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La vida sin sal: un cuento sobre las cosas simples

Un cuento de la infancia y el encuentro con una joven chef tabasqueña son el pretexto para recordar lo que olvidamos todos los días: agradecer las cosas simples de la vida.
La vida sin sal: un cuento sobre las cosas simples
Crédito: Depositphotos.com

Érase que se era, hace mucho tiempo, en una tierra muy lejana, vivía un rey que tenía tres hijas. Un día, muy cerca de cumplir 60 años, el rey quiso saber cuál de las tres lo quería más. La mayor le dijo: “Papito, yo te quiero más que al aceite”. La de en medio aseguró: “Papi: te quiero más que al pan”.

El rey estaba muy satisfecho con las respuestas hasta que escuchó a la más pequeña decirle: “Padre mío, yo te quiero más que a la sal”. Esta respuesta enfureció al monarca: “Si hubieras dicho que me quieres más que al pollo en pepitoria, al filete a la plancha, al cordero asado, a la tarta de manzana, a los pasteles de nata… ¡Tú no me quieres nada de nada!”.

Dicho esto, desterró a la pequeña princesa, quien se perdió en el bosque, bañada en llanto, ante la sorpresa y frustración de su madre y hermanas.

Ante esta injusticia, la reina ordenó a todos los cocineros que escondieran toda la sal que había en palacio. Por eso, cuando el rey probaba la comida, se enojaba porque no sabía a nada. Poco a poco, perdió el apetito y cayó enfermo. No hubo en el reino ningún médico o mago que pudiera sanarlo…

Me acordé de este viejo cuento de mi infancia cuando conocí a la chef Gaby Ruiz, emprendedora tabasqueña de 27 años, que aparece en nuestra portada de septiembre de 2017 de Entrepreneur, quien me contó que, para ella, la sal es el ingrediente más importante para la creación de sus platillos e, incluso, fundamental para la vida. Por eso, me dijo, su nuevo restaurante en Ciudad de México, que abrirá en noviembre, se llamará Carmela y Sal.

Mientras le contaba a Gaby el final de este cuento infantil, el brillo de sus ojos de jaguar me recordó que lo más bello e importante de la vida está en lo más simple, en aquello que damos por hecho y nos olvidamos de agradecer todos los días:

…El rey estuvo, por mucho tiempo al borde de la muerte, hasta que, una hermosa mañana, su pequeña hija regresó al palacio.  El monarca la abrazó llorando, le pidió perdón y le dijo: “Ahora sé que, en verdad, me quieres mucho, mucho”.

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