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Consultoría

El sueño de la escalera eléctrica y lo que te enseña sobre cómo construir tu destino

Un aterrador sueño sirve como pretexto para hacer una reflexión en torno a la libertad de acción y el miedo que sentimos al pensar en construir nuestro propio destino.
El sueño de la escalera eléctrica y lo que te enseña sobre cómo construir tu destino
Crédito: Depositphotos
5 min read
Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.

Me despertó el eco de mi propia voz. O más bien mi grito desesperado. El sueño había sido totalmente aterrador: yo estaba parado en una escalera eléctrica con mi portafolios colgado al hombro y mi celular en la otra mano. Mientras avanzaba repasaba mis notas. En unos minutos más tendría una junta importante y recuerdo el habitual pero inevitable nerviosismo de saber que era yo quien presentaría.

Vestía mis zapatos cafés y podía percibir ese aroma a cera nueva que parecía impregnarlo todo en los días en que, obedeciendo a una superstición, acudía yo con el bolero para que les sacara brillo. La estrategia era infalible: si mis zapatos brillaban, las palabras fluían, la presentación convencía, los clientes compraban.

Lo primero que me alarmó fue darme cuenta de que llevaba una corbata puesta. Quizás fue la señal de que algo estaba por suceder. Porque yo no usaba corbata. Nunca. No era parte de mi atuendo, no correspondía a la imagen que deseaba proyectar: yo vendía libertad y si mis clientes creían en mí, era porque veían y escuchaban a un ser sin ataduras, capaz de adaptarse a lo que la vida le pudiera arrojar. Un hombre congruente con su proyecto personal, con sus convicciones, con la imagen de sí mismo: sin corbata, pero con los zapatos relucientes.

El estruendo me tomó por sorpresa. Y aún más el hecho de que la escalera eléctrica se detuviera. Buscando aferrarme a la baranda para no caer, solté mi celular que fue absorbido en cámara lenta por el vacío hasta desaparecer. Asustado, miré a mi alrededor para buscar ayuda.

Estaba completamente solo.

Con mucho cuidado de no abandonar el escalón en el que me encontraba parado, mire por encima de la baranda esperando encontrar a alguien más. Mis ojos se perdieron en un entramado de escaleras eléctricas que subían y bajaban. Todas avanzaban menos la mía. Miré hacia arriba y encontré que había aún más escaleras encima de mí. Esperé un momento para ver si el mecanismo comenzaba a moverse de nuevo, pero eso nunca sucedió.

Una sensación de vacío se apoderó de mí. Si la escalera eléctrica no se movía, no tenía yo manera de salir de ahí. Había sido su movimiento eterno e imperceptible, su inercia, la que me había hecho llegar hasta ahí. Mientras la escalera se moviera yo podía seguir avanzando, pero sin su fuerza, sin su maquinaria, yo estaba perdido.

No recuerdo qué pasó primero. Quizás me quebré al mismo tiempo que grité. Aunque mis lamentos no sirvieron de nada. Porque nadie los escuchó. La escalera no se movió. Y yo permanecí inerte en mi pequeño escalón metálico, justo a la mitad de una escalera eléctrica averiada, sin saber qué hacer. Incapaz de moverme por cuenta propia, de razonar, de dar el primer paso, dependiendo siempre de algo o alguien más.

Entonces grité.

Me despertó el eco de mi propia voz. O más bien el grito desesperado dentro de un absurdo sueño que después de analizarlo resultó demasiado real. Porque durante años he avanzado en escaleras eléctricas para que me lleven a donde me tienen que llevar. Para hacer el recorrido de una vida previamente trazada, de certeza y seguridad laboral. De presentación en presentación. De proyecto en proyecto. De puesto en puesto. De empresa en empresa. Pero siempre parado en ese mismo escalón que alguien algún día me asignó, avanzando tranquilo, con mis zapatos boleados y el portafolios en la mano.

Esperando a que la escalera eléctrica me lleve a mi destino.

Sin darme cuenta de que, si yo quisiera, podría subir escalones hacia arriba y hacia abajo, saltarlos de dos en dos o incluso bajarme de la escalera eléctrica y caminar hacia lo desconocido… con la certeza absoluta de que mis piernas, mi corazón y mis sueños jamás se detendrán.  

Porque soy capaz de elegir mi propio camino.


Nota del autor: Este texto está inspirado en el anuncio que la margarina Becel produjo en 2006 y al que Seth Godin hace referencia en su libro What to Do When It’s Your Turn (And It’s Always Your Turn).

 

 

¡Todos los emprendedores vivimos con miedo! Pero no tiene nada de malo