos para hacer una fórmula de esmaltes con ingredientes naturales como los quería Nathalie. “Y así me fui a prueba y error. Me di cuenta que hacer pintura para paredes no era nada comparado a los esmaltes”, platica Nathalie.

Pero ella no se daba por vencida. Cada vez que obtenía un color, les daba muestras a sus amigas para probarlo en sus uñas, que tuvieran brillo, buen olor, secado rápido, pero siempre algo faltaba. “Yo quería todo rápido, la fórmula perfecta. Todo en uno: que secara rápido, que no se separan los colores”, dice la tapatía.

La paciencia y desesperación por no obtener la fórmula que deseaba la estaba llevando a sus límites. Sin más remedio tomó la decisión que marcaría el rumbo de su pequeño negocio: lanzarla al mercado, sabiendo que la fórmula no daba la calidad que ella buscaba para igualar la de los esmaltes hechos con químicos.

Comenzó a distribuirlo con sus amigas y en algunas boutiques. En ese año puso a la venta dos colecciones, la primera con 11 colores y la segunda con ocho tonos. Empezó a difundir su producto en redes sociales, principalmente en Facebook y Twitter, y, para su sorpresa, vio que la respuesta de los clientes era positiva.

Ya en el mercado y con la reacción positiva que el producto tenía, recibió solicitudes para venderlo en spas y salones. Después la buscaron en Aguascalientes, Morelia y Torreón.

La fórmula perfecta

Comenzaban las quejas y la devolución de los productos pero no dejaban de comprar los esmaltes.

“Yo comenzaba a perder la esperanza y siempre, con una nueva mezcla pensaba: ésta es la buena. Pero no llegaba”, recuerda con desesperación.

Cuando iba en ascenso su abuelo la aterrizó, “mi abuelo René se convirtió en mi rival y me dijo que íbamos a empezar de ceros”, recuerda Nathalie.

Su abuelo René, en 2014, le pidió que ya olvidara todo lo que había hecho y que empezara de nuevo. “Ya llevábamos tres años en el mercado, no podemos hacer esto, decía. Él quería borrón y cuenta nueva. Yo le gritaba ¡no!, ¡no quiero!, y lloraba muchísimo”, recuerda entre risas la emprendedora. Continuaban las variaciones de color pero cuando su abuelo se involucró en el proyecto, todo cambió.

La transición para encontrar la mejor mezcla fue un calvario: no había opciones de maquila pues la empresas no querían entrar al negocio por ser complicado. Ella no quitaba el dedo del renglón.

La química que le ayudaba se asesoró con unos expertos franceses para que las orientara y así conseguir el esmalte orgánico. Después de intentarlo una y otra vez, pudo crear, junto con sus investigadores, una fórmula única 100% libre de tolueno y formaldehidos, adicionada con aceites naturales y con pigmentos libres de plomo.

“Hoy te puedo decir que en noviembre de 2016 encontramos la fórmula perfecta. Seis años después dimos con ella”, recuerda con entusiasmo la tapatía, que logró hacer un esmalte con ingredientes naturales, con la cantidad exacta de resina.

La prueba de fuego eran las uñas de su mamá, pues no había esmalte que le durara. “Cuando obtuve la “mezcla buena”, la probé con mi mamá, dejé pasar unos días y el resultado me sorprendió, ¡no se le cayó!”, dice la emprendedora.

“Los esmaltes no se pueden batir a mano, los pigmentos son libres de plomo, hechos con aceites naturales, como coco y almendra, vitamina E, solventes de las frutas, resina y algodón que ayudan al crecimiento y fortificación de la uña”, asegura la fundadora.

Colores mexicanos para el mundo

Pitahia, fundado en 2010, competía con grandes marcas cosméticas ya consolidadas, pero ha encontrado un nuevo mercado en las tiendas orgánicas.

Todo el producto que vendió durante estos años de búsqueda de la fórmula perfecta los sigue “pagando”, pues quiere que todos los esmaltes que están en venta tengan la nueva receta. Cada producto se puede adquirir en su página en donde se pueden ver los precios, colores de la colección y demás artículos.

Ella no quería involucrar a gente que no fuera fiel al proyecto y su única alternativa era las ventas en línea. “Le tenía un miedo terrible al comercio por internet, pero mi estrategia era generar confianza en mis clientas”, comenta Nathalie. Por cada compra, les hacía llegar su producto de una manera personalizada con una tarjeta hecha a mano, con el nombre de la compradora y agradeciendo su adquisición.

Es una marca con esencia mexicana y en cada tendencia usan nombres que hacen referencia a características del país: madre tierra, papel picado, pueblo mágico, calavera. El diseño e imagen de la marca de Pitahia fue creado por su fundadora.

Actualmente Pitahia no sólo ofrece esmaltes, sino que la marca ha aumentado su línea cosmética creando PITAHIABODY, en al que cuenta con más de 5 productos y se planea incluir otros para el cuidado de la piel.

El emprendimiento de Nathalie brinda trabajo a más de 10 mujeres con ganas de superarse cada día.

Para 2017 busca exportar, principalmente a Estados Unidos, Sudáfrica y Europa, en donde, platica Nathalile, adaptará las colecciones al inglés o a la cultura de cada país, sin perder la esencia mexicana. Así como hacer crecer la marca en cadenas de Liverpool y Palacio de Hierro.

Para esta emprendedora el optimismo y la persistencia han sido sus aliados en estos años de arduo trabajo.

“Cada día la gente está más consciente de cuidar el mundo. No hay nada mejor que contribuir”, dice la tapatía.

Los esmaltes Pitahia, al igual que las frutas pitaya, ambas originarias de Guadalajara, soportaron las sequias y ahora dan frutos coloridos, únicos y mexicanos.