Cómo usar la psicología para controlar tu dinero

Para ahorrar exitosamente no basta con conocer la tasa de inflación. También hay que tener en mente nuestros objetivos y mantenernos inspirados a seguir ahorrando mes tras mes.

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Cuando hablamos de finanzas, mayormente pensaremos en números, en matemáticas, y en hojas de cálculo.

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La mayoría de los problemas que tenemos con nuestras finanzas personales, sin embargo, no se resuelven en una hoja de cálculo, ni con aritmética o álgebra, ni siquiera necesariamente con números. Se resuelven conociendo nuestro comportamiento ante diferentes situaciones, la forma en que funciona nuestro cerebro, nuestra psicología.

Para ahorrar exitosamente, por ejemplo, no basta con conocer la tasa de inflación y saber cómo calcular el monto que necesitaremos en el futuro. También es de enorme importancia tener en mente nuestros objetivos y mantenernos inspirados a seguir ahorrando mes tras mes.

Para invertir exitosamente, no basta con conocer el rendimiento promedio de un índice y realizar la asignación de activos según nuestro perfil de inversionista. Es indispensable saber que nuestro cerebro ha evolucionado para buscar recompensas inmediatas, para huir de pérdidas temporales, y no tomar en cuenta el futuro. Todas características de un terrible inversionista.

Además, los humanos no somos completamente racionales, también somos emocionales. No somos robots, no somos hojas de cálculo, sentimos miedo, sentimos enojo, sentimos envidia.

Morgan Housel, en su libro “Cómo piensan los ricos” (The Psychology of Money en inglés, un mucho mejor título en mi opinión) dice que no debemos aspirar a ser fríamente racionales al tomar decisiones financieras, sino que debemos aspirar a ser bastante razonables. Ser razonable es más realista y tendremos mayores probabilidades de éxito a largo plazo.

Me encanta, porque ser completamente racional no es alcanzable, no para un homo sapiens, e intentar serlo puede tener repercusiones terribles.

Ser racional contra ser razonable en el ahorro

Cuando se trata de los ahorros podemos aplicar esta idea de ser razonable por encima de ser racional en el sentido de que maximizar los ahorros suena a la mejor idea, matemáticamente hablando. No gastar más que en lo necesario y ahorrar tanto como podamos.

De nuevo, racionalmente esto suena bien, pero no es realista, no es razonable. Shannon Lee Simmons, autora del libro "Worry Free Money" lo asemeja a una dieta de lechuga, en la que lo único que te permites comer es lechuga. Esto es tan insostenible que eventualmente se te atravesará una pizza familiar y te la comerás completa.

Así con los ahorros, no es razonable pensar que solo gastaremos en lo más básico todo el tiempo, que ni un refresco o un café, ni una pantalla o un celular nos compraremos. No es sostenible, por bueno que suene matemáticamente. En la forma en que lo veo, podrían pasar dos cosas. La primera es que nos sentiremos privados, y como en la dieta de lechuga, en algún momento gastaremos más de lo que podemos pagar. La segunda es que perderemos motivación para perseguir aumentos de sueldo (¡para qué, ni lo vamos a gastar!), y estancaremos nuestra carrera profesional. Es mejor ser razonables.

Ser racional contra ser razonable en las inversiones

Algo similar pasa con las inversiones. Invertir completamente en acciones, sin diversificar con clases de activos más estables, racionalmente puede generar mayores rendimientos a largo plazo. Pero invertir 100% en acciones significa mayor volatilidad en nuestro portafolio, y esta volatilidad puede ocasionarnos miedo y dudas que terminan orillándonos a tomar malas decisiones.

Si desde el principio diversificamos nuestro portafolio para que incluya también deuda gubernamental y bienes raíces para reducir la volatilidad, nuestras probabilidades de éxito se incrementarían. Es mejor tener un rendimiento promedio de 10% anual por 20 años sin perder el sueño un solo día, que tener un rendimiento promedio de 30% anual solo por 5 años porque el miedo y la duda generados por la alta volatilidad nos hicieron decidir no invertir más. En el primer escenario una inversión inicial hubiera crecido 5.7 veces, en el segundo solo 2.7.

Otra frase que Morgan Housel escribe en su libro se relaciona perfecto con este tema:

“Más de lo que quiero grandes rendimientos, quiero ser financieramente inquebrantable. Y si soy inquebrantable en realidad creo que obtendré los mayores rendimientos, porque seré capaz de seguir el tiempo suficiente para que el interés compuesto haga maravillas.”

Sesgos a tener en cuenta

Si con esto te he convencido de que la psicología es al menos igual de importante que las matemáticas cuando se trata de administrar nuestras finanzas personales, quizás te preguntes si hay algo específico que deberías aprender. Es decir, así como aprendemos matemáticas o a usar Excel, ¿deberíamos aprender algo sobre el comportamiento humano?

Lo cierto es que gran parte del éxito provendrá más que nada de conocerte como inversionista, conocer qué te inspira a realizar ciertas compras, qué te quita el sueño en la noche, qué tipo de noticias suelen tener un impacto importante en tu vida.

Por ejemplo, podrías identificar (sobre todo recientemente) que la inflación te preocupa, y buscar adaptar tu portafolio de inversión a este miedo, de forma que no importa qué inflación se presente en el futuro, tu inversión esté preparada para ello.

Este tipo de cosas las podemos aprender siendo un poco más conscientes de nuestro comportamiento alrededor del dinero. Algunos puntos adicionales que debemos identificar los comparte Peter Mallouk en su libro “The Path”:

1. Queremos seguir a la manada. Es nuestro instinto, y mientras ese instinto le sirvió bien a nuestros ancestros mientras cazaban mamuts, a un inversionista puede llevarlo a vender por pánico cuando todos lo están haciendo, y a invertir de más en un activo solo porque otros también lo hacen. Escuchemos a Warren Buffet y seamos codiciosos cuando los demás tienen miedo, y tengamos miedo cuando los demás son codiciosos.

2. Los hombres tienen confianza de más. Peter Mallouk menciona un estudio que se hizo en 35,000 viviendas durante 5 años, que encontró que la confianza extra de los hombres resultó en 45% más actividad en sus inversiones que en el caso de las mujeres. Este comportamiento no solo ocasiona más comisiones (que se cobran por cada movimiento) y más impuestos (que se deben al momento de generar ganancias), sino que resultó en un rendimiento 2.65% menor. 

3. Sufrimos de anclaje. El anclaje es un término que los psicólogos usan para explicar los atajos que el cerebro usa para llegar a conclusiones. Por ejemplo, en un experimento que realizó Campbell’s (la marca de sopas), se estableció un gran descuento en el precio de sus latas. En un escenario no establecieron un límite de cuántas latas se podían comprar, mientras que en un segundo escenario establecieron un límite de 12. Cuando no había límite definido, un consumidor compraba en promedio 3.3 latas, cuando se puso el límite de 12, ¡el promedio subió a 7! Los compradores sufrieron de anclaje hacia el número 12. Esto puede pasar al invertir, que el primer precio que vemos de una acción se vuelve nuestra ancla, haciéndonos creer que cualquier precio por encima es muy caro, y cualquier precio por debajo es muy barato (por muy incierto que esto sea).

Sin duda hay varios otros sesgos cognitivos a tomar en cuenta, algunos de los cuales menciona Peter Mallouk en “The Path”, pero espero que con estos sea suficiente para que no le confíes tus finanzas solo a las matemáticas, sino que también incluyas a la psicología en la ecuación.

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