Los primeros diez segundos de tu discurso (suceden antes de que abras la boca)

Crea una relación con el público y potencia tu discurso incluso antes de empezarlo.
Los primeros diez segundos de tu discurso (suceden antes de que abras la boca)
Crédito: Depositphotos.com

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Lo recuerdo con claridad: mi primer concurso de oratoria hace muchos años. No; no diré hace cuántos; pero cierto es que estaba en secundaria, y esperaba con ansia mi turno para pasar ante los jueces. La primera concursante fue una niña de alguna otra escuela, impecablemente peinada, que subió al escenario muy, muy nerviosa, jugando con sus manos, temblando sus rodillas; con la cabeza baja, caminando como si la llevaran al cadalso. No había ninguna duda: estaba aterrada.

Cuando los jueces le dieron la indicación: “Puedes comenzar”, esta niña se transformó ante mis ojos: levantó la espalda, compuso la pisada, clavó su mirada y empuñando el micrófono como un arco de guerra, comenzó su discurso.

Era como si fueran dos personas absolutamente distintas: la niña asustada, y la gran oradora.

No recuerdo si esa niña ganó o perdió el concurso (¿cómo me fue a mí? Sí que lo recuerdo: perdí), pero esa imagen me ha acompañado por décadas, y he visto replicarse la escena una y otra vez en distintos entornos: en conferencistas “expertos” y en líderes de negocios que suben al escenario; en performers de distintos tipos y en la mayoría de los concursantes de reality shows musicales.

Nos han enseñado por años que tu discurso empieza cuando empiezas a hablar, con sus primeras palabras. Pero esto es un error: tu discurso empieza cuando entras en la habitación.

La primera impresión ¿jamás se olvida?

Es una frase por todos conocida; pero no es del todo cierta. De hecho, sí podemos cambiar nuestra opinión de una persona tras conocerla o tras algún evento que cambie nuestra percepción. Quien recuerde (¿y quién no recuerda?) la audición de la escocesa Susan Boyle en Britain’s Got Talent en el año 2009 no podrá negarlo. Cuando entró, todos pensaron que era una perdedora. Cuando comenzó a cantar… la reacción cambió por completo. Por supuesto, el estar en el show la garantizaba la oportunidad de mostrar su voz. El mundo real no es siempre tan generoso.

Lo correcto es decir que la primera impresión es muy difícil de cambiar. En el escenario, en donde tenemos apenas unos minutos para conectar y convencer, la primera impresión importa, e importa mucho. Según Jack Schafer, exagente del FBI y autor del libro The Like Switch, lo que conocemos como “primera impresión” dura en promedio siete segundos; y es un espacio en donde de forma intuitiva decidimos tres cosas fundamentales.

  1. Si la persona es una amenaza o no (y, por tanto, si hay que huir, o no).
  2. Si la persona es de “nuestra tribu” y podemos confiar en ella.
  3. La jerarquía relativa de esa persona dentro de nuestra tribu: su nivel de autoridad, éxito o riqueza; y si está “arriba” o “abajo” de nosotros en esa jerarquía.

Es por eso que en casi cualquier curso de negociación se hace hincapié en momentos claves de todo encuentro; como la forma en que damos un apretón de manos; el orden en que saludamos a las personas y la forma en que vestimos en referencia con los demás. También notamos la mirada, la sonrisa y la atención que prestamos a la otra persona. Todo esto sucede antes de que empecemos a hablar en una situación social. Y, aunque muchos lo olviden, también en una presentación en público o discurso.

Antes de que empieces a hablar, si el público te ha visto al menos siete segundos, entonces ya ha decidido si eres “de su tribu”, si eres una amenaza y si tienes algún tipo de autoridad.  ¡Aprovecha esos segundos antes de empezar a hablar para causar una gran impresión y darle un gigantesco impulso a tus propias palabras!

