Cuando las reglas sirven para extorsionar

La regulación condena a las pequeñas empresas a un enanismo perpetuo.

¿Debe el gobierno regular cualquier actividad económica? La respuesta es no. El gobierno tendría que ser muy grande o muy eficiente para hacer cumplir todas las regulaciones. Por eso, hoy en día se enfoca sólo en revisar, gravar y hacer cumplir sus reglas en las empresas que son muy visibles o muy peligrosas. También, por eso, algunas deciden ser pequeñas para siempre, de manera que el gobierno no las detecte. La regulación asfixia el crecimiento de las grandes, y el deseo de no ser regulado condena a las pequeñas a un enanismo perpetuo.

Por ejemplo, en Ciudad de México, es altamente probable que un lugar formal que sirva comida acabe clausurado. Si la higiene no es el pretexto, a alguna autoridad local se le ocurrirá la excusa perfecta. Las inspecciones sanitarias a establecimientos de comida preparada ocurren en los restaurantes formales, no en los lugares que venden en la calle. Por lo tanto, el nivel de higiene de éstos últimos es mala, pero si los trabajadores del establecimiento formal comen en la calle, pueden llevar los gérmenes de su lugar de alimentación a su lugar de trabajo. Entonces, la regulación aquí no sirve.

Hace un par de años, Juan Pardinas, director del IMCO, describió en su columna de Reforma un mundo regulatorio mejor: el de Nueva York. Esta ciudad le pone una calcomanía con una letra a cada establecimiento. La letra es la calificación que obtuvo en la inspección sanitaria. Sea un puesto de banqueta o un restaurante de Park Avenue, una letra A es una garantía de higiene. Si te sientas a comer en un lugar que tiene una C u otra letra posterior en el alfabeto, estás arriesgando seriamente tu salud.

De esta forma, el vendedor ambulante sería sujeto de una inspección de salud. Si un emprendedor quiere vender cerca de un hospital, debería poseer una calcomanía tipo A. Habría un ecosistema de certificadores privados, y la autoridad los revisaría a ellos, no a cada puestito. Para cierto tipo de pro- ductos, el emprendedor usaría un carrito que no estorbe el paso. Quien quiera cocinar ahí mismo, tendría que traer una camioneta con un sistema de ventilación, un tanque de agua limpia y otro de aguas grises, que se conecte a un sistema de drenaje urbano. La camioneta pagaría el parquímetro de la zona mientras vende alimentos, y no estaría permitido poner bancas para que la gente se siente.

Me imagino a la autoridad local haciendo cumplir la ley para que el comercio ambulante no se robe la electricidad. Existiría una modalidad para venderles: tendrías que pagar una conexión móvil a la red eléctrica y habría contactos especiales para el funcionamiento de ese tipo de servicio. Pero, por desgracia, la regulación en México es un pretexto para la extorsión. Mientras más compleja la norma, más posibilidades de corrupción.

Por eso, a tu diputado local, asambleísta o legislador federal les encanta que la norma sea de difícil cumplimiento. La cadena de extorsionadores puede hacer su trabajo, y a él o ella le llegarán más recursos. El absurdo es que la gente que hace las leyes y las normas trabaja para nosotros. Están ahí para asegurarse que se puedan vender los hot dogs y que nadie se enferme por comerlos. Están ahí para garantizar que nadie se robe la luz y que la banqueta no acabe sellada de grasa de freír. Hacen otras cosas, en su beneficio personal, porque se los permitimos. El control del Estado tiene que regresar a la gente.

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