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Así le da la vuelta al fracaso Jordi Muñoz, cofundador de 3D Robotics

Jordi Muñoz vivió el apogeo de la empresa que cofundó con Chris Anderson, 3D Robotics, que fue la firma más grande de drones en Estados Unidos. Hoy experimenta su declive, pero está listo para volver a empezar.
Así le da la vuelta al fracaso Jordi Muñoz, cofundador de 3D Robotics
Crédito: Iván Pérez

A sus 31 años, Jordi Muñoz conoce muy bien el sabor amargo del fracaso. El rey de los drones ya no es aquel emprendedor que soñaba hace casi una década con construir el mayor imperio de drones en el mundo. La expresión en su rostro ha cambiado y su voz tiene un dejo de nostalgia, aunque sus palabras aún corresponden a las de alguien que anhela retirarse para dedicarse a pilotar aviones.

Hoy, el tijuanense mira la vida con otros ojos y sus planes en el mundo de los negocios son más conservadores, tras el declive que casi lleva a la muerte a su primera empresa: 3D Robotics.

“Comenzar un negocio no es para todos, requiere de muchos sacrificios y es muy estresante porque llega un punto en que no te das cuenta cuando un león te está devorando”, dice Jordi Muñoz, cofundador de 3D Robotics, durante una reunión con medios de comunicación, previo a su conferencia magistral en Campus Party México, que se realizó del 5 al 9 de julio en Jalisco.

En menos de un año, 3D Robotics pasó de ser el mayor fabricante de drones en el mundo, a ser una empresa que lucha cada día por tratar de mantenerse a flote en un mercado que crece a pasos agigantados y que, parece olvidar a sus pioneros: Jordi Muñoz y su socio, el ex editor en jefe de Wired, Chris Anderson.

El mexicano explica que la debacle de 3D R fue una suma de varios factores relacionados con “decisiones equivocadas, una mala administración y traiciones”.

Derivado de esto, la empresa cerró la fábrica de drones en Tijuana, con lo que se despidieron a 300 trabajadores y, además, se perdieron 100 millones de dólares (mdd) en fondos de capital de riesgo.

Al respecto, Jordi asegura que, en un inicio, su socio y él sabían los riesgos que implicaba apostar a una empresa de esta índole, pero también del potencial que tenía al momento de atraer inversionistas. “Sabíamos que nos podía ir o muy bien o muy mal. El resto de la historia ya lo conocemos.”

Un fracaso anunciado

En 2012, cuando la empresa se encontraba en su máximo apogeo, 3D Robotics contaba con oficinas en San Diego y Tijuana y daba empleo a 350 personas.

En ese entonces, el valor de la empresa ascendía a 360 millones de dólares (mdd), según cifras de Pitchbook, una compañía privada de investigación.

En ese mismo año, Jordi tomó la decisión de salir de la empresa y ceder el puesto de CEO a Chris Anderson. Ese sería el comienzo de todo.

Jordi recuerda que 12 de los inversionistas más importantes de Silicon Valley, que fondean a grupos como 9GAG o WordPress, decidieron invertir en 3D Robotics. Una vez que se sentaron a negociar, la primera recomendación fue cerrar la fábrica en Tijuana, que les dejaba ganancias por 40 mdd al año.

“El gran error que se cometió fue que pusieron todos los huevos en una misma canasta”, lamenta el ingeniero.

Al mismo tiempo, el grupo de inversionistas apostó por sacar al mercado el 3D Robotics Solo, un dispositivo no tripulado que atraería a desarrolladores externos para crear herramientas que complementaran el software. Sin embargo, el retraso en la entrega y fallas durante el proceso hicieron que la iniciativa fracasara, pues solo lograron vender 15,000 drones y los fondos de inversión pedieron más de 100 mil dólares con ese proyecto.

En este punto, la empresa se quedó “endeudadísima”, sin embargo, Jordi destaca que los inversionistas “tuvieron un buen gesto al hacerse “responsables de lo que sucedió” y lograron rescatar a 3D R, ya que la dejaron “en ceros”.

