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Hablar en publico

¿Pa...pa... pánico escénico? 5 trucos para dominarlo

No te preocupes; le pasa a los mejores.
¿Pa...pa... pánico escénico? 5 trucos para dominarlo
Crédito: Depositphotos.com
8 min read
Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.

Te tiemblan las piernas, se te quiebra la voz. El público espera mientras las luces te ciegan. Un pequeño murmullo se levanta entre los asistentes. Estás inquieto. Súbitamente estás muy consciente del tamaño de tu lengua. Es inmensa. Tu saliva parece de atole; se atora en tu garganta. Tienes que hablar. Ahora. Ahora.

¿Alguna vez has sentido algo parecido? El pánico escénico es una de las fobias más generalizadas en nuestros tiempos, y en diversas encuestas se coloca en los primeros lugares, por encima de otros miedos generalizados, como las arañas, los fantasmas o el abandono.  Millones de personas en el mundo afirman sentir pánico escénico.

Por otra parte, hablar en público es una de las habilidades fundamentales de un líder moderno, y es una de las cualidades transportables mejor valuadas. Esto significa que hablar en público puede aumentar tu probabilidad de éxito en cualquier área de negocios, elevar tu coeficiente social y potenciar el valor de tus productos o servicios. Cientos de hombres de negocios legendarios, como Warren Buffet, mencionan el aprender a hablar en público como uno de los puntos cruciales en su propia carrera.

Por supuesto existen distintos niveles, y hay casos en que el terror a hablar en público obedece a causas psicológicas más profundas. Pero en la mayoría de los casos, existen cosas que podemos aprender y que pueden hacer el viaje más sencillo. Aquí algunas de ellas.

1. Sí: es perfectamente normal

El temor a hablar en público es absolutamente universal. Instintivamente, como fuerza de supervivencia, nuestro cerebro quiere evitar pasar vergüenza o hacer el ridículo. Para nuestros ancestros en las cavernas, ser arrojado de la tribu podía significar la muerte, así que nuestras neuronas incentivan el control de riesgos y por eso se activan cuando estamos ante una potencial situación de burla o desacuerdo. Es totalmente natural.

Todos los oradores que he conocido afirman tener distintos niveles de miedo en el escenario. Y muchos me han preguntado ¿cómo puedo eliminarlo? Mi respuesta es ¿y para qué quieres eliminarlo?

No se trata de dejarse dominar por el miedo, sino de usarlo a nuestro favor. La adrenalina de un proceso controlado de estrés (igual que el que sienten, por ejemplo, los deportistas antes del partido o los paracaidistas antes de lanzarse) nos ayuda a medir riesgos, dar fuerza a nuestros actos y a concentrarnos en lo que tenemos a mano. Un orador que pierde el miedo por completo pronto perderá, también, la empatía, la potencia y el empuje.

El tema no es perderlo, sino usarlo. Para eso, algunas recomendaciones.

2. Relaja y sintoniza tu cuerpo

El miedo o el estrés pueden tener manifestaciones físicas, como la voz temblorosa, los pies inseguros o muletillas visuales (como caminar hacia adelante y hacia atrás repetidamente, o tener movimientos incontrolados de las manos). En mi experiencia, una forma de reducir el estrés es reducir sus manifestaciones. Por una parte, el público no percibe el miedo (lo que aumenta tu credibilidad) y, por otra, tu cerebro responde a tu cuerpo: al no mostrarte nervioso, tu cerebro comienza a relajarse también.

Para la voz, utiliza un ejercicio de cuerdas vocales. Pon tu mano frente a tu boca  y sopla pronunciando la letra “u”, como si fueras un fantasma. Haz esto durante dos minutos antes de empezar y tendrás una voz más segura. No consumas alimentos o bebidas (más que agua pura) media hora antes de tu presentación; así no sobre estimularás tus glándulas salivales y podrás hablar mejor.

