Cuando su esposa se suicidó este emprendedor encontró su razón de ser en el frío extremo

Hoy se le conoce a Wim Hof como The Ice Man, el hombre de hielo, y su método le ha ayudado a miles de personas a sentirse fuertes ante la adversidad.
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El frío empezó a recorrer las extremidades del cuerpo de Wim Hof antes de que ella se quitara la vida. La profunda depresión que su pareja, Olaya, sufría y las voces que escuchaba hacían que, aterrado, el hombre se paralizara con cada paso que daba. Wim tenía cuatro hijos pequeños y su existencia no era nada sencilla. Los niños, Olaya y él pasaban largas temporadas en España en donde trataba de encontrar un trabajo fijo que le pudiera brindar la estabilidad económica que tanto necesitaba. Pero eso no sucedía y el padre de familia se veía obligado a conseguir trabajos eventuales como cartero o guía de turistas para tratar de sacar adelante a su familia.

A la dificultad económica se le sumaba la enfermedad mental de Olaya quien, poco a poco, parecía perder la batalla para extraviarse dentro de sí misma. En julio de 1995 la mujer saltó de un octavo piso en la ciudad de Pamplona para quitarse la vida y tatuar con la tinta indeleble de la tristeza a una familia entera.

El suicidio de Olaya era como una condena.

Confundido y devastado por la pérdida, Wim Hof emprendió la búsqueda para encontrarle sentido a su propia existencia.

El joven y el secreto oculto en el hielo

La primera vez que Wim Hof sintió el llamado del frío fue mucho antes del suicidio. En ese entonces solo tenía 17 años y no entendía lo que las bajas temperaturas podían hacer por su cuerpo, su mente o su espíritu. Su reacción instintiva al pasear frente a uno de los gélidos canales del Beatrixpark de Ámsterdam en pleno invierno, fue quitarse la ropa para meterse a nadar en él.

El baño helado lo hizo sentir extrañamente vivo.

El joven Hof era amante del yoga y de la meditación y quedó fascinado por la respuesta de su cuerpo y de su alma al frío extremo. Obsesionado con la idea de poder replicar lo que había sentido, comenzó a experimentar con la temperatura a la que podía exponer a su cuerpo. Como si se tratara de un científico loco, Hof empezó a caminar descalzo en pleno invierno, a hacer gimnasia en la nieve sin ropa, a sumergirse en tinas repletas de hielo para registrar y estudiar con atención cada reacción. Además, comenzó a desarrollar una técnica de respiración que lo hacía sentir fuerte, alerta, vivo. A ojos de los demás Wim era un excéntrico, un hombre desquiciado que solo buscaba llamar la atención. Nadie entendía lo que hacía, nadie comprendía lo que buscaba. Ni siquiera Olaya, quien no estaba de acuerdo en que sometiera a los pequeños a sus experimentos.

Pero en aquel entonces el frío no era más que un pasatiempo. Wim Hof tenía que lidiar con la dura realidad de la esquizofrenia de su esposa, con el desempleo y con la difícil tarea de no desmoronarse, de no fallarle a su mujer, de estar ahí para sus hijos.

El poder de la redención

Tras la muerte de Olaya, Wim comenzó a buscar respuestas. Quería entender qué había sucedido; responder a todas las preguntas que su mente formulaba; erradicar la tristeza que se anidaba en su garganta, en su pecho, en su voz y en su mirada. El único sitio en donde su existencia parecía tener sentido era rodeado por el frío. Ahí el hombre experimentaba, aprendía y observaba. Entraba en una especie de trance que lo llenaba de calma. De distintas maneras, inhalaba y exhalaba para después contener el aire en sus pulmones durante el mayor tiempo posible. Sorprendentemente eso bastaba para que el dolor, profundo y agudo, de alguna manera se mitigara.

Poco a poco Wim Hof se fue convenciendo de que los ejercicios de respiración, combinados con la exposición al frío extremo, tenían un inigualable poder de redención. El frío le permitía entrar en contacto con una parte de su mente que yacía dormida ante la comodidad y la pasividad de la vida moderna. El frío despertaba al cerebro reptiliano, ese que no piensa, que solo siente, pero que puede servir como un extraño pasadizo para entrar en contacto profundo con reacciones corporales que pudieran parecer instintivas (como la secreción de adrenalina, por ejemplo). El hombre empezó a creer que Olaya hubiera podido sobreponerse a la enfermedad que habitaba en su cuerpo si él la hubiera sometido al frío y a sus ejercicios de respiración.

Emocionado con su teoría, Wim Hof comenzó a comunicarle a sus seres cercanos sus prácticas y a difundir los beneficios de su peculiar método. Primero a sus hijos y amigos, después a los desconocidos que se sentían intrigados por las hazañas que lo hacían ver como un verdadero super hombre.

