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Consultoría / Emprendedor de clóset

No escondas tus fracasos y deja ver tus cicatrices

Pensar en el fracaso como un suceso que puede detener para siempre nuestros sueños es un error. Fracasar es tan natural como respirar. Las cicatrices que nos dejan las crisis son sólo las señales de lo que hemos aprendido.
No escondas tus fracasos y deja ver tus cicatrices
Crédito: Depositphotos.com
- Magazine Contributor
3 min read

This story appears in the February 2018 issue of Startups. Subscribe »

Cuando entré a mi oficina esa mañana de junio de 2002, me encontré con una sorpresa: un desconocido ocupaba mi silla y mi escritorio e, incluso, tomaba café en mi propia taza.

Una semana antes, había tomado vacaciones después de tres años de no hacerlo. Cuando me fui, era jefe de un área de comunicación de una dependencia del entonces Gobierno del Distrito Federal, con 42 personas a mi cargo. A mi regreso, ya no tenía oficina, ni escritorio, ni equipo, ni empleo. Poco después también mi novia me dejó.

Fue mi primer gran fracaso profesional y mi primera cicatriz emocional profunda.

Tenía 27 años y había trabajado desde los 10 haciendo de todo: jardinero, pintor de brocha gorda, taxista, ruletero, mesero, vendedor en Aurrera, reportero… Era la primera vez en mi vida que me quedaba sin trabajo.

Con el sueño de iniciar una carrera como periodista cultural, durante seis meses dejé currículums en todos los diarios y revistas de la ciudad. Nadie llamó. El dinero se terminaba y hubo días que no sabía lo qué iba a comer.

Recuerdo regresar a mi depa luego de visitar a mis papás, abrir mi mochila y encontrar algunos productos de despensa que mi mamá me ponía a escondidas. Lloraba de frustración: de ser el hijo mayor que siempre ayudó, ahora era yo quien los necesitaba. Ahí aprendí la importancia de la resistencia y del amor propio frente a las adversidades.

Poco después, supe que El Universal buscaba a un secretario de redacción para la sección financiera. Aunque siempre había odiado los temas que tuvieran que ver con dinero, el hambre y la necesidad me gritaron que tomara esa oportunidad. Así que junté mis pedazos rotos y pedí el trabajo.

Hice como sugiere la antigua técnica oriental de kintsugi, que consiste en reparar las vasijas rotas pegando los pedazos con barniz de oro para resaltar las cicatrices, haciendo de estos objetos algo nuevo y más bello.

Cuando las adversidades nos superan, nos sentimos rotos. Lo que se nos olvida es que son justo estas cicatrices que dejan las crisis las que nos hacen mejores.

Como bien dijo alguna vez el gran escritor y poeta alemán Goethe: "El único hombre que no se equivoca es el que nunca hace nada."

Gracias a esa decisión, hace más de 15 años, hoy tengo la oportunidad de conocer a emprendedores que, como yo, aprendieron del fracaso y se hicieron más fuertes, sin importar que se les vean las cicatrices.

Si quieres leer las anteriores historias de Emprendedor de Clóset, da click aquí.   

Este año guarda el ego y escucha