Emprendedores de la moda

La emprendedora que lleva la moda desde las montañas hasta el aparador

Con una propuesta que reinterpreta la indumentaria indígena, la diseñadora Carla Fernández y su marca están cambiando la industria de la moda nacional, una prenda y artesano a la vez.
La emprendedora que lleva la moda desde las montañas hasta el aparador
Crédito: Isaac Alcalá / Maquillaje: Adriana Abraham / Hairstyle: Daniel Casillas /
Magazine Contributor
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This story appears in the October 2017 issue of Startups. Subscribe »

Es un día ajetreado en las oficinas de la diseñadora Carla Fernández. Entre el lanzamiento y montaje de su colección otoño-invierno 2017, la preparación de su campaña primavera-verano 2018, y los primeros bocetos de la siguiente temporada de 2018, tiene las manos llenas. Durante su jornada recibe pequeñas muestras de tela con patrones indígenas, aprueba o desaprueba el casting de modelos y las combinaciones que usarán, y revisa su correo y pendientes con Cristina Rangel, su socia. Y entre todos sus pendientes, recibe a Entrepreneur, para maquillaje, foto, video y entrevista.

Pero le encanta que sea así. No el glamour de la moda, sino el involucrarse en todos los procesos para que una prenda vaya de su mente a una percha en sus tiendas y, finalmente, a la vida de sus clientes. Y es que para ella, la ropa significa mucho más que sólo un atuendo con el que te ves bien; es, según expresa, la perfecta conversación del diseño con el día a día de las personas. “La ropa tiene mucho poder. Es un lenguaje que usas sin darte cuenta, pues con ella transmites quién eres y lo que te gusta”, explica. “Es más latente en la indumentaria tradicional, porque incluso puedes leer a qué etnia pertenece alguien o si está casado”.

Su admiración por la riqueza cultural mexicana surgió desde pequeña cuando viajaba por el país visitando comunidades a lado de su padre, quien era director de museos del Instituto Nacional de Antropología e Historia. A los 14 años hizo sus primeras piezas, aunque más por hobbie que por visión. Sin embargo, conforme fue perfeccionando su técnica, ese gusto se convirtió en su trabajo diario.

“Actualmente, no hay división entre mi trabajo, mi pasión y la emoción que siento al diseñar”, afirma.

Y se nota. A casi una década, su nombre en la industria no sólo significa alta costura sino también un negocio con reconocimiento internacional que además es rentable, genera empleos e impacta positivamente en las comunidades con las que trabaja. Para muestra, las cinco boutiques de su marca homónima, distribuidas en Ciudad de México y San Miguel de Allende, Guajajuato, además de su presencia en tiendas multimarca y concept stores de todo el país, y en museos nacionales y extranjeros donde se venden sus prendas, además de en su tienda en línea Carlafernandez.com.

Pero no lo ha logrado sola. Por un lado, están los 150 artesanos de 18 comunidades indígenas en ocho estados del país con quienes Carla cocrea las piezas por las que es reconocida en el mundo. Por el otro, está su socia Cristina y su equipo de 20 colaboradores, con quienes ha construido lo que denomina “una agencia cultural” encargada de comunicar la riqueza textil detrás de una prenda con acento mexicano.

Junto con 150 artesanos de ocho estados del país, crea diseños que combinan moda contemporánea y la riqueza cultural de los textiles nacionales. / Fotografía: Isaac Alcalá Nácar para Entrepreneur en Español

Mancuerna social

Más que colaboradoras, Carla considera a los artesanos con los que trabaja como sus amigos, su familia. Los conoce por nombre, apellido, etnia y comunidad en la que viven. Nos cuenta, por ejemplo, de Teodora, mujer otomí de Hidalgo con quien trabaja desde hace una década, y mamá de dos de sus colaboradoras que hoy laboran en la empresa como pasantes universitarias. O de Remigio, indígena zapoteco, a quien la diseñadora considera como “el mejor negociante que conozco”. Incluso de Ana y Cecilia, jóvenes tzotziles que le dan tips para sus publicaciones en Instagram.

