El arte de redefinir tu camino: la increíble historia de Mansour Bahrami

A veces las cosas no salen como uno espera y hay circunstancias que alteran nuestro destino. La historia de este tenista nos enseña una cosa: si tienes un sueño, ¡persíguelo!

Por
Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.

Imagina a un pequeño que observa a un par de adultos jugar tenis en un club deportivo en una ciudad de Irán. Es el hijo de uno de los jardineros que mantienen las canchas impecables y aunque muere por jugar, le está prohibido hacerlo: son los años 60 y el tenis es un deporte reservado a las clases acomodadas en su país.

Julien M. Hekimian | Getty Images

Imagina a ese mismo pequeño con un talento sorprendente: un mago con la pelota y la raqueta, capaz de hacer cosas que físicamente parecieran imposibles. Mansour Bahrami aún no sabe que lo tiene, pero el deporte llama tanto su atención que comienza a trabajar como recoge pelotas y a experimentar con lo que tenga a la mano: sartenes, tablas, utensilios de cocina y cualquier tipo de pelota, aunque no sea de tenis, para imitar lo que observa en las canchas.

Mansour sigue a los jugadores con la mirada, los imita, los supera porque es un pequeño genio.

Su habilidad es tan sorprendente que la federación de tenis iraní lo recluta para jugar a los 13 años y a los 16 disputa su primera Copa Davis en contra del británico, Roger Taylor. Pierde por marcador de 6-0, 6-0, 6-2, pero la derrota no importa porque el joven disfruta el juego y lo que alguna vez fue un sueño comienza a vislumbrarse como una posibilidad: convertirse en un tenista profesional.

El Ayatollah Jomeini y la primera gran prueba

Como suele suceder en toda gran historia, las cosas se complican: tras el derrocamiento del sah, el Ayatollah Jomeini llega al poder en 1980 y prohíbe el tenis en Irán por considerarlo una actividad occidental decadente. Por medio de un decreto la magia de Mansour Bahrami queda oculta de la vista del mundo y el joven tiene que elegir entre abandonar a su familia y a su país, o dejar de jugar tenis.

Durante tres años no le pega a una sola pelota.

En 1983 las medidas del Ayatollah se relajan un poco y se organiza un solo torneo en Terán. Mansour participa y gana. El premio es un boleto de avión para viajar a Atenas que el joven decide regalarle a su novia, pero ella no lo acepta. Le dice que es él quien debe de utilizarlo para salir del país y viajar a un lugar en el que pueda jugar tenis. Con los bolsillos llenos de sueños, el joven deja atrás a su país y a su familia y se marcha a Francia buscando una nueva vida.

La segunda gran prueba, las calles de París

La idea de vivir en Francia le parece atractiva por una sencilla razón: hay cientos de torneos con premios de dinero en efectivo. Él sabe que puede ganar alguno de ellos, sabe que es el mejor. La vida, sin embargo, es mucho más cara de lo que imaginaba. En un afán por ganar dinero, Mansour lo apuesta todo, y lo pierde. Lejos de su familia y en un país extranjero, el joven no tiene en dónde quedarse, vaga por las calles de la ciudad y pasa las noches frente al estadio Roland Garros.

Muchos años después Mansour confesará: "Roland Garros fue un hogar para mí. Cuando no tenía en dónde vivir, caminaba por las calles de París todo el día y dormía en una banca en la puerta número 13. Cuando lo arriesgamos todo para cumplir nuestros sueños, una estrella de la suerte puede aparecer para guiar nuestro camino. Roland Garros siempre será esa estrella en mi corazón".

Cuando lo arriesgamos todo para cumplir nuestros sueños, una estrella de la suerte puede aparecer para guiar nuestro camino.

Su visa de turista expira y Mansour se convierte en un inmigrante ilegal. La idea del tenis pasa a un segundo plano. Cuando ve a la policía huye para no ser deportado y conseguir un empleo se vuelve cada vez más difícil. Hasta que sucede el milagro: convencido de su talento y a pesar de su status de ilegal, Mansour se inscribe en el abierto de tenis de Francia y vence al tercer mejor jugador del torneo. Su estilo alegre se gana el corazón del público. La historia del joven que lo dejó todo para perseguir un sueño cautiva al país y varios políticos le ofrecen su ayuda para arreglar su estatus migratorio y posteriormente, otorgarle la nacionalidad francesa.

A los 30 años Bahrami se convierte finalmente en un jugador profesional afiliado a la ATP. Ha cumplido su sueño, pero ha perdido nueve años de su vida. Ya no es un jugador joven y aunque a los 33 logra llegar a la final del Abierto de Francia en dobles al lado de Eric Winogrdasky, su mejor época como deportista ha quedado atrás.

El arte de redefinir tu camino

Lejos de lamentarse, Mansour abraza su destino. En una entrada de su página web, comenta: "Me encanta jugar. Me encanta sentir que la gente se divierte mirándome. No puedo decirte cuántos partidos he perdido que probablemente debí de haber ganado por estas bromeando. A veces gano, pero si siento que el público no lo ha disfrutado tanto, me siento molesto. Me encanta hacerlos reír. Cuando el público se ríe, soy el hombre más feliz del mundo".

Consciente de que ya es un jugador maduro, Mansour Bahrami inventa a una nueva persona basada en los rasgos que caracterizan su estilo de juego y empieza a participar en eventos y partidos de exhibición. Es alegre, creativo, ocurrente y único. Una suerte de actor, bufón y cirquero que cautiva quien quiera que lo ve. Verlo en acción es un placer. Hipnotiza y atrae miradas. Lo buscan y respetan los más grandes jugadores como Novak Djokovic, Roger Federer y Rafael Nadal. John McEnroe se ha referido a él como "un genio" y Rod Laver lo ha descrito como el jugador más naturalmente talentoso que haya tomado una raqueta en la historia del tenis.

En la historia de Mansour Bahrami hay una enorme lección: aunque las cosas no salgan como esperas, aunque revoluciones, accidentes y obstáculos, siempre puedes redefinir el camino, reinventarte y alcanzar la meta a través de una ruta distinta a la que imaginaste.

Lo que Mansour quería era jugar tenis y a los 65 años lo sigue haciendo. Y se ha transformado en una leyenda, aunque no haya sido "el" campeón.