¡Me quiero volver chango! Un mensaje sobre la envidia y la generosidad

Sentir envidia o ser víctima de ella no es agradable, no ayuda a construir nada y, mas bien, destruye. ¿Cómo la combatimos? La respuesta puede estar donde menos lo piensas.

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Este artículo apareció en la edición de Noviembre 2018 de la revista Entrepreneur Mexico. Suscríbete »

Ese día, al abrir su correo, Marc Mawhinney, un coach y emprendedor estadounidense que colabora en Entrepreneur.com, se topó con una sorpresa: en su bandeja de entrada encontró un e-mail que le habían enviado por error, en el cual se podía leer cuánto ganaba otra persona con un nivel profesional similar al suyo. “Casi se me salen los ojos”, recuerda.

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Un ataque de envidia golpeó a Marc por un instante, pues ese ingreso era mucho más alto que el suyo.

Sentir envidia es algo que nos pasa a todos con más frecuencia de la que aceptamos: envidiamos al emprendedor más exitoso, al profesionista que gana más, al amigo con la novia más guapa, al primo que viaja mucho… “La envidia no toma vacaciones”, decía Francis Bacon.

Pero, ¿por qué sentimos envidia? Kierkegaard decía que “la envidia es admiración secreta”, pero yo pienso que, en el fondo, es una expresión de inseguridad: nos comparamos todo el tiempo con los demás y muchas veces nos sentimos inferiores, y entonces la envidia se enciende dentro de nosotros.

“La envidia es una declaración de inferioridad”, dijo alguna vez Napoleón Bonaparte.

¿Cómo combatir o trascender la envidia para que no se convierta en un sentimiento dañino y destructor?

Marc, nuestro colaborador, tiene sus propias respuestas. Dice que cuando ves el éxito de los demás no tomas en cuenta el sudor, la sangre y las lágrimas que esa persona tuvo que pasar. También dice que las personas exitosas no son envidiosas porque “están tan ocupadas en sus propias metas, que no tienen tiempo de resentirse por los logros de los demás”.

En busca de más respuestas encontré una reciente investigación de la Universidad de Saint Andrews, en Escocia, cuyos primeros descubrimientos revelan que es probable que la generosidad humana tenga su origen en nuestra etapa de simios, pues tal vez este comportamiento fue fundamental para la supervivencia de nuestros primeros ancestros.

Por eso, para combatir la envidia y promover la generosidad propongo hacer conciencia sobre quiénes somos, de dónde venimos, por qué somos valiosos y cómo podemos ayudar a los demás. Y si nada de esto funciona, los invito a pensar mil veces en la imagen captada por los investigadores de Saint Andrews, en la que un bonobo comparte sus nueces con otro que no tiene que comer.

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