Encontró una segunda oportunidad para emprender en un concierto de U2. Ahora ofrece servicio de viajes de lujo que cura experiencias de la cultura mexicana

Con servicios de viajes de lujo que pueden incluir visitas a galerías de arte privadas en la que puedes comprar una pieza del tamaño de una pared para que te la envíen a Nueva York, Cristina Lugo cura experiencias de la cultura mexicana.
Encontró una segunda oportunidad para emprender en un concierto de U2. Ahora ofrece servicio de viajes de lujo que cura experiencias de la cultura mexicana
Crédito: Isaac Alcalá Nácar / Entrepreneur en Español
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This story appears in the November 2019 issue of Entrepreneur Mexico. Subscribe »

Cuando desarrollaba una idea de negocio para salir de la mala situación económica y anímica que le dejó el cierre de una empresa que fundó un par de años atrás y que no funcionó como ella esperaba, asistió a un concierto de U2 donde supo cuál sería uno de los objetivos de su próximo emprendimiento.

“Cuando Bono regrese, su gente le tiene que hablar a mi empresa para lo que necesite mientras esté en la Ciudad de México; tengo que ser su conecte y mejor amiga mexicana para solucionarle la vida mientras viaje por el país”, recuerda Cristina Lugo, fundadora y CEO de lo que hoy ya es Morenita Experience.

Creada en 2017, Morenita Experience ofrece servicios como clases de cocina con chefs mexicanos que pueden invitar a los viajeros a su cocina para preparar platillos a la hora de operación del restaurante. También tiene visitas a un taller de joyeros para que le vendan directamente sus creaciones al visitante, además de personalizarlas. Todo con un servicio de fotógrafo o video personal. Es un servicio de viajes de lujo que cura experiencias de la cultura mexicana”, describe Cristina.

Contratando sus servicios, alguien que viaje a México puede tomar un tour de arte y comprar una pieza que le guste en una galería. “Si es un díptico del tamaño de una pared, lo tienen que desmontar, mandarlo a Nueva York y montarlo en un departamento nuevo. En todo eso podemos ayudar”, asegura.

Esta empresa funciona en torno a tres grandes temas: Gastronomía, que incluye cosas como degustaciones, picnics románticos o catas; arte, con experiencias como recorridos por galerías y visitas a estudios de artistas; y cultura, que abarca entretenimiento, shopping, historia y arqueología, ente otros temas.

Valorar a México desde el extranjero

Cristina tiene 35 años, nació en Los Mochis, Sinaloa –pero pasó su niñez y adolescencia en Puerto Vallarta– y viene de un hogar bicultural de clase media en en el que su padre (estadounidense) trabajaba en el sector hotelero y restaurantero, mientras que su mamá (mexicana) era chef, por lo que, dice, trae en su ADN lo que hace hoy.

Con grandes esfuerzos, sus padres la mandaron a estudiar Ciencia Política a Wisconsin y Londres: “Querían que fuera la primera presidenta de México y creían que me iba a dedicar a la política, pero no fue así”, recuerda.

Cuando terminó sus estudios, intentó quedarse a trabajar en Estados Unidos, pero al no encontrar una buena oportunidad, regresó a Puerto Vallarta en donde sólo encontró empleo en la sala de ventas en un hotel de Nuevo Vallarta, en donde le fue bastante bien.

Gracias a que aprendió bien el trabajo de esa industria, pasó por otros hoteles de ese destino turístico, en los cuales, en realidad, duraba poco tiempo, ya que lo que más le gustaba era recorrer el mundo. “Era muy mala empleada, tenía la costumbre de encontrar muy buenos trabajos, ahorrar todo lo que ganaba, renunciar, y luego irme a viajar cuatro o seis meses de mochilazo”.

En esos viajes se dio cuenta de que en México había lugares que no tenían nada que envidiarle a otros destinos. “Cuando estaba en unas cascadas increíbles en Tailandia, buceando en Indonesia o recorriendo las calles del centro de Madrid, yo veía que en México teníamos lo mismo o mejor”.

Ver a México desde el extranjero le hizo valorar también la cultura y la calidez que hay en el país. Tras pasar un temporada larga trabajando y viajando en Río de Janeiro, tuvo que regresar a Puerto Vallarta y junto con su mamá abrió su primer negocio –el cual continúa hasta hoy– en donde imparten clases de cocina, preparan canastas gourmet y ofrecen servicios de chef privado y catering.

A pesar de que fue un éxito, ella sabía que no podía seguir viviendo en Puerto Vallarta, por lo que decidió mudarse a la Ciudad de México en busca de nuevas oportunidades.

Street food tour es una experiencia en que los visitantes recorrerán coloridos mercados y visitarán puestos de comida callejera de la mano de un chef bilingüe local / Imagen: Shutterstock.