Asimismo, invirtieron otros 35 mdd y “la volvieron a levantar, pero 3D Robotics ya no es lo que era y ahora se dedica a otro giro totalmente diferente”, precisa.

Otro de los factores que se sumaron al fracaso de la empresa fue que DJI, su principal competencia, comenzó a utilizar el sistema que empleaban para el funcionamiento de todos los drones. “Hicieron mi código su código”, explica.

Y no solo eso, el empresario mexicano detalla que la compañía china logró averiguar cuánto le costaba fabricar a 3D Robotics sus drones y para competirles, bajaron el precio de sus productos.

“Sabíamos que lo estaban haciendo de manera consciente, nos quisieron destruir y nos acabaron.”

Jordi guarda silencio un momento y lanza una frase directa y sincera: “No quiero volver a emprender una empresa como 3DR. Fue desgastante”. En ese entonces no solo tenía problemas con la empresa, también atravesaba por una etapa familiar muy fuerte. Se alejó de sus papás, se divorció, su salud se deterioró y le costaba trabajo dormir.

“La gente me veía como alguien que solo hacía drones, pero no estaba jugando ni divirtiéndome, la realidad era que trataba de salvar una empresa“, comparte.

Una vez pasada la tormenta, Muñoz retomó la empresa y compró toda la maquinaria. “Cuando creamos la compañía, la maquinaria me costó 1.5 mdd, cuando pasó todo, me la vendieron por 15,000 dólares. Me salió muy barata”, bromea mientras una sonrisa se dibuja sutilmente en su rostro.

En la actualidad, el ingeniero mantiene el 95 por ciento de las acciones de 3D Robotics, quien se dedica solo a desarrollar software, y dirige Maya Robotics, un proyecto de reciente creación.

Además, comparte, mantiene constante comunicación con Chris y, Maya, les ha comenzado a vender productos que ellos ocupan. Es decir que le vende a su propia empresa.

Paso firme hacia el futuro

A diferencia de 3D Robotics, el ingeniero asegura que con Maya las cosas serán diferentes.Por principio, Jordi apuesta a que la empresa crezca de manera orgánica y a “paso firme”, sin necesidad de acelerar el proceso de expansión.

Quiere tomarse las cosas con calma para volver a unir los lazos que se rompieron con su anterior negocio, desea retomar el sueño de retirarse y convertirse en piloto, pero, sobre todo, busca encontrar la paz consigo mismo.

Además, el tijuanense quiere volver a los orígenes de por qué creó este negocio. “Comencé a armar drones porque era mi pasión, no lo hacía para satisfacer a nadie".

La apertura de un laboratorio de ingenieros y apoyar a proyectos disruptivos son otras de las cartas que tiene sobre la mesa, aunque es consciente de que levantarse de una caída no será nada fácil.

Fiel a su sentido del humor, el rey de los drones ríe al cuestionarle sobre la complicada situación por la que atraviesa México con su vecino del norte. El empresario de 31 años asegura no temer a las amenazas del presidente republicano y asegura que entre sus planes está contratar a ingenieros mexicanos y “pagarles muy bien”, para evitar que migren hacia otros países, mientras que del otro lado de la frontera quiere contratar solo obreros. “Esa es mi manera de devolverle sus ‘empleos’ a Donald Trump”, dice en tono sarcástico.

La historia del joven mexicano, que comenzó armando drones con piezas de microondas, ha dado un giro de 180 grados. Prefiere llamar a sus fracasos como ‘experimentos’, con los que ha aprendido y, aunque asegura no tener certeza de muchas cosas en este momento, el rey de los drones de algo sí está seguro: “3D Robotics cambió la historia de los drones. Fui el primero en crear un sistema que revolucionó a una industria y eso para mí siempre será motivo de orgullo, sin importar lo que suceda mañana”.