El valor de la reflexión en los tiempos de Coronavirus

¿Por qué seguimos corriendo y adónde vamos? Si la pausa y este aislamiento temporal dan pie a este tipo de cuestionamientos, hay esperanza. Esto aplica a nivel personal y familiar, tanto como para el mundo.
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Crédito: Depositphotos.com

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Al momento de escribir esto me dispongo, junto con mi familia y al igual que millones de personas en México y de todo el mundo, a una forzada reclusión en casa. Todo apunta a que será por varias semanas, pero nadie sabe cuántas.

Reina la incertidumbre, tanto sobre lo que está pasando ahora, como por lo que vendrá, incluyendo cuando salgamos de la crisis de salud, una situación económica bastante difícil, con las actividades de cada uno puestas de cabeza y, para muchos, lamentablemente, bajo amenaza de cancelación.

Tratamos de organizarnos para hacer llevadero y provechoso este tiempo de lo que ya es un concepto de uso común: el distanciamiento social. Estamos conscientes de que se trata de cuidarnos y ser responsables con nuestra comunidad para al menos no ser agentes de contagio, lo que implica sacrificios y exige paciencia. Sin embargo, si bien siempre es complicado cambiar rutinas, lo es todavía más cuando hay que hacerlo repentinamente y sin plazos claros.

Por eso algunos se sorprenden desayunando a la una de la tarde y otros se ponen a hacer algún escrito a las dos de la mañana, porque se distrajeron con una serie de televisión o entre preocupados y entretenidos en Twitter o los chats de WhatsApp. Finalmente, ahí también pueden encontrarse “perlas de sabiduría” en el río revuelto. Por ejemplo, este meme, que recibí por medio de un tío que justo está en cuarentena: “Por favor; ya no me manden mensajes de coronavirus. Ya mi pobre celular en vez de timbrar tose el cabrón”.

De hecho, algo que puede funcionar para ser eficientes con el tiempo es poner en pausa, por un momento, la oferta permanente de estimulación y dispersión de las redes sociales. Hay que dar a cada actividad su espacio y su tiempo, y aquí me permito recomendarles un artículo del economista Macario Schettino, con buenos consejos para novatos en el arte del home office.

Hay que hacer frente a hábitos que no siempre ayudan y tener disposición para la adaptación y el aprendizaje. Si hay fuerza de voluntad y una disciplina básica, además de tolerancia con los demás, que están en las mismas tratando de organizarse, podemos salir adelante: mejor preparados para lo que venga, con recargada energía y renovada lucidez, habiendo descubierto prácticas o actitudes que no nos eran favorables y fortalezas u oportunidades con las que no contábamos, con nuevas ideas y formas distintas de hacer las cosas y ver la realidad del mundo y la propia.

Pausa en la carrera de la rata

Este tipo de descubrimientos personales y sociales a veces sólo se presentan en tiempos difíciles, en particular cuando no queda más opción que parar, y entonces, ver la vida desde otros ángulos. La ocasión de reflexionar es un regalo paradójico, no solicitado pero invaluable: es oportunidad de ver lo que estaba ahí pero no notábamos, cegados por la inmediatez, la agenda cotidiana, el ruido mediático y de las redes, los usos y costumbres.

Viene al caso la metáfora de la carrera de la rata, que popularizó Robert Kiyosaki al hablar del dilema financiero de millones de personas: a veces sólo parando, dejando de correr en el rodillo, uno empieza a cuestionarse por qué lo hace y si quiere y le conviene seguir corriendo. Aplicable para un proyecto de vida, tanto como a un negocio, un país o el mundo.

No por ser un cliché deja de ser verdad, y fuente renovable de esperanza y progreso, que toda crisis es oportunidad. En este tipo de circunstancias nacieron grandes empresas y nuevos productos y servicios, como en la recesión anterior un Airbnb o Uber, y antes, corporaciones como GE, Disney o Microsoft también arrancaron en épocas de adversidad económica.