La relación es tan cercana porque trabaja mano a mano con ellos en las montañas, desiertos y selvas donde viven para, en conjunto desarrollar sus colecciones, inspiradas en la riqueza textil y geométrica nacional (basada en cuadrados y rectángulos), y empleando técnicas de patronaje indígena de siglos de antigüedad, sin caer en el “folclorismo”. Esto lo hacen por medio de Taller Flora, un laboratorio móvil que viaja por comunidades para lograr una colaboración creativa.

Éste funciona en varias etapas. Primero, la de Investigación, en la cual cada dos meses parte del equipo de Carla Fernández viaja a comunidades indígenas de Estado de México, Puebla, Guerrero, Chiapas, Campeche, Ciudad de México, Oaxaca e Hidalgo, para descubrir ideas que funcionen a nivel comercial e incluirlas en sus colecciones.

La siguiente etapa, denominada Talleres, cubre la parte pedagógica y tiene como objetivo que los artesanos se asuman como diseñadores y aumenten su creatividad utilizando los métodos que ya conocen para facilitar la creación de nuevos diseños. La tercera parte, Diseño, se lleva a cabo en Ciudad de México, donde se revisa el control de calidad y se distribuye a las tiendas.

“No son nuestros maquiladores. Ellos, como co creadores, pueden hacer cambios y buscar nuevos estilos. Desarrollamos la idea de la prenda en conjunto y la mezclamos con nuestra visión comercial”, explica Carla.

“Para mí, son los mejores diseñadores de alta costura de México porque son quienes experimentan todo el tiempo con nuevos colores, hilos, técnicas e innovaciones”.

Taller Flora emplea su propio sistema de comercio justo para convertir a los artesanos en proveedores de la marca Carla Fernández, eliminando intermediarios que reducen su porcentaje de ganancia y garantizando que sus productos tengan contacto directo con el mercado. La consecuencia es que los indígenas, tanto jóvenes como adultos, ya no migran de sus comunidades buscando trabajo, sino que preservan sus tradiciones a cambio del pago de sus creaciones. “Incluso hay compañías grandes y de otros países que nos piden nuestro sistema de negocio para replicarlo”, reconoce la también historiadora del arte.

Otro de los aspectos integrales de la marca Carla Fernández es el uso de técnicas ancestrales en su producción, como el tejido, el telar manual, el teñir con lodo, o esponjar la lana con los pies. También destaca su comunicación como método para educar al consumidor, pues por medio de contenido digital en su página web y redes, y de etiquetas especiales en las prendas, la empresa consigue que los clientes descubran cómo, dónde y quién hizo la ropa que se ponen, dándole un valor adicional a las piezas.

El conjunto de estos factores, sumados a una conciencia ecoamigable de la moda, destacan a esta empresa de las demás, convirtiendo a Carla en una agente de cambio innovadora. Gracias a esta visión, la diseñadora obtuvo en 2013 el Premio Prince Clause, el cual reconoce artistas que impactan de forma positiva en el desarrollo de sus comunidades por medio de sus acciones culturales. Su lista de logros también incluye exhibiciones en museos en Boston, San Francisco, Nueva York, Singapur y Ciudad de México, entre otros.

Cristina Rangel es la directora operativa de la marca y socia de Carla. / Fotografía: Isaac Alcalá Nácar para Entrepreneur en Español

Mancuerna de negocio

No habría Carla Fernández sin Cristina Rangel. Al menos no como una empresa rentable, profesional y con ventas internacionales. Y es que Cristina es el otro pilar de la marca al fungir como Directora Operativa desde 2008, cuando se asoció con la diseñadora. Su objetivo: darle formalidad y estructura administrativa al negocio.

“Habían pasado cinco años y mi operación seguía siendo muy pequeña. Ni negocio era, sólo estaba tratando de llevar mi sueño creativo a los clientes, pero mi capacidad era mínima”, recuerda Carla con humildad. “Generaba mucha creatividad y publicaciones pero nada de rentabilidad”.