Para Hof, la causa de los males en el cuerpo y la mente de su mujer (y en la de todos nosotros) era provocada por una falta de contacto con su propio cuerpo y con la naturaleza. Al combinar la exposición al frío extremo con una respiración adecuada, el hombre prometía activar y controlar reacciones corporales que yacían en un perpetuo letargo debido a nuestro cómodo y sedentario estilo de vida, generando un impacto profundo en nuestro estado de ánimo y en nuestro sistema inmunológico, además de permitir un control mental que nos ayudaría a ser mucho más fuertes (¿acaso invencibles?) ante la adversidad.        

El nacimiento del profeta del frío

Buscando notoriedad, Hof empezó a realizar actos que hacían que los medios de comunicación lo voltearan a ver. El 16 de marzo del año 2000 nadó 57.5 metros bajo la capa de un lago congelado en Finlandia, pese a haber sufrido el congelamiento de sus córneas durante una inmersión de prueba el día anterior. El 26 de enero de 2007 corrió un maratón sobre la nieve completamente descalzo en dos horas y 16 minutos. En 2009 estuvo sumergido durante una hora, 42 minutos y 22 segundos en un estanque lleno de hielo. En 2010 y en 2013 batió sus propias marcas por más de diez minutos. En 2007 ascendió a 7,200 metros sobre el nivel del mar vistiendo solo unos shorts y botas para escalar en el Everest (no logró llegar a la cima debido a una lesión recurrente en el pie). En 2009 conquistó el Kilimanjaro en pantalones cortos y descalzo. Ese mismo año corrió un maratón completo en Namibia a más de 40 grados Celsius.

En total, Hof logró conseguir 26 récords Guinness y casi sin darse cuenta, el loco que nadaba desnudo en el hielo se transformó en una especie de rock-star y en una marca registrada que dejaba perplejo a los médicos que, creyéndolo un charlatán, estudiaban su caso y se maravillaban con las inexplicables reacciones de su cuerpo. Se hizo llamar The Ice-Man (el hombre de hielo) y comenzó a jurarle al mundo entero que con el entrenamiento adecuado cualquiera podía hacer lo mismo que él.

Ese juramento se transformaría en la piedra angular de su emprendimiento.

Fue su hijo, Enham, quien tuvo la idea de desarrollar un negocio a partir de la visión de su padre y crear el Método Wim Hof, una completa plataforma educativa con tutoriales, cursos completos e incluso la posibilidad de agendar una expedición a algún gélido lugar para recibir instrucción por parte del mismo Ice-Man. En su propia misión por domar al dolor y al sufrimiento, Wim Hof logró crear un negocio que pareciera estar en sintonía con los valores del mundo actual y con nuestro deseo de lograr entrar en contacto, de alguna manera, con aquello que yace oculto dentro de nosotros mismo.

 

El frío en tu carrera

Más allá del beneficio de salud que la teoría de Wim Hof puede ofrecernos, la historia de este singular emprendedor también nos obliga a pensar en el estado en el que se encuentra nuestra actividad profesional. Lo más probable es que, igual que sucede con nuestro cuerpo, con el paso de los años nuestra propia carrera haya entrado en un profundo letargo. Buscando seguridad y comodidad terminamos por hacer cada día de trabajo básicamente lo mismo.

 Semana a semana seguimos la misma rutina: la junta de los lunes por la mañana, la llamada para darle seguimiento a los pendientes que tenemos con un cliente, las comidas siempre en los mismos sitios, el café de las cinco de la tarde. Una que otra cosa es diferente, pero al final nuestros días laborales terminan por formar parte de un eterno ciclo que año con año, se repetirá una y otra vez. Operamos en zonas seguras que pudieran asemejarse a la comodidad de ver un thriller en la televisión desde un sillón, con el control remoto en la mano. Corremos pocos riesgos, le apostamos a lo cierto. Casi no nos movemos y, al igual que nuestro cuerpo, poco a poco nuestra carrera profesional se atrofia.

El método de Wim Hof se basa en someter a nuestro cuerpo a condiciones extremas para despertarlo. Detrás del sufrimiento de la congelación se encuentra una sensación de seguridad que encanta a quienes la han probado. Los que lo han intentado juran sentirse más vivos que nunca. ¿Qué sucedería si lleváramos estos mismos principios al entorno laboral? ¿Qué pasaría si, creyendo en la fortaleza de nuestro propio espíritu, corriéramos mayores riesgos? ¿Qué sucedería si un día hiciéramos las cosas de manera distinta? ¿O si de una vez por todas nos atreviéramos a lanzar ese producto, a grabar esa canción o a publicar la novela que tenemos guardada en un cajón? ¿Qué pasaría si nos atreviéramos a mirar de frente al miedo de subir, paso a paso, por la ladera de nuestros propios prejuicios?

Quizás nos pasaría lo que a Wim Hof: descubriríamos que, pese al dolor, el sufrimiento y el frío, estamos realmente vivos.

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