El caso de WeWork es muy buen ejemplo: si bien hoy con algunos problemas financieros, tiene directamente que ver con el hallazgo o la invención, por necesidad, de formas distintas de trabajar: ¿tenemos que ir todos a un lugar, edificio o planta, a la misma hora de entrada y salida? La contracción económica, el crecimiento del autoempleo o freelance (por lo mismo y por la disrupción tecnológica) y una pausa imprevista para aprehender la oportunidad que no se había percibido por estar absortos en la carrera, dieron las pautas para lo que hoy es el coworking.

En ese sentido, en medio de una ansiedad generalizada y pesimismo creciente, surgen en el mapa caminos. Sólo hay que tomarlos en serio, como los artistas pueden hacer de un sueño o del dibujo de un niño, como John Lennon con Lucy in the sky with diamonds, una obra que abra horizontes.

Hoy se publican encabezados de noticias como este en The Economist:Carnicería Covid. Gran parte del comercio global se ha detenido. Algunas compañías nunca reiniciarán”. Pero también he leído propuestas interesantes de políticas públicas, como innovadores programas de protección para trabajadores por su cuenta que pueden ver cortados sus ingresos en este tipo de emergencias. Se pregunta por qué si hay leyes de quiebra para las sociedades anónimas y rescates multimillonarios para corporaciones y bancos no hay un equivalente para familias y Pymes.

Es evidente una mayor cobertura de modelos de negocio innovadores de telemedicina, educación a distancia o esquemas de seguros de desempleo o retiro basados en las posibilidades abiertas por las tecnologías fintech y fórmulas de inversión de impacto y blended finance.

¡Apunten sus descubrimientos!

No sería extraño que planteamientos que para muchos son utópicos, como el ingreso universal garantizado, tomen fuerza en estas circunstancias. Hay que recordar que el Estado de bienestar que acompañó al periodo de mayor auge económico en el Siglo XX surgió como un nuevo pacto social tras el trauma de la segunda guerra mundial que, junto con su terrible costo humano, reveló alternativas y cambió mentalidades y corazones.

En su espacio en Scientific American, el científico atmosférico Ben Santer hace un interesante planteamiento para nuestros tiempos: “¿Cómo el Covid-19 es como el cambio climático?”. Ahí saca algunas lecciones de la crisis que deberían estar al centro del debate global. Al hacer énfasis en que la pandemia implica una enorme perturbación para nuestros complejos sistemas de gobernanza, fuera del alcance de cualquier intento de control nacionalista, señala que “construir organizaciones internacionales efectivas y alianzas es una mucho mejor forma de sobrevivir a una gran crisis de salud global que enfrentarla a solas”.

Como ha dicho Amit Bouri, cofundador y Presidente de Global Impact Investing Network, “la pandemia de coronavirus resalta nuestra interconexión e interdependencia global. Esa red expansiva de conexión humana es, por supuesto, como se movió el virus por todo el mundo. Pero, irónicamente, esos mismos enlaces globales también son la solución”.

¿Quién decide el destino del Amazonas: sólo los brasileños? ¿Hasta dónde llega la soberanía de un país o la discrecionalidad para actuar de un gobernante ante una epidemia que no reconoce fronteras, como frente a una crisis migratoria o las desigualdades sociales y regionales que están detrás? ¿Por qué cuando los retos son más globales aceptamos que instituciones internacionales debilitadas? Son preguntas que hay que hacerse con apertura y disposición de “pensar fuera de la caja”: ahí hay luz para transitar en la oscuridad, valorando lo que es más importante.

Me llamó la atención leer en la columna de opinión del periodista Ricardo Rocha una original alegoría al respecto del novelista Alessandro Baricco: se comenta de promociones, combos, anuncios o regalos de alguna cadena de hamburguesas, ¿pero todavía hay quien se pregunte sobre la calidad y el sabor de la carne? Rocha la usa para una reflexión política, pero en su esencia ayuda para casi todo.

¿Por qué seguimos corriendo y adónde vamos? Si la pausa y este aislamiento temporal dan pie a este tipo de cuestionamientos, hay esperanza. Esto aplica a nivel personal y familiar, tanto como para el mundo.

Les propongo ese ejercicio. Aprovechar parte del tiempo del distanciamiento social para hacernos esas dos preguntas: qué es lo importante y cómo puedes hacer mejor las cosas para ti, por tu comunidad y para el mundo. ¡Apunta tus descubrimientos e invita a tu familia a hacerlo!

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