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Charles Bukowski, una inspiración para el emprendedor

Este escritor fue empleado durante muchos años y se dio cuenta que no quería desperdiciar su vida, así que decidió sacarle provecho, y la mejor manera de hacerlo fue escribiendo.
Charles Bukowski, una inspiración para el emprendedor
Crédito: Depositphotos.com
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Son muchas las circunstancias que pueden llevar a un hombre a emprender, por ejemplo: libertad financiera, no tener jefe, la falta de empleo, un despido imprevisto, una oportunidad que se presenta o simplemente la búsqueda de un camino de vida más significativo.

El discurso de lo “normal” dicta que es necesario trabajar para vivir, para ganar dinero, para emplear nuestro tiempo y energía en algo productivo para nosotros y la sociedad. Sin embargo en algún momento de la vida te preguntas: ¿qué carajo estoy haciendo? ¿hacia dónde me dirijo?

A mediados de los 80s, Charles Bukowski era ya un autor respetado en algunos círculos literarios y muy criticado en otros. Pero si nos alejamos de ese debate, lo que les comparto hoy es una disertación sobre el trabajo y sus consecuencias sobre el ser humano escrita por el propio Bukowski en una carta a John Martin, un publicista de Black Sparrow Press que, en 1969, le hizo una propuesta inesperada: le pagaría 100 dólares mensuales con tal de que renunciara a su trabajo y se dedicara solamente a escribir.

Bukowski, que llevaba casi 15 años trabajando como cartero en Estados Unidos, aceptó y un par de años después entregó a Black Sparrow Press su primera novela: “Post Office”.

12 de agosto de 1986

Hola, John:

Gracias por la carta. A veces no duele tanto recordar de dónde venimos. Y tú conoces los lugares de donde yo vengo. Incluso las personas que intentan escribir o hacer películas al respecto, no lo entienden bien. Lo llaman “De 9 a 5”. Sólo que nunca es de 9 a 5. En esos lugares no hay hora de comida y, de hecho, si quieres conservar tu trabajo, no sales a comer. Y está el tiempo extra, pero el tiempo extra nunca se registra correctamente en los libros, y si te quejas de eso hay otro zoquete dispuesto a tomar tu lugar.

Ya conoces mi viejo dicho: “La esclavitud nunca fue abolida, sólo se amplió para incluir todos los colores”.

Lo que duele es la pérdida constante de humanidad en aquellos que pelean para mantener trabajos que no quieren pero temen una alternativa peor. Pasa, simplemente, que las personas se vacían. Son cuerpos con mentes temerosas y obedientes. El color abandona sus ojos. La voz se afea, el cuerpo, el cabello, las uñas, los zapatos. Todo.

Cuando era joven no podía creer que la gente diera su vida a cambio de esas condiciones. Ahora que soy viejo sigo sin creerlo. ¿Por qué lo hacen? ¿Por sexo? ¿Por una televisión? ¿Por un automóvil a pagos fijos? ¿Por los niños? ¿Niños que harán justo las mismas cosas?

Desde siempre, cuando era bastante joven e iba de trabajo en trabajo, era suficientemente ingenuo para a veces decirle a mis compañeros: “¡Eh! El jefe podría venir en cualquier momento y echarnos, así como así, ¿no se dan cuenta?”. Ellos lo único que hacían era mirarme. Les estaba ofreciendo algo que ellos no querían hacer, entrar a su mente.

Ahora, en la industria, hay muchísimos despidos (acererías muertas, cambios técnicos y otras circunstancias en el lugar de trabajo). Los despidos son por cientos de miles y sus rostros son de sorpresa:

“Estuve aquí 35 años…”.

“No es justo…”.

“No sé qué hacer…”.

A los esclavos nunca se les paga tanto como para que se liberen, sino apenas lo necesario para que sobrevivan y regresen a trabajar. Yo podía verlo. ¿Por qué ellos no? Me di cuenta de que la banca del parque era igual de buena, que ser cantinero era igual de bueno. ¿Por qué no estar primero aquí antes de que me pusiera allá? ¿Por qué esperar?

Escribí con asco en contra de todo ello. Fue un alivio sacar de mi sistema toda esa mierda. Y ahora estoy aquí: un “escritor profesional”. Pasados los primeros 50 años, he descubierto que hay otros ascos más allá del sistema.

Recuerdo que una vez, trabajando como empacador en una compañía de artículos de iluminación, uno de mis compañeros dijo de pronto: “¡Nunca seré libre!”.

Uno de los jefes caminaba por ahí (su nombre era Morrie) y soltó una carcajada deliciosa, disfrutando el hecho de que ese sujeto estuviera atrapado de por vida.

Así que la suerte de haber salido de esos lugares, sin importar cuánto tiempo tomó, me ha dado una especie de felicidad, la felicidad alegre del milagro. Escribo ahora con una mente y un cuerpo viejo, mucho tiempo después del que la mayoría creería en continuar con esto, pero dado que empecé tan tarde, me debo a mí mismo ser persistente, y cuando las palabras comiencen a fallar y tenga que recibir ayuda para subir las escaleras y no pueda distinguir un azulejo de una grapa, todavía sentiré que algo dentro de mí recordará (sin importar qué tan lejos me haya ido) cómo llegué en medio del asesinato y la confusión y la pena hacía, al menos, una muerte generosa.

No haber desperdiciado por completo la vida parece ser un logro, al menos para mí.

Tu muchacho, Hank.

Bukowski publicó su primera novela a los 49 años, le costó toda una vida cambiar el rumbo, pero lo hizo, así que viene muy ad hoc parafrasear a Mario Benedetti: No te juzgues sin tiempo amigo mío.

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