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Emma Watson y Tom Hanks muestran qué NO hacer en una empresa

La película "El círculo" que se estrena esta semana, es una gran muestra de cómo una cultura empresarial puede 'fastidiar' a los empleados.
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La décima novela de ficción de Dave Eggers, El círculo (The Circle), se adaptó a la pantalla grande teniendo a Emma Watson y Tom Hanks como protagonistas y bajo la batuta de James Ponsoldt (The Spectacular Now). Sigue los pasos de Mae (Watson), una chica que tras tener un trabajo mediocre, recibe la oportunidad de ingresar a la filas de una de las empresas más importantes del orbe, un emporio tecnológico que podría equipararse a lo que significa Google en nuestros tiempos.

Ser parte de The Circle, el nombre de la compañía, no es sencillo. Tiene toda una cultura empresarial detrás. Desde la exigente capacitación de sus nuevos miembros, la satisfacción absoluta del cliente; la importancia de la comunicación y el contacto con otros empleados a través de actividades extralaborales que “no son obligatorias” y redes sociales para estar en contacto con el resto de los miembros; un gran plan de salud, charlas motivacionales del líder de la empresa (Tom Hanks), quien es tan carismático como en su momento lo fue Steve Jobs, entre otras cosas.

En papel todo suena maravilloso, pero tanto la novela como la película exploran los riesgos de llevar estos puntos al extremo, de que no haya un equilibrio entre la vida laboral y personal de los trabajadores. De que una empresa sostenga un discurso benevolente porque tiene un excelente manejo de imagen y relaciones públicas, pero que por debajo del agua explote a sus empleados hasta el punto de poner en riesgo su salud.

Asimismo, habla de los riesgos de los monopolios tecnológicos, pues El círculo es la creadora de una red social llamada TruYou. Si bien empresas como Facebook, que tienen en su poder información personal, han levantado señales de alarma, imaginen lo que ocurriría con una empresa que no sólo tiene facultades tecnológicas ilimitadas, datos personales, sino que incluso crea una cámara tan pequeña y de tan bajo costo que espiar a al mundo entero se convierte en juego de niños.

Sí, los políticos ya no pueden esconderse, ya que toda su información y actuar quedaría expuesto al electorado; la seguridad se potenciaría, pues la criminalidad no quedaría impune y habría pruebas flagrantes de los delitos e incluso las vulneraciones a los derechos humanos podrían exponerse en un abrir y cerrar de ojos, lo cual sería benéfico para la convivencia y cordialidad humana.

Pero el costo a pagar por todos estos “beneficios” sería la privacidad personal. Con cámaras cuasi invisibles por todos lados, ¿quién garantiza que las intenciones de quienes reciben esa información son honorables, que no van a lucrar con ellas o que el gobierno no espiaría a sus ciudadanos, como ya ocurre hoy por hoy? ¿O incluso cómo saber si el monopolio tecnológico sólo continúa su crecimiento por estar coludido con el gobierno? En pocas palabras, los administradores de semejante tecnología estarían afectando los derechos humanos que juraban proteger, al menos en el filme.

El círculo no sólo habla de estos atentados contra la privacidad, también enfatiza los peligros de una malsana cultura empresarial; una en la que se exige transparencia de terceros, pero no se otorga; en la que los líderes supuestamente se preocupan por el bienestar de sus empleados, pero en realidad los utilizan a conveniencia; en donde se les hace tanto lavado de cerebro que son incapaces de poner límites y priorizar los compromisos personales. Es un ejemplo fehaciente de cómo no debe manejarse una empresa.    

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