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Vida emprendedora

Bill Buckner y el enorme reto de superar el peor error de tu vida

El pasado 27 de mayo falleció un pelotero llamado Bill Buckner, recordado por haber cometido el más grande error en la historia del baseball. ¿Podemos aprender algo de él? Mucho más de lo que crees.
Bill Buckner y el enorme reto de superar el peor error de tu vida
Crédito: MLB vía YouTube
7 min read
Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.

El día en que Bill Buckner murió el mundo entero recordó su error. Habían pasado más de 32 años desde aquella fatídica décima entrada y los aficionados al baseball —sobre todo los de los Red Sox de Boston— volvían a hablar de él. No del jugador, ni de su trayectoria. Únicamente de su error.

Se jugaba el sexto partido de la Serie Mundial de 1986 entre los Metropolitanos y los Medias Rojas de Boston. Los Red Sox ganaban la serie tres juegos a dos. Un triunfo en aquel encuentro los llevaría a ser campeones, cosa que no sucedía desde 1918, año en que vendieron al mítico Babe Ruth a los Yankees de Nueva York, dando inicio a la famosa “Maldición del Bambino” y a una larguísima sequía de títulos. Al terminar la novena entrada el juego estaba empatado a tres. En la décima alta Boston anotó dos carreras más para tomar la ventaja y poner el marcador 5 a 3.

Los Mets tenían una última oportunidad para tratar de empatar.

El relevista de Boston, Calvin Schiraldi, retiró a los dos primeros jugadores que enfrentó. A un strike de la derrota los Metropolitanos lograron colocar a dos jugadores en base. Con un hit anotaron una carrera más y un wild pitch del cerrador Bob Stanley les bastó para empatar el partido.

El turno al bat era para el jardinero izquierdo, Mookie Wilson, quien conectó una rola suave hacia la primera base con la que debería de caer el tercer out.

Y entonces sucedió.

El primera base de los Medias Rojas de Boston, Bill Buckner, esperó la pelota detrás de la almohadilla pretendiendo repetir un movimiento que había hecho miles de veces antes. Un error de cálculo hizo que la pelota pasara al lado del guante, debajo de sus piernas y avanzara despacio hacia el jardín derecho, permitiendo que los Metropolitanos anotaran otra carrera y ganaran el juego de manera dramática.

La Serie Mundial se fue a un séptimo encuentro que los Mets ganaron en su casa.

La caída de los Red Sox de Boston fue estrepitosa. La de Bill Buckner absolutamente trágica.

El jugador que durante años construyó una carrera ejemplar con la que había ganado el cariño de los aficionados y el respeto de sus rivales, se transformó en un abrir y cerrar de ojos en el enemigo público de toda una ciudad.

La noche del 25 de octubre de 1986 Bill Buckner cometió un error y recibió una condena que marcaría el resto de su vida.

EL DOLOR DEL ERROR

Ninguno de nosotros quisiera equivocarse.

Iniciamos cada día con algún ritual personal para después vestir nuestra armadura y salir a una batalla diaria pretendiendo ser los mejores. No solo en el trabajo, sino que, para nuestros seres queridos, nuestras familias y para nosotros mismos. Pero existir implica tener que tomar decisiones y tomar decisiones implica que irremediablemente cometeremos errores.

Como el de Billy Buckner.

Quizás no sean tan dramáticos ni transmitidos al mundo entero a través de una pantalla de televisión, pero nuestros cálculos también fallarán, nuestro corazón se detendrá y nuestra vista se nublará para revelar una fracción de segundo más tarde, un mundo distinto en el que el principal protagonista es nuestro error. Tal vez este no le cueste a una ciudad entera un título mundial, pero tendrá repercusiones. Alterará el destino, lastimará a algunos y a nadie dolerá más que a nosotros mismos. Después se alojará en nuestra cabeza, inquieta y mal viajada, amenazando con perseguirnos y torturarnos hasta el final de nuestros días. Si lo dejamos, el error se aparecerá una y otra vez como la eterna proyección de una pesadilla y nos obligará a preguntarnos una y otra vez por qué no actuamos diferente.

  • ¿Por qué no colocamos el guante correctamente?
  • ¿Por qué no planeamos? ¿Por qué no verificamos?
  • ¿Por qué no revisamos el documento una última vez antes de enviarlo?
  • ¿Por qué no nos fijamos?

Porque somos como Billy Buckner: simplemente humanos. Errantes y fallidos. Soñamos con el Salón de la Fama sin comprender que antes de llegar a él caeremos una y mil veces en el camino.

EL ERROR NO TE HACE DESPRECIABLE 

Durante años Billy Buckner fue insultado al caminar por las calles de Boston. Recibió vejaciones y amenazas de muerte. Él era el indeseable, el culpable, el único responsable.

Aunque nunca se lo creyó.

Bill sabía que haber fallado no lo convertía en un ser despreciable. La caída solo revelaba su humanidad. Durante años soportó gritos e injurias, pero sin dejar de hacer lo que mejor sabía: jugar al baseball. En 1987 los Medias Rojas de Boston lo vendieron a los Angelinos de Anaheim y posteriormente jugó para los Reales de Kansas City. En 1990 regresó a Boston para terminar su carrera a los 40 años.

En algún momento Billy Buckner se debe de haber perdonado a sí mismo. En algún momento tiene que haber dejado ir ese doloroso recuerdo para entender que un error no podía definirlo.

En total Buckner jugó 22 temporadas, fue candidato al jugador más valioso del año en cinco ocasiones, ganó el título de bateo en 1980, fue seleccionado para el Juego de las Estrellas en 1981 y se retiró con 2,715 imparables y un promedio de bateo de .289.

En 2007 fue invitado por el equipo para lanzar la primera bola en el tercer juego de la Serie Mundial en la que Boston, finalmente, se liberaría de la “Maldición del Bambino”.

Ese día el antiguo enemigo de la ciudad recibió una ovación de pie.

La suya fue una carrera ejemplar y la mayor lección que nos dejó, paradójicamente está en el error que lo marcó. Porque, como cualquiera de nosotros, él fue mucho más que la última y trágica jugada de un partido. Mucho más que un error. Mucho más que una caída. Mucho más que su último fracaso.

Billy Buckner fue el que supo seguir jugando con el orgullo quebrado para demostrar que lo que alguna vez dijo un hombre sabio es y será por siempre cierto. Porque, pese a los errores, las caídas y los fracasos, esto no se acaba hasta que se acaba.

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