Motivación

Cómo evitar que la 'necesidad perturbe tus sueños'

Cuando emprendemos, lo hacemos llenos de ilusión por atrevernos a cumplir nuestro sueño de independencia. Pero el camino nunca es fácil y a veces las dudas nos asaltan. ¿Qué hacer en esos casos?
Cómo evitar que la 'necesidad perturbe tus sueños'
Crédito: Depositphotos.com
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Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.

“Que la necesidad no perturbe tus sueños”.

La frase se aparece ante mí de pronto, sin buscarla, al final de un video en YouTube del fallecido escritor uruguayo Eduardo Galeano.

Es como un susurro, pero resuena en mi cabeza como un verdadero grito de alerta. Un mensaje que llega de quién sabe dónde y me impacta en el día en que más falta me hace.

El día de la duda.

Tiene ya más de un año que tomé la decisión de independizarme. Tras casi dos décadas de trabajar como empleado para diversas editoriales, me encontré un buen día sin trabajo y con el alma quebrada, dándome cuenta de que el joven idealista que alguna vez fui se transformó en un administrador de procesos editoriales.

Claro, eso no tiene nada de malo, salvo que no era lo que alguna vez me propuse ser. En mis idealistas días universitarios yo soñaba con contar historias. Cuentos, poemas, crónicas, novelas y películas reverberaban en mi cabeza y brotaban de mi imaginación. Cada noche llenaba páginas y páginas de cuadernos que luego guardaba, pues en aquel entonces me asustaba un poco mostrar lo que escribía.

Luego de un viaje hasta el fin del mundo para redactar una novela (que también terminó guardada en un cajón) regresé a México con la idea de ganarme la vida escribiendo. Una llamada a la redacción de Cine PREMIERE (publicación hermana de Entrepreneur) y un poco de suerte bastaron para que consiguiera un empleo como redactor en una revista de un tema que me apasionaba. Mis días laborales consistían en escribir y eso me hacía simplemente feliz.

La necesidad, sin embargo, ya rondaba entre las sombras.

Mi sueldo como redactor novato (como sucede con casi cualquier recién graduado, sin importar el ámbito en el que se mueva) era bajo y no bastaba para cubrir mis necesidades. Yo aspiraba a crecer económicamente y la única manera de hacerlo dentro de la empresa era asumir roles que implicaban escribir menos y pasar más tiempo gestionando procesos y asistiendo a juntas.

El día en que me nombraron editor de la revista me llené de duda. La paga era atractiva, pero el proceso laboral que implicaba no me apasionaba, al menos no tanto como escribir el artículo de portada del ejemplar en turno.

Aun así, y persiguiendo un mejor sueldo, acepté el puesto sin saber que esa decisión comenzaría a perturbar mis sueños…

EL ABANDONO DE UN IDEAL

A esa promoción le siguieron otras.

De editor en jefe a director editorial. De director editorial a director editorial digital. De director editorial digital a director de operaciones digitales. De director de operaciones digitales a publisher. Con cada nombramiento mi sueldo era un poco mejor. Con cada nombramiento me alejaba un poco más de mi sueño.

Hasta el día en que simplemente dejé de escribir.

Me encontré entonces con los bolsillos (medio) llenos, pero terriblemente insatisfecho. Mi semana era una eterna rutina que comenzaba con la depresión del domingo por la noche y terminaba los viernes con la triste idea de que pronto sería domingo de nuevo.

El punto más alto de cada jornada era ver algún capítulo de una serie antes de irme a dormir.

Así todos los días.

¿Les suena conocido?

Con la noticia de que me liquidarían vino también la ilusión de poder redefinir mi camino. El idealismo enterrado por más de 16 años de trabajo surgió de pronto como una idea genial. Emprendería. Haría un negocio de lo que mejor sabía hacer: escribir.

Escribiría para mí y para los demás. Publicaría en cuanta revista o sitio de internet pudiera existir en México. Y también en el extranjero. Metería mis cuentos a concursos. Me daría a conocer y por fin (¡por fin!) me atrevería a vivir mi sueño.

Estaba listo para hacerlo. O al menos eso creía.

No tardé en darme cuenta de lo difícil que es la vida del escritor independiente. Además de escribir tenía que ingresar facturas y después, perseguir pagos. Mandar reportes al contador, pedir tickets para poder deducir impuestos, estar al pendiente de los depósitos en la cuenta del banco. Los días terminaban antes de que me diera cuenta de que habían empezado. Lo mismo sucedía con las semanas, los meses. Con los años.

Los gastos no solo seguían, sino que se multiplicaban. Y encima me encontré con la realidad del freelance en México: colaboraciones mal pagadas a 60 o 90 días en el mejor de los casos…

Y así, mi idealismo comenzó a erosionarse de nuevo.

Entendí que difícilmente podría subsistir solo escribiendo. Comencé a desarrollar otros productos: cursos, consultorías, desarrollo de sitios web, estrategias de comunicación en redes sociales. Todo tipo de servicios editoriales. Encontré un mercado amplio y versátil en un mundo en el que las empresas se han visto obligadas a convertirse en generadoras de contenido.

Pero conforme han ido cayendo los proyectos más redituables, la sombra de la duda se ha vuelto a hacer presente porque el tiempo para escribir se ve reducido irremediablemente.

Quizás por eso la frase al final de aquel video de Eduardo Galeano resonó así en mi cabeza: “Que la necesidad no perturbe tus sueños”.

Ahora que la leo nuevamente entiendo que sin importar lo que hagamos, la necesidad existirá. Creo que el secreto radica en no dejar que esta nos aleje y nos quiebre. En preservar la idea que tenemos de nosotros mismos para que, pese a la rutina, jamás nos abandonemos. Pero entendiendo que a los sueños no basta con soñarlos. Hay que creer en ellos, vislumbrarlos, platicarlos y planificarlos. Y aunque parezca que no quede tiempo para ellos: trabajarlos. Destinar un momento sagrado cada día para perseguir ese ideal.

Porque es justo cuando la necesidad los perturba cuando más los necesitamos.

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