Para el cuerpo, realiza movimientos dinámicos controlados (danza o brincos, por ejemplo) en donde controles conscientemente cada parte de tu cuerpo: los brazos, las piernas. Al mismo tiempo, vocaliza en voz baja cada acción “brinco, brinco, adelante, atrás, brazo, mano, pie”. Tal vez te parezca un tanto ridículo, pero funciona. Esto te ayuda a alinear tu voz con tu cuerpo y a darte cuenta de los movimientos involuntarios.

Respira. Toma bocanadas grandes y sostenlas adentro por intervalos de diez segundos. Esto te ayudará a tomar control y pausar el ritmo cardiaco, reduciendo tensión, respiración y sudoración. Procura llegar descansado y sin hambre (y  pasa al baño antes de la presentación). Tú tienes el control. Puedes hacerlo.

3. Prepárate bien

Mi profesor de teatro, Alejandro, nos lo decía cada día: “a papel sabido no hay mal actor”. En el tema de la oratoria, tomar atajos puede resultar contraproducente.

Parte del estrés que genera el pánico escénico proviene del miedo a equivocarse o a olvidar lo que se tiene que decir. Quizás justamente esto te pasó frente a tu salón en secundaria o prepa, y puede resultar paralizante.

Así que toma la delantera y prepárate. Ensaya diez o veinte o treinta veces tu discurso; deja que las palabras se conviertan en un hábito, casi una segunda naturaleza, que puedas decir incluso “sin pensar”. Como tus canciones favoritas, trata de decir tu discurso mientras haces otra cosa, como manejar, correr o barrer. Algunos de los mejores oradores de la historia eran fanáticos de ensayar sus discursos y reescribirlos hasta que quedaban impecables.

Incluso si tienes experiencia, solo te podrás beneficiar de preparar, estudiar y ensayar tu discurso tantas veces como sea posible. Es seguro: al reducir el riesgo se reduce el estrés. Ya estás del otro lado.

4. No temas al silencio

Einstein se pone feliz cuando estás en el escenario, porque en el escenario el tiempo es relativo. Allí arriba los segundos parecen horas y las horas, minutos. Es una experiencia muy interestelar.

Uno de los errores más visibles de un conferencista u orador nervioso es su horror por el silencio. Hablan rápido y llenando cada milisegundo de palabras. No quieren guardar silencio ni un momento, porque temen perder la atención de su público.

Como tienen que llenar cada momento, hablan más y más rápido, echan mano de muletillas innecesarias (“ehmm”, “pero”, “este”…); la saliva se les espesa; empiezan a atropellarse; se les lengua la traba y olvidan lo que tenían que decir.

Así que haz pausa.

Por una parte, los silencios son parte fundamental y necesaria del discurso, y forman parte de los patrones normales del habla en cualquier circunstancia. Una pausa sirve para pensar; presionar un punto importante; permitir un momento de reflexión y respirar. Es normal y natural.

Por otra parte, si la cabeza se te comienza a hacer bolas, recuerda que nadie te está correteando. Haz pausa, respira por dos segundos y reordena tus ideas. Al principio te parecerá muchísimo, pero te aseguro que es válido y tu público no lo va a notar. Retoma el poder sobre tu tiempo, y tendrás poder sobre ti mismo.

5. Empieza pequeño

Como te he dicho, los grandes oradores no son personas que han perdido el miedo, sino aquellas que lo controlan y usan a su favor. Para esto, solo hay tres recetas: experiencia, experiencia y experiencia.

Olvídate del mito del “orador natural”. Aunque hay quienes desde pequeños tienen más gusto por hablar en público, nadie nace sabiendo. Los que hablan muy bien es porque lo han hecho una y otra vez; cientos o miles de veces, en escenarios de todos tamaños; y que han cometido errores y aprendido de ellos.

Si un día “no te va tan bien”, no te preocupes. Empieza pequeño. Toma el micrófono y sube al escenario tantas veces como puedas, para que la experiencia te vaya dando tablas y potencia. Poco a poco, con toda seguridad, otros te verán, y tal vez digan “ese sí que no tiene miedo”.

Pero no te preocupes; tú y yo guardaremos el secreto.

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