Ganando experiencia

Meses atrás, Cristina había conocido a Enrique Olvera –uno de los chefs mexicanos más importantes del mundo y propietario del reconocido restaurante Pujol–, por lo que lo buscó cuando llegó a la Ciudad de México y, aunque se entrevistó con él, no obtuvo empleo inmediatamente.

Entonces buscó trabajo en restaurantes, donde poco a poco (no sin experimentar dificultades al inicio) se abrió camino aprendiendo sobre gerencia y operación. Posteriormente, mientras estaba en Nicaragua en la apertura de un hotel, le llamó Olvera para pedirle que regresara a México a trabajar con él.

Así se convirtió en la directora comercial de Enrique Olvera y se encargaba de implementar las prácticas de lujo en temas como reservaciones y manejo personalizado de clientes VIP. Después de un par de años, pidió una nueva oportunidad, por lo que fue nombrada directora de Ventas, pero con una nueva característica: no tendría salario, sino que ganaría 15% de comisión. Aunque no lo recibió muy bien al principio, lo asumió como un reto porque sabía que podía hacerlo.

“Empecé a vender unas cenas increíbles para clientes top con valores agregados y márgenes de ganancia muy grandes, por lo que superaba las expectativas y me iba mejor con mis ingresos”, apunta.

Cuando llegaba algún chef invitado por Olvera, ella se encargaba desde poner un vehículo a su disposición hasta armarles un itinerario y dejarles amenidades en el hotel. Pero al cabo de un tiempo, sintió que ya no tenía a dónde crecer y decidió irse para emprender su propio negocio.

Dosis de humildad

Cambiando completamente de giro, Cristina le apostó a fundar una empresa de e-commerce llamada “Mila”, dedicada a los productos de belleza. “Creí que ahí tenía una buena oportunidad”, relata.

Sin embargo, en año y medio el negocio no caminó como ella esperaba y tuvo que cerrarlo. “Eso me generó una depresión horrenda porque era un fracaso que no me explicaba”, recuerda. “Me metí en algo de lo que conocía muy poco”.

Habiendo tocado fondo, durante un par de semanas, se dedicó de tiempo completo a crear un nuevo plan de negocio. “Quería que fuera algo que me hiciera muy feliz y que me mantuviera muy entretenida, estimulada e inspirada para disfrutarlo todos los días. Así, si yo disfruto venderlo, ¡cómo no me lo van a comprar!”, relata.

Usando toda su experiencia y buscando la manera en la que pudiera cautivar y enamorar de la cultura mexicana a otras personas, surgió Morenita Experience. “Se llama Morenita porque quería una palabra que resumiera la cultura mexicana; además, de alguna manera me representa porque soy una mujer morena”.

Al arrancar su empresa no tenía dinero, ni siquiera 1,500 pesos para comprar un dominio de internet, por lo que su primera página la armó en Wix, que ofrece sitios web gratuitos. “Yo solamente tenía una conexión a internet y una computadora”, recuerda.

Su primer cliente fue un conocido que viajó con un amigo a la Ciudad de México y le pagó 300 dólares por persona. Satisfechos con el viaje, cuando ellos regresaron a casa la recomendaron con otras personas: “A partir de eso, todo ha sido muy orgánico”, asegura.

“Si no hubiera tenido esa caída, no hubiera podido hacer lo que ahora hago; me tocaba una dosis de humildad porque yo era una mujer joven, directora y con unas puertas abiertas increíbles, lo cual me daba unas satisfacciones de ego muy grandes”, admite.

Valorar lo mexicano

Las experiencias que vende en Morenita Experience son costosas porque son especiales e irrepetibles. “Para vender 4 millones de pesos al año, yo necesito dos clientes a la semana”, revela. “He luchado contra la noción de que todo en México debe ser baratísimo. En la CDMX vives la misma experiencia que en una ciudad de Europa, ¿por qué te va a costar tres pesos?” cuestiona.

Cristina asegura que, con Morenita Experience, también lleva a cabo un trabajo de responsabilidad social que generar empleos y deja una derrama económica en la comunidad y en la industria de los servicios, además de que generar un impacto positivo al elevar la cultura mexicana a nivel internacional.

“Somos un servicio de exclusividad que no sacrifica jamás la autenticidad y siempre es respetuoso con la cultura mexicana y las personas que participan en ella, como artesanos, arquitectos, diseñadores, chefs o gerentes de hoteles”, subraya.

Si Bono está leyendo esto, ahora sabe que Cristina estará lista para que un chef lo lleve a algún mercado mexicano, un arquitecto le dé un tour por la Zona Rosa o le organice una reunión con artistas folklóricos con los que podrá grabar una canción en un estudio. Todo al estilo Morenita.

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