Reinhold Messner: cuando la desgracia cambia tu pisada

La historia de Reinhold Messner, la leyenda viviente del montañismo, nos inspira a seguir adelante, a jamás darnos por vencidos.

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La avalancha fue un destello de nieve.

Jakubaszek | Getty Images

Una explosión preciosa, pero extremadamente peligrosa formada por los desprendimientos de roca y hielo de las paredes del Nanga Parbat, la montaña del destino, la novena más elevada del planeta y en donde el alpinista alemán, Reinhold Messner, perdiera mucho más que siete de los dedos de sus pies por congelación.

Porque ese día de 1970 los dioses de la "Montaña Desnuda" en Pakistán le permitieron a él y a su hermano Günther llegar a la cima, pero en el camino de vuelta los castigaron. Se habían quedado sin comida, sin agua y el hermano menor de Reinhold alucinaba mientras él se adelantaba para encontrar la ruta de regreso al campamento base.

Luego vino la avalancha.

El destello de nieve.
La gélida explosión.
La muerte.

Reinhold se había adelantado tratando de encontrar una ruta para descender. Débil y desorientado, Günther se había quedado atrás. Devastado.

La avalancha se lo llevó, lo devoró, marcando para siempre la vida del hombre que terminaría por convertirse en uno de los más grandes alpinistas de la historia.

Reinhold pasó seis días en la montaña buscando inútilmente a su hermano, hasta que fue rescatado. Después fue señalado por otros alpinistas germanos que lo acompañaban en la expedición de haber abandonado a Günther a su suerte. Sus pies sufrieron de congelamiento severo y siete de sus dedos tuvieron que ser amputados, modificando para siempre la manera en que pisaba.

Reinhold Messner se recuperó del accidente, pero como suele suceder en las desgracias, quedó marcado. Ya no era el mismo. Sus pies lesionados le impedían seguir subiendo paredes de roca como las del Nanga Parbat.

Pero nunca dejó de escalar.

Messner comenzó a buscar retos distintos y a encontrar rutas que su pisada lastimada pudiera soportar. El héroe de la montaña no sería derrotado, aunque su camino hubiera sido modificado.

En los años 70 Messner buscó cumbres que conquistar alrededor del mundo: Irán, Nepal, Pakistán, Nueva Guinea y África oriental. Intentó escalar, sin éxito, la montaña que había devorado a su hermano años atrás, pero no lo logró debido a las avalanchas que parecían empeñadas en recordarle su desgracia.

En 1975 domó sin oxígeno al Gasherbrum I (situado en la frontera entre Paquistán y China), con sus 8,080 metros de altura. Fue el primero en hacerlo. Luego volvió al Nanga Parbat y lo escaló sin ayuda, trazando una nueva ruta que a la fecha nadie más ha podido seguir. Después de esa hazaña subió al K2 y, finalmente, al Everest sin oxígeno.

Para 1986 Reinhold Messner había conquistado las 14 cumbres más altas del mundo, convirtiéndose en una leyenda viviente del alpinismo.

Años atrás el accidente en el que perdió la vida su hermano, cambió el rumbo de su existencia: mutiló su pisada y lo obligó a pensarse diferente. La grandeza de Messner radica en que, pese al dolor, pese a los muñones en los pies y las heridas en el recuerdo, jamás dejó de avanzar.

Se adaptó a la tragedia y no dejó que esta lo detuviera.

Esa es la gran lección del alpinista. Porque habrá ascensos y descensos peligrosos. Días oscuros y noches eternas, plagadas de relámpagos. Caídas en las que nos lastimaremos y en las que, posiblemente, perdamos algunos de nuestros dedos.

Meses enteros de duda. De temor.

Momentos en que nos juraremos en voz baja que ya no podemos seguir adelante. Que es momento de hincarnos, de cerrar los ojos, de dejar que la oscuridad nos engulla. De rendirnos.

Pero no lo haremos.

Porque la fuerza del alpinista existe dentro de cada uno de nosotros. Es el pequeño destello que nos llama, que nos grita cada mañana. Porque pese al miedo, pese a los imposibles que acechan en el horizonte, siempre es tiempo de seguir andando para conquistar otra montaña.