Richard Branson, la frustración y el poder creativo

La frustración es un sentimiento de desilusión que surge cuando somos incapaces de satisfacer una necesidad o deseo. ¿Qué hacer con ella? El relato de cómo creó Richard Branson una de sus compañías, nos da una idea…
Richard Branson, la frustración y el poder creativo
Crédito: Simon Dawson | Getty Images
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Había una vez un pesimista. Un sujeto gris y apagado, cuyos despertares estaban llenos de frustración. Aunque el sol brillara, los cielos que él miraba lucían siempre salpicados de oscuridad. Al llegar al trabajo encontraba en cada correo electrónico que recibía, una amenaza. Entre líneas leía advertencias de que ese sería su último día en la oficina.

A veces lo deseaba. A veces lo temía.

La relación con su jefe era mala. Sus palabras lo irritaban y juzgaba cada decisión, esperando siempre en silencio, a que él se equivocara. Cuando esto sucedía, lo festejaba. Conspiraba con sus compañeros. Criticaba y desesperaba en voz alta.

Al pesimista le había pasado lo que a muchos: luego de un apasionante inicio de carrera profesional, había caído presa de una rutina de 365 días que se repetía hasta la eternidad. Todos sus años eran iguales. Sus escenarios eran siempre los mismos. También lo eran sus actores, sus enemigos, sus eventos y sus ciclos. Su rol jamás cambiaba y esto era justo lo que lo frustraba.

Pese a ello solía hablar de ideas de cambio.

Soñaba despierto con dar el primer paso. Este sería el más difícil, pero una vez que se animara, su vida quedaría transformada. De eso estaba seguro. Se independizaría y podría olvidarse de su jefe directo, de su aburrida rutina y también del dueño de esa compañía improvisada que lo explotaba y que le quitaba a sus valiosas horas de libertad a cambio de un miserable sueldo.

Pero al terminar la jornada nunca había hecho absolutamente nada para labrar el camino por el que pretendía andar. Alimentado por su desidia, el enfado se incrementaba. El pesimista era un esclavo de su propia frustración. Esta envolvía sus pies para entorpecer su andar. Nublaba su mirada y lo paralizaba.

Detestaba ese sentimiento surgido de la incapacidad para satisfacer sus deseos. Quizás porque no lo entendía, porque no se daba el tiempo para escuchar lo que la frustración le murmuraba. Era como un mensaje en código morse comunicándole lo que más le dolía reconocer: estaba estancado, aburrido y condenado a vivir el mismo día una y otra vez.

El pesimista era incapaz de ver que en el centro de la frustración que explotaba en su vientre, había algo mucho más valioso: el poder de la creación.

Quizás por eso cuando le contaron la historia del señor Branson, esta le llamó tanto la atención. No tenía manera de saber si era cierta, pero como toda antigua leyenda, le abrió los ojos y le dio una pequeña lección.

Ese lejano día de la década de los 80, Richard Branson, dueño y fundador de Virgin Records, pretendía viajar de San Juan de Puerto Rico a las Islas Vírgenes Británicas para asistir a una junta de trabajo. Al llegar al aeropuerto se encontró con que el vuelo había sido cancelado debido al bajo número de pasajeros. El emprendedor tendría que esperar hasta el día siguiente para llegar a su destino. La frustración incendió su cuerpo. Molesto y enfadado, pensó qué hacer. Llegar tarde a la junta no era una opción y en lugar de devorar una emoción negativa, tomó una decisión: rentaría un vuelo charter y vendería los lugares a los compañeros de su desgracia.

Le cobró $39 dólares por el viaje sencillo a cada uno de los pasajeros. Al aterrizar en el aeropuerto de la isla la frustración había sufrido una dramática transformación: ahora era una sólida y clara idea de negocio. Branson fundó Virgin Atlantic en 1984 con la idea de ofrecerle a los viajeros un servicio impecable. Para finales de la década la compañía había transportado ya a más de un millón de personas. Sería además la idea seminal de otros negocios como Virgin Galactic y Virgin Voyages.

Branson pudo haber hecho lo mismo que el pesimista ante la frustración: enfadarse, gritar y permanecer estático hasta que el problema fuera resuelto por alguien más. En lugar de eso, reconoció la fuerza creativa encapsulada en el corazón de su emoción y trabajó con ella.

Al escuchar la historia el pesimista sonrió. Porque se dio cuenta de que había permanecido estático. Congelado. No había reconocido a la frustración como una fuerza creativa que podía impulsarlo y acercarlo a la visión que alguna vez tuvo de su destino. Antes de la rutina, antes del hartazgo. Antes de instalarse en una realidad que aceptó, aunque tenía la libertad absoluta de no hacerlo.

En ese momento comprendió que, bien entendida, la frustración no era una condena, sino que el principio de un camino de creación y liberación. Solo bastaba con escuchar lo que esta le decía. Con abrazarla para atreverse a vivir la metamorfosis que lo transformaría en idea, en sueño, en sí mismo.

En leyenda.

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