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Inteligencia emocional

¡Te odio! 5 cosas que No debes hacer (y 5 que sí) con las personas difíciles

Ya sea jefe, colaborador o compañero de trabajo, parece que hay quienes disfrutan de ponernos de muy mal humor.
¡Te odio! 5 cosas que No debes hacer (y 5 que sí) con las personas difíciles
Crédito: Depositphotos.com
8 min read
Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.

¿A quién no le ha tocado lidiar con alguien que le hace la vida imposible? Ya sea jefe, colaborador o compañero de trabajo, parece que hay personas que disfrutan de ponernos mal. En las líneas que siguen vas a encontrar ideas para hacerles frente y no dejar que te avasallen.

Es fácil definir una persona difícil por lo que hace: miente, promete cosas que no cumple, habla a nuestras espaldas, no es solidario, intenta todo el tiempo sacarnos ventaja y así. Verás que la lista es larga y seguramente tú podrías agregar varias más. 

Respecto de los motivos que lo llevan a hacer eso, se han escrito varias bibliotecas, pero eso no nos interesa hoy: ni clasificarlos ni explicarlos. Nuestro objetivo tiene que ser lograr que no nos afecten.

Que NO hacer

1. Justificarlas

Muchas veces pensamos que la gente hace cosas malas porque le ocurren otras similares en su 
vida personal. La lógica sería: “Lo entiendo. Tiene un esposo que la maltrata cotidianamente entonces es normal que se la agarre con nosotros” o “Hace un tiempo se divorció. Si está enojado todo el tiempo es por eso”. Si pensamos de esta manera, tenderemos a eternizar la situación negativa sin poder resolverla eficientemente.

2. Resignarse

En el orden de la anterior, hay gente que supone que la mejor forma de ganar una batalla es someterse a los intereses del otro. Nada más lejos para nuestra salud mental. Como sujetos, necesitamos expresar nuestros deseos y motivaciones. Por ende, si reprimimos nuestros sentimientos lo único que lograremos es malestar, angustia o pérdida de interés en el empleo. Conozco varias personas que renunciaron a buenos trabajos por no ser capaces de gestionar este tipo de relaciones malsanas.

3. Dramatizar o restarle importancia

Se trata de justipreciar adecuadamente el asunto. No irse a los extremos. Como occidentales, tendemos a pensar de forma binaria, en términos de bueno o malo; grave o simple. La realidad nos muestra que eso es una ingenuidad y que su complejidad obliga a otros modos de abordaje. Concretamente, no debemos transformar la situación en una tragedia griega, sin solución alguna ni tampoco creer que las personas conflictivas abandonan sus pueriles prácticas mágicamente. Lograr un juicio realista de la circunstancia dará más filo a nuestra hacha de soluciones.

4. Confrontarlo agresivamente

Sabemos que las relaciones pueden asumir formas simétricas o complementarias, dependiendo de lo que hagan las partes involucradas. La primera de ellas implica devolver exactamente lo que nos hacen, al estilo de la ley del Talión, respondiendo con ojo por ojo. La segunda, pretende realizar algo diferente. Por ejemplo, ante la agresión contrastar con humor o preguntas. Si optas por la primera, te asegurarás un espiral violento cuyas consecuencias son impredecibles. Y por otra parte, tratándose de personalidades impositivas, lo más probable es que esté mucho más entrenado en peleas y por ende sea más tolerante que tú a estas circunstancias desagradables.

5. Atacar a personas cercanas a él, para herirlo indirectamente

Uno de los casos más rutilantes de esto se da cuando un funcionario de un área es constantemente denostado por el líder de otra, enemistado con el jefe del primero. En ámbitos domésticos, podemos hacer una analogía con ese padre despechado que, con la idea de molestar a su exesposa, se las toma con los niños de ambos prohibiéndoles un paseo o no cumpliendo con sus obligaciones dinerarias.

Que hacer

1. Escucharlo, tratando de entender su punto de vista

A veces es nuestro prejuicio o el propio mapa mental el que nos impide situar claramente de qué se trata. Nos engañamos, tomando el camino más fácil suponiendo que “No hay un problema real sino personas que son ellas el problema”. Si es esta nuestra posición subjetiva lo más probable es que no podamos comunicarnos de verdad con el otro, perdiendo así su opinión. Recuerdo el caso de un conflicto de intereses entre un administrativo y un comercial de una reconocida compañía multinacional, en el que uno le reprochaba al otro no cumplir los plazos de sus requerimientos, afectándolo directamente. El problema había escalado hasta un avezado gerente que en una reunión con ambos terminó con el asunto a partir de ubicarse como mediador. La solución fue cambiar la metodología para la rendición de gastos a través de una mejora en el sistema informático de la empresa. Pero esto recién pudo darse cuando las partes implicadas dejaron de ver al otro como un enemigo sino como un compañero de trabajo al que también le pasaban cosas.

2. Intentar despersonalizar y separar el asunto de la persona

No hay que comprometerse afectivamente en estos casos, dado que si eso ocurre no podremos analizar la situación de manera objetiva y en simultáneo nos adjudicaremos roles positivos “Nosotros tenemos la razón en esto. Somos los buenos” y le atribuiremos los malos al otro. Así como también quedaremos literalmente pegados a la dificultad desde un lugar de vulnerabilidad o su opuesto, persiguiendo al otro. Se trata aquí de pensar detenidamente si la conducta poco cooperativa obedece a una actitud personal hacia mí o bien es algo repetitivo, susceptible de ser observado como manera habitual de actuar. Verás que lo más probable es el segundo caso y si es así, entenderás cabalmente que no es contigo la cosa sino posiblemente con muchas personas también.

3. Busca puntos en común

Por más dañino que parezca, y a menos que se trate definitivamente de un psicópata, de seguro que algo compartes con esta persona sea religión, club de fútbol, colegio o partido político. Encontrar estos espacios significativos comunes hace que puedas verlo desde otro ángulo, posiblemente más cercano a ti y menos como un enemigo.

4. Utilizar un tercero

Lo digo por partida doble. En primer término, comentarle a otra persona lo que acontece permitirá determinar con mayor precisión y objetividad que la nuestra la magnitud del asunto. Y luego, si efectivamente la cosa va mal, siempre es útil recurrir a un mediador, con la capacidad de poder situar un punto medio entre las partes implicadas, orientado a lograr la solución definitiva del problema. También, un tercero podría ser un buen intermediario para conocer el punto de vista del otro y a la inversa, lograr que el otro conozca el nuestro de manera racional.

5. Analizar si no eres tú el problema

Finalmente, la parte más difícil: realizar una profunda introspección para ver si no somos nosotros los que con nuestras actitudes disparan manifestaciones desagradables en los demás. La pregunta sería: “¿No estaré haciendo algo que molesta al otro, ya sea con mis palabras, actitudes o aún, silencios?”. Es necesario tener valor para tomar este camino, pero bien vale la pena.

No estoy diciendo que hay que culpar a la víctima ni mucho menos disminuir la virulencia de las acciones sufridas bajo la excusa del “Tú lo provocaste”. Mi intención es que pienses en tu cuota parte de responsabilidad en el tema, porque tampoco tienes alas en la espalda como los angelitos…

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