Amanda Palmer, Kickstarter y el humilde acto de pedir ayuda

Después de trabajar como una estatua viviente en la calle, la artista y cantante Amanda Palmer, aprendió lo importante que es pedir ayuda. Luego creó un proyecto de crowdfunding en Kickstarter y logró reunir más de un millón de dólares. Esta es la gran lección que puedes aprender de ella.
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Amanda aprendió las reglas del mercado manteniéndose inerte durante horas, parada sobre un viejo cajón de plástico y disfrazada de una melancólica novia con un ramo de flores entre las manos. Ella había pasado cinco años de su vida estudiando en una prestigiosa universidad y ahora, con título en mano, era una de las tantas estatuas vivientes que adornaban las plazas y callejuelas de alguna hermosa ciudad.

Permanecía inmóvil, tratando de cautivar a los paseantes que se le acercaban y la observaban con curiosidad. Si uno de ellos la honraba con una moneda, ella le regalaba a cambio una flor y una intensa mirada. Si se alejaban sin darle dinero, los ojos de la mujer se tornaban tristes y trataban de persuadir a los peatones de regresar, de no abandonarla, de no olvidarla y dejarla a su suerte en aquella calle sin nombre.

En esa danza entre los peatones y la estatua viviente, Amanda Palmer vivió encuentros sinceros, hermosos y profundos. Pequeños momentos de ternura y perfección en medio del caos de la gran ciudad. Las miradas furtivas terminaban por llenarse de complicidad. El contacto visual se prolongaba y los solitarios peatones que se atrevían a gratificarla, recibían a cambio un movimiento por parte de la estatua y el encanto de su mirada. Porque en un mundo en donde la mayoría de nosotros pasamos desapercibidos, aquella estatua se daba el tiempo de observarlos y de reconocer su existencia, haciéndolos sentir extrañamente vivos.

Además de esos instantes perfectos, la estatua viviente tenía que soportar los insultos y las vejaciones. Todos los días alguien se acercaba para mirarla con rencor. “¡Consíguete un trabajo de verdad!”, le gritaban desde vehículos en movimiento, haciéndole recordar que eso que ella hacía no era digno, no era suficiente y no merecía aplausos ni monedas. Solo desprecio y una marejada de dudas que se arremolinaban en los pies de la mujer al terminar cada día.

Por las noches ella se bajaba del cajón de plástico para ir a ensayar o para dar algún concierto con su grupo de rock: las Dresden Dolls. Su verdadera pasión era la música, pero su grupo era tan poco conocido que no había manera de subsistir económicamente sin tener que realizar alguna otra actividad. A veces, sobre el escenario, ella sentía que no era tan diferente a la novia muda a quien había encarnado unas horas antes. Ante la audiencia, Amanda Palmer aplicaba las mismas técnicas que cuando vestía de estatua: la mirada intensa, los gestos y un acto histriónico con el que reconocía la existencia del otro para recibir a cambio un aplauso.

Ante la precaria situación económica que atravesaban, las Dresden Dolls aprendieron a hacer del acto de pedir ayuda, un verdadero arte. Cuando estaban de gira su vocalista, Amanda, invitaba a músicos y artistas locales a unírseles en el escenario, dando pie a creaciones espontáneas y amplificando la atención hacia eventos que de otra manera hubieran pasado desapercibidos. El contacto con los fans era el combustible que movía al grupo y eventualmente se volvió tan popular como para que la mujer pudiera abandonar su trabajo como estatua viviente para dedicarse de tiempo completo a su música.

Con la llegada de Twitter Amanda Palmer comprendió que podía acercarse a su base de fans para pedirles ayuda, como si aún fuera esa estatua silente. En lugar de hospedarse en hoteles cuando iban de gira, utilizaba la red social para preguntar si alguien podía recibirla en su casa. Para su sorpresa siempre había algún fan que respondía dispuesto a abrirle las puertas de su vida. Agradecidos le confesaban lo que su música les significaba. Al pedir ayuda, la artista conocía de cerca a aquellos que la querían y recibía retroalimentación de primera mano: sus seguidores le explicaban qué pensaban de su música, de sus conciertos y de todo aquello que ella creaba.

Cuando finalmente una disquera firmó a las Dresden Dolls, lograron vender 25 mil copias de su álbum durante las primeras semanas. Aunque para ellas era una cifra respetable, la disquera lo consideró como un fracaso.

Justo por esos días, al terminar un concierto, un joven se le acercó a Amanda para darle un billete de diez dólares. Él confesó sentirse avergonzado, pues había hecho una copia ilegal del disco y quería contribuir al proyecto tras enterarse que la relación con la disquera no era buena. Eso empezó a suceder cada vez más seguido. La gente se acercaba a Amanda, como si ella aún fuera esa estatua viviente, para reconocerle su esfuerzo y apoyar al proyecto con dinero en efectivo.

CUANDO AMANDA LLEGÓ A KICKSTARTER

A partir de ese momento, Amanda Palmer comenzó a pensarse de forma diferente. En lugar de poner a la venta su música, empezó a regalarla, pero pidiéndole siempre a sus fans que la apoyaran. En 2012 decidió crear un ambicioso proyecto musical personal en Kickstarter, en ese entonces una naciente plataforma de crowdfunding. A cambio de la ayuda económica, Amanda les regalaba a sus fans postales personalizadas de agradecimiento, entradas especiales para sus conciertos, invitaciones a exposiciones de arte, recitales en petit commité e incluso encuentros y cenas privadas con ella.

La cantante descubrió que la dinámica no era muy diferente a la de aquella estatua viviente. El mensaje era el mismo: ayúdame y yo te regalaré una flor, una sonrisa, un abrazo. Ayúdame y yo te regalaré mucho más que mi música.

La meta de Amanda era reunir $100,000 dólares a través de la plataforma, pero para sorpresa del mundo entero logró recaudar $1.2 millones de dólares, dándole un giro de 360 grados a la manera en que había conceptualizado su actividad artística.

Al pedir ayuda abiertamente, Amanda Palmer logró conectar con una base de fans leal y única que la reconocía y apreciaba su trabajo. La mujer descubrió que no hacían falta intermediarios. Bastaba el reconocimiento muto, la mirada cómplice y un abrazo intenso transformado en fuerza creativa, en pasión, en una experiencia.

En música.

Kickstarter le ayudó a Amanda a confirmar aquello que antes solo intuía: pedir ayuda la volvía vulnerable, pero también la humanizaba, le quitaba la etiqueta de “estrella inalcanzable” y la acercaba a aquellos que harían todo por ayudarla.

Después de su experiencia en Kickstarter, Amanda abandonó por completo la idea de estar ligada a una disquera y al sistema tradicional de vender y distribuir música. Hoy su actividad entera está basada en Patreon, una plataforma pensada para que los artistas y creadores de contenido puedan conseguir pequeños pagos mensuales por parte de sus seguidores, dando pie a la posibilidad de crear sin las ataduras de un sello discográfico, editorial o distribuidor.

Paradójicamente el camino de Amanda parece haberla llevado de vuelta a ese cajón, ahora en versión digital, sobre el que se para para actuar vestida de uno y mil personajes, cautivando siempre con una canción, con una historia, con una flor, con un video. Con un “gracias” sincero a aquellos que confían en su poder creativo y que están dispuestos a arroparla en una economía que parece distinta, pero que en verdad nos regresa al punto de partida: una flor a cambio de una moneda y entre ellas dos, una emoción capaz de dibujar sonrisas en el más sombrío de los días.

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