El arte (y encanto) de aprender a decir que no

El decir que no, connota egoísmo e individualismo. Al menos eso nos han hecho creer, otorgándole a la negación una alta dosis de culpabilidad. Pero pese a todo, es crucial saber decirlo. Aquí te decimos por qué.
El arte (y encanto) de aprender a decir que no
Crédito: Jon Tyson vía Unsplash
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Siempre le sucedía lo mismo: cuando decía que no, una extraña sensación de culpa se apoderaba de él. Se agobiaba en tiempo real y conforme se alejaba, comenzaba a sentirse atrapado en el complejo remolino de su propio arrepentimiento. Casi podía adivinar la mirada de su interlocutor mientras le daba la espalda: apagada, herida, confundida y paralizada por la negativa que él acababa de arrojarle.

A veces le pasaba en casa, con sus familiares y con sus amigos. Se sentía culpable cuando sus seres queridos le pedían favores que por alguna razón sabía que no podría cumplir. Pero sobre todo le pasaba en el trabajo. Las peticiones improvisadas se multiplicaban y como sus superiores y colegas sabían que él siempre diría que sí, no dudaban en buscarlo. Reportes, presentaciones, juntas de última hora y bomberazos que se multiplicaban conforme la jornada avanzaba.

Todo provocado por su inhabilidad para decir que no.

Las pocas veces que lograba hacerlo, terminaba por sentirse tan mal que volvía arrepentido con su interlocutor para decirle que lo había pensado bien y que sí podría: sí asistiría, sí ayudaría, sí improvisaría.

Pasaría por ellos en su auto para simplificarles la existencia. Modificaría el rumbo de su día, de su semana, de su mes, de su vida. Se desviaría, se desvelaría, trabajaría las horas adicionales necesarias con tal de poder decir que sí.

Porque con una afirmación cumplía expectativas y eso lo hacía sentir momentáneamente en paz.

El no, en cambio, lo marginaba, lo convertía en un ser cruel y egoísta.

La negativa lo volvía culpable.

Por eso la mayoría de las veces decía que sí. Y cuando decía que no, al final se arrepentía.

LA OFERTA Y LA AFIRMACIÓN

El día en que el director general de la empresa lo llamó a su oficina, intuyó lo que sucedería. Corrían tiempos violentos en la compañía y cada tercer martes había una reestructura. Formaba parte de un proyecto al que amaba: le apasionaba su trabajo y aunque la paga no le bastaba, se sabía feliz.

Sus compañeros reconocían su talento y también lo hacían los directivos.

Cerró la puerta y durante cinco minutos escuchó lo que su director tenía que decirle. Debía de sentirse orgulloso: lo estaban considerando para un acenso. En estos tiempos eso no se lo podían ofrecer a cualquiera. En las siguientes semanas habría recortes, pero él podía estar tranquilo.

Sería promovido y recibiría un aumento de sueldo. Sus decisiones podrían tener un impacto aún más profundo en la organización. Además, con el nuevo puesto vendrían otros privilegios. Pero había un precio que pagar: el ascenso lo obligaba a dejar de lado algunas de las cosas que más le gustaba hacer. Ahora sería el encargado de supervisar el trabajo de los demás: sería nombrado director de un área entera.

Solo tenía que decir que sí en ese momento.

El susurro de la intuición fue como una advertencia. Desde lo más profundo de su ser algo le pedía un no. Era como si desde siempre su esencia entendiera que ese puesto no le pertenecía, que el precio a pagar era demasiado alto, que canjearía un trabajo que le encantaba por una posición de mayor renombre y un mejor sueldo. Que el sí, con todo y la mejora económica, lo alejaba de lo que pretendía hacer de su vida.

Guardó silencio un instante debatiéndose entre su verdad y la expectativa que alguien más tenía de él. La idea de quedarle mal a la empresa que le había dado todo y que ahora le ofrecía aún más, silenció a la advertencia que venía de su interior. 

Como si aceptara una condena, dio un sí como respuesta.

EL ARTE DE APRENDER A VIVIR CON EL NO

Años después de aquel sí, despertó un día preguntándose qué habría sucedido si hubiera dicho que no. No era arrepentimiento: había tomado una decisión y entendía que tenía que vivir con ella. Pero la duda existía: ¿qué sería de él si en lugar de ahogarla, hubiera dejado que su voz interior hablara?

Tal vez nada hubiera sido diferente. Tal vez estaría exactamente en el mismo sitio en el que ahora se encontraba.

O tal vez el decir que no, lo habría llevado más cerca de sí mismo, de su verdad, de todo aquello que alguna vez, durante una lejana noche de idealismo adolescente, se había jurado hacer.

Porque ahora se daba cuenta de que el sí, cuando no era pronunciado desde el centro real de uno mismo, desviaba, cambiaba rumbos y, poco a poco, oxidaba.

El sí, que lo hacía quedar bien ante los demás, lo alejaba de su verdad.

Confundido ante la crudeza de su hallazgo, trató de aprender a decir que no. Porque nunca era demasiado tarde.

Después de leer, después de estudiar, después de recapacitar y entender que tampoco podía existir negándose a todo y a todos, trató de aprender a vivir con el complejo arte de decir que no.

Lo primero que definió fue que, para poder negar, tenía que saber exactamente cuál era su misión. ¿Qué pretendía?

Necesitaba un faro claro y brillante en la oscuridad de su horizonte. Sin una meta que alcanzar, ¿cómo esperaba llegar algún día al sitio en donde su destino lo esperaba?

Conociendo el lugar al que pretendía llegar podría volver al camino que lo conduciría hasta el centro de sí mismo, aunque un millar de afirmaciones lo desviaran en el trayecto.

Después entendió que el simple no, jamás bastaría. Si no quería cerrarse puertas, si no quería ser percibido como alguien egoísta e individualista, la negativa debería de ir acompañada siempre de algo más: una recomendación para que quien le había hecho la petición pudiera empezar a resolver su problema. No estaba obligado a dar explicaciones de más, pero eso no impedía que pudiera mostrarse empático con aquellos que lo buscaban ofreciéndole algo o pidiéndole ayuda.

También aprendió que nada lo obligaba a decir que sí en tiempo real. Toda respuesta podía esperar. El ansia heredada o quizás aprendida de responder de inmediato, como si se tratara de un examen oral en la secundaria, lo había acompañado durante lustros como una condena, amplificada por la velocidad de respuesta con la que vivimos hoy en día (sí: redes sociales, correos electrónicos, mensajes de WhatsApp que nuestro interlocutor sabe que hemos recibido y leído).

Hoy entendía que el sí podía esperar tanto como el no.

Tenía el poder de congelarlos el tiempo que fuera necesario. El derecho de analizar y pensar antes de dar respuesta estaba de su lado.

Concluyó que, a pesar de todo lo que le habían contado, bien dicho el no era una palabra positiva. Una afirmación de lo que él era, de lo que creía y de aquello con lo que soñaba ser.

Bien utilizado y entendido, el no era una armadura que protegía sus más profundos anhelos y al mismo tiempo, la piedra angular para construir su destino, para encontrar su verdad en el camino.

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