Ambas se complementan a la perfección pues por un lado Carla se encarga del “aura creativa” de las prendas y la marca y Cristina de ejecutar que esas ideas, desde la producción hasta la comercialización, para que sea un negocio sostenible. Su arma secreta: el análisis de datos para detectar qué sí y qué no se vende. El sistema, desarrollado por ambas, les permite obtener información oportuna sobre sus clientes (edad, lugar de origen, ticket promedio) y su mercancía (qué se vende más, en qué horario y en qué tienda se desplaza mejor, etc.) para su toma de decisiones.

“Monitoreamos todo diariamente y utilizamos esa información para tomar decisiones. Nada es al azar sino con base en las estadísticas”, afirma Cristina. Así, aunque el equipo creativo haga propuestas arriesgadas, éstas deben aprobar su análisis para salir a piso de venta. “Cotejamos que las ideas creativas sean rentables porque quizá la investigación detecta que una gama de colores no se va a vender, o que una colección va a salir del presupuesto”, explica Carla. Aunque también, admite, “hay veces en que confiamos en nuestros instintos a pesar de lo que digan las gráficas”.

Otro de los aspectos que cuidan las empresarias es detectar y eliminar las ineficiencias y cuellos de botella en cuanto a tiempos, recursos y procesos, para garantizar que su operación fluya y se mitiguen los riesgos.

“No se trata sólo de tener buenos diseños, tienes que analizar toda la cadena de producción y saber ejecutar bien cada área para ser rentable”, advierte Cristina.

En este sentido, las socias desarrollaron una estrategia para mantener su ADN social sin descuidar lo comercial, creando dos líneas: Alta Costura y Prêt-à-Porter. La primera combina procesos artesanales con los diseños de Taller Flora, mientras que la segunda –la de mayor porcentaje de ventas– utiliza procesos y materiales semi industriales con detalles realizados artesanalmente. Esta combinación le permite a la empresa tener una producción suficiente para surtir a las tiendas, ampliar su catálogo y dar trabajo constante a las cooperativas con las que colaboran.

Debemos hacer una pausa en la entrevista y en el movimiento en su showroom: Carla tiene una llamada con la Embajada de Guatemala para detallar la apertura de su próxima pop-up store en aquel país, prevista para 2018. Su agenda para ese año también incluye la inauguración de un colectivo de diseñadores en Polanco, la publicación de su tercer libro, una tienda más en Canadá y una exposición en Arizona.

“Queremos tener presencia en más tiendas multimarca y almacenes nacionales e internacionales. Buscamos producir más para alcanzar no sólo expansión sino repercusión en el mundo de la moda e impacto en la sociedad y en las comunidades”, enfatiza. A pesar de esta visión, ella no se considera una emprendedora o diseñadora social. “Así deberíamos ser todos los negocios y empresarios: honestos y correctos, tratando a los demás como nos gustaría que nos traten. Y cuidando a nuestras familias, que es lo que al final somos en la empresa. Si no lo hacemos entre nosotros, nadie más lo va a hacer”.

El éxito detrás

Carla Fernández es respetada a nivel nacional e internacional no sólo como diseñadora sino también como empresaria. ¿La razón? Ha establecido un modelo de negocio con el que vende una marca reconocida y que, al mismo tiempo, le permite exponer su visión y posicionarse a nivel intelectual en la industria gracias a su investigación profunda sobre la indumentaria indígena.

Así lo señala Anna Fusoni, experta en la industria de la moda en Latinoamérica. “Eso es lo que esperas de un diseñador, que no sólo venda prendas bonitas sino que tenga vena emprendedora y proyección sin perder autenticidad con su visión y estética”. Y es que el éxito no tiene que ver con el proceso creativo sino con el operativo, basado en un buen plan de negocios y en una estructura administrativa eficiente.

Por último, la experta recomienda a los diseñadores quitarse la telaraña del glamour de la cabeza, pues el negocio de la moda va más allá de las pasarelas, los followers, y los influencers. “Tienes que madurar tu talento y acompañarlo de espíritu emprendedor, ya sea propio o adquirido con un socio o inversionista, para salir adelante”, advierte.

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