Vida emprendedora

¿Qué hay en común entre emprender, el maratón de la CDMX y un trago de Coca-Cola?

El acto de emprender no es tan distinto al de correr un maratón. Uno de nuestros colaboradores recuerda su experiencia como maratonista y la compara con el acto de emprender.
¿Qué hay en común entre emprender, el maratón de la CDMX y un trago de Coca-Cola?
Crédito: Depositphotos.com
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Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.

Hace nueve años corrí el primer y único maratón que he hecho en mi vida. Y, como sucede con el emprendimiento, no sabía realmente a qué me enfrentaría.

Había escuchado de todo. Historias de heroísmo y determinación. De sacrificio y de dolor. De caídas y lesiones. De triunfo. Historias de vida, pero también de muerte y desesperación. Los que ya lo habían corrido aseguraban que se trataba de una experiencia maravillosa e inolvidable; los que jamás lo correrían me cuestionaban y hacían dudar sobre la sensatez del acto, sobre la fortaleza de mi corazón y sobre el riesgo que implicaba.

Sí, igual que con el emprendimiento.

Todos los días, antes del amanecer, salía de casa para cumplir con mi cuota de kilómetros, esperando que la disciplina bastara para poder correr 42 mil 195 metros de una sola tirada. ¿Mi meta? Hacerlo en menos de cuatro horas.

240 minutos. Ese era el número mágico en mi cabeza para determinar si acababa o no con éxito. La cifra se basaba en carreras previas de 5K, 10K o medio maratón y yo me sentía conforme con ella, aunque en realidad no tenía ni idea de cómo sería la vida después del kilómetro 21.

Justo como en el emprendimiento.

La noche previa al maratón no dormí bien. Mi miedo era no escuchar el despertador. Además, no podía dejar de pensar en “la pared”. Me apanicaba estrellarme con ella: llegar a ese punto en la carrera en el que el desgaste es tal que tus piernas dejan de reaccionar, respirar se vuelve difícil y tus músculos se empiezan a acalambrar.

Eso podía suceder, aproximadamente, en el kilómetro 33. Los últimos nueve kilómetros serían los más difíciles.

No el principio. No la mitad. La fase final, cuando llevas ya un buen trecho recorrido.

Justo como en el emprendimiento.

Esa madrugada de septiembre desperté con determinación, pero también con temor. El gran día había llegado y lo único que me quedaba era correr.

La incertidumbre de los primeros pasos

Como sucede muchas veces cuando uno emprende, comencé a moverme entre la incertidumbre de los primeros kilómetros junto a una multitud de corredores. Rebasé a algunos y otros fueron pasándome. Al principio me sentía presionado, tratando de seguir un ritmo que no era el mío, pero poco a poco fui encontrando mi cadencia y metiéndome en mi carrera sin fijarme en los demás.

La comencé a disfrutar.

La ciudad lucía esplendorosa y me parecía que la gente que me observaba desde las banquetas me alentaba siempre a seguir adelante. Como si correr fuera un emprendimiento, algunos me miraban con admiración. Como si en mi acto hubiera algo único. Algo sobrehumano e inspirador reservado solo para unos cuántos.

Y sin embargo, después del kilómetro 21 —la mitad del camino— mis piernas comenzaron a sentirse cansadas. Las sonrisas entre el público me parecían menos evidentes y cada kilómetro se hacía más largo y difícil que el anterior.

Sí. Tal como en el emprendimiento.

La crisis la vi venir pasando el kilómetro 30. Una molestia se hacía presente con cada paso justo por encima de mi rodilla izquierda. Dolía y no me era posible ignorarlo. Para el 33 sabía que me había lesionado la pierna y que estaba por estrellarme contra la temida “pared”. Y tal como puede suceder al emprender, el plan perfecto que había trazado para la carrera de pronto se vio alterado.

El sufrimiento me parecía absurdo. Y por primera vez desde que había surgido en mi el sueño de correr un maratón, comencé a dudar si podría terminarlo. Sin pensarlo demasiado, de un momento al otro, dejé de correr y solo caminé…

El corredor y la Coca-Cola

Tenía sed, antojo de ingerir algo dulce y no había cerca ninguna estación de abastecimiento. Mi cuerpo me pedía que de alguna manera le devolviera la energía que le había quitado. El recorrido me había llevado a una zona de la ciudad que no conocía y que lucía desierta. Aquí ya no había nadie que me alentara a seguir.

Además, el reloj indicaba que llevaba más de cuatro horas de haber empezado; no me acercaría siquiera a mi meta de 240 minutos.

Y entonces lo vi.

Su atuendo era el de un maratonista de verdad. Su camiseta roja hacía juego con sus shorts y su cuerpo era delgado, pero marcado. Tampoco corría. De hecho, caminaba más despacio que yo. En la mano llevaba una lata de Coca-Cola.

Se veía deliciosa.

Al verme, él inició la conversación.

—¿Cómo vas?

—Mal. Ya no puedo.

Sonrió como si él hubiera pasado por esto muchas veces. Luego extendió el brazo con la lata de refresco.

—¿Quieres?

Asentí y el trago que le di a la bebida helada de un perfecto desconocido me devolvió por un instante la fe en mí mismo.

—¡Sí puedes!

Dos palabras bastaron para que sintiera que podía correr de nuevo y luego de agradecerle el trago de refresco lo intenté otra vez.

Troté, caminé y volví a trotar. Así por nueve kilómetros más. Crucé la meta con un tiempo de 5 horas y 3 minutos, pero más satisfecho que si hubiera cumplido con mi cometido.

El verdadero maratón

Hoy tiene poco más de un año que, luego de perder mi empleo, tomé la decisión de emprender y probar suerte como freelance y consultor independiente. No tengo manera de saber si he llegado al kilómetro 33 de mi recorrido, pero lo que es un hecho es que hay días en que siento que me encuentro justo ahí, con la rodilla lastimada, frente a la “pared” y con la duda de poder llegar a la meta rondando mi cabeza.

Pero justo como ese día, y pese al cansancio, no he dejado de moverme, de avanzar un paso a la vez, siempre mirando al frente, con la confianza de que cuando crea que no puedo seguir, se aparecerá alguien para ofrecerme un trago de su refresco, una palabra de aliento o un simple