El emprendedor, la constante preocupación y el pensamiento del astronauta

Algunos de nosotros parecemos condenados a vivir preocupados. Tanto en los días buenos como en los días malos nuestra mente siempre encuentra la manera de agobiarnos. ¿En dónde está el origen de esos pensamientos desbordados? ¿Cómo controlarlos? Uno de nuestros preocupados colaboradores intenta descifrarlo…

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Por favor díganme que no estoy solo.

Que no soy el único que, al terminar el día, al salir de la oficina, arrastra pendientes y preocupaciones como si fueran sanguijuelas pegadas a su cuerpo. Díganme que ustedes son iguales. Que también miran la luz roja del semáforo atrapados en el tráfico, haciendo un inútil repaso mental de todas aquellas cosas que saldrán mal, aunque ni siquiera hayan comenzado a suceder.

Díganme que ustedes también ensayan en voz alta antes de esa difícil llamada que tendrán el día de mañana, que una y otra vez imaginan los puntos de quiebre de su negocio, las caídas estrepitosas y las renuncias masivas de un equipo de trabajo que no los sigue, que no los entiende, que los deja solos en cuanto el reloj marca la hora de salida y las sombras se apoderan de cada rincón de la oficina.

Confiésenme que antes de cerrar el día, ya en la comodidad de su hogar, ustedes también vuelven a jugar a asustarse con un pendiente absurdo y necio que en ese momento no podrán resolver, pero que repasarán una y otra vez como si fuera una tortura. 

Así, día tras día, incluso los fines de semana.

Les pido que me digan que al menos uno de ustedes de niño leyó esa pequeña maravilla llamada Mr. Worry, del autor británico Roger Hargreaves, y quedó impresionado por la similitud entre el personaje azul y su propia personalidad infantil. Que al igual que Don Preocupón, ustedes también se preocupaban cuando llovía, por las posibles inundaciones que el agua provocaría, y que sufrían cuando no llovía, por las desastrosas causas de una sequía.

Por favor, díganme que están conmigo. Y de no ser así, les pido que me expliquen cómo le hacen para controlarlo. ¿Cómo detienen a una mente acostumbrada a galopar de problema en problema, de preocupación en preocupación? ¿Cómo silencian esos pensamientos negativos que revolotean como abejas defendiendo a muerte el panal de agobios que puede existir en una cabeza?

Grítenme y recuérdenme que la parte de mi mente que proyecta las escenas de desgracias que nunca sucederán, tiene su origen en el subdesarrollado cerebro de un ser primitivo. Antes de que hubiera lenguaje, pensamiento abstracto o percepción lógica, en un mundo ruin en donde las opciones parecían ser solo dos: pelear o huir.

La primera de ellas solía terminar en una fatalidad.

Huir era la opción y para que obedeciéramos al instinto de supervivencia, el cerebro primitivo ordenaba a la glándula suprarrenal la secreción de cortisol, la hormona del miedo. Porque resultaba más seguro vivir asustados, aunque no hubiera un peligro inminente. A la menor sospecha de riesgo, el cortisol era inyectado en el torrente sanguíneo de ese ser primitivo para tratar de ayudar a mantenerlo vivo.

Recuérdenme que así crecimos como especie. Que maduró nuestro cerebro. Que aprendimos a hablar, a sumar, a imaginar, a escribir, a inventar, a proyectar imágenes de momentos que ni siquiera han sucedido. A emprender. Pero nunca dejamos de sentir miedo. Explíquenme que la idea de sobrevivir es tan prioritaria para nuestro cerebro que aún hoy, tras miles de años de evolución, muchos de nosotros seguimos viviendo asustados.

Si ustedes no son uno de ellos, si han sido capaces de domar a ese cerebro reptiliano, díganme cómo lo hicieron.

Ayúdenme a entender que el 40% de las cosas trágicas que imagino jamás sucederán. Que el 30% de ellas se encuentran en el pasado; sí, son asuntos que ya tuvieron lugar y que hoy no pueden ser remediados. El 12% son problemas que no me atañen directamente y el otro 10% tiene que ver con enfermedades que mi preocupación no podrá remediar.

Ayúdenme a hacer la cuenta, a entender que solo tengo control del 8% de las cosas que me agobian. Después pregúntenme por qué estoy inquieto el 100% de mi tiempo.

Pero por favor no me miren así. Más bien pásenme sus estrategias para controlar el absurdo desorden en mi cabeza. Recomiéndenme, por ejemplo, ver de nuevo esos videos del célebre Chris Hadfield (sí, el hombre que cantó Space Oddity de David Bowie desde el espacio) para aprender a pensar como astronauta y así disminuir ese estrés permanente. Recuérdenme que lo que dice es que la mejor respuesta ante el peligro es estar preparado para enfrentarse al mismo. Anticipar los posibles escenarios y saber cómo reaccionar a cada uno de ellos. Es decir: el ser competente es el mejor modo de eliminar a las preocupaciones absurdas y constantes.

Explíquenme que también ayuda el simple hecho de respirar profundo, de tomar distancia de mis emociones para intentar reconocer las reacciones de mi organismo; para identificar el momento en el que mi cerebro primitivo vuelve a dominarme secretando cortisol, acelerando mi respiración y lanzándome a una espiral de pesimismo y preocupación sin sentido y sin razón.

Díganme que no estoy solo, que no soy yo. Que a ustedes también les pasa. Que no soy el único.

Se los pido por favor: díganme que no tengo de qué preocuparme.

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