 Estas son algunas ideas que puedes tomar en cuenta:

1. ¿Nervioso? Haz lo que tengas que hacer antes de aparecer en la habitación

Hay distintas técnicas para superar el pánico escénico o el nerviosismo. Además de éstas, distintas personas tienen distintos rituales: brincar, bailar, dar vueltas. Cuando estoy nervioso, yo suelo cantar. Cada quien hace lo que puede. También tenemos muestras visuales, involuntarias, de nerviosismo, tales como caminar de un lado para otro, encorvar los hombros o agarrarse las manos. No tiene nada de malo: a todos nos pasa.

Como sea, trata de hacer todo esto afuera de la habitación o el auditorio, y toma compostura antes de que el público pueda verte. Domina tu primera impresión y deja todo el estrés afuera.

2. No entres en la habitación hasta que sea tu turno de hablar

Una forma de facilitar esta transición es esperar afuera de la habitación, justo hasta el momento en que te anuncien, o tengas que entregar tu discurso. De esa manera maximizas el efecto potente de la primera impresión; el público ve por primera vez cómo vistes y cómo te mueves; y es más sencillo mantener el acto por diez segundos intensos que por minutos, u horas.

No siempre es posible hacer esto. En una cena o ceremonia, muchas veces estarás en la habitación mucho tiempo antes de empezar a hablar. Si es así, procura mantener un perfil bajo durante el tiempo previo a tu discurso. Que cada persona “note” que estás allí hasta el momento en que realizas tu entrada triunfal.

3. Camina con presteza y domina la habitación

La postura es un mensaje impresionante. La buena postura transmite confianza; y la confianza transmite autoridad. En la mente del público, quien exuda confianza seguramente lo hace porque domina su tema y, además, dice la verdad. La percepción de la audiencia para alguien nervioso e inseguro es inevitable; solo puede tener dos causas: o el orador no sabe lo que dice, o está mintiendo.

Camina con seguridad, en pasos fuertes, relajados, y pisando con toda la suela. Echa los hombros atrás y levanta el mentón. Llena la habitación con tu presencia y nunca, pero nunca, pidas perdón por tomar el escenario. Si lo que vas a decir vale la pena ¿Por qué pedir perdón? Y si no vale la pena, es mejor no tomar el escenario.

4. Observa a todo tu público antes de empezar a hablar

Recuerda que la comunicación es, ante todo, relación. Y la forma más rápida y efectiva de lograr una relación es el contacto. El contacto físico es inmensamente poderoso, pero es poco probable que puedas tocar físicamente a todo tu auditorio (aunque los políticos no dudan en intentarlo). Lo segundo mejor es el contacto visual. Desde el primer momento en que pones un pie en el salón o el escenario, dirige tu mirada al público: conecta miradas directas a los ojos de la audiencia que tengas más cerca; salúdalos con la cabeza, sonríe ampliamente.

La mirada, la sonrisa y el leve saludo con la cabeza son la señal universal de pertenencia, y transmiten inmediatamente amistad, confianza y conexión: estás diciendo a las personas: no solo estoy confiado, sino que confío en ti; somos del mismo equipo, la misma tribu, la misma familia. Estamos juntos en esto.

Así que no corras. Igual que en una cena familiar, saluda a tus tías antes de sentarte a la mesa. No te llevará más que unos breves (y casi imperceptibles) segundos, pero hará toda la diferencia.

5. Tómate uno o dos segundos antes de tu primera palabra: espera el silencio

Por último, nunca empieces a hablar hasta tener un mínimo de atención. No trates de “ganarle” al ruido gritando, o te lances a declamar tu discurso mientras todo el mundo está platicando. Esto es especialmente difícil en auditorios abiertos, y un verdadero reto si el público está comiendo. Como sea; posiciónate frente al micrófono, di “buenos días” con mucha confianza y optimismo y espera unos segundos hasta que las personas guarden silencio y pongan atención. Si hace falta, di “buenos días” una vez más. Esto es absolutamente crítico: tu autoridad exige silencio.

Cuando las personas hayan puesto atención, entonces sí, puedes empezar tu discurso hablado, siguiendo una estructura bien desarrollada y utilizando todas las herramientas que tengas a la mano. Pero nunca te olvides: los primeros diez segundos de un discurso… suceden antes de que abras la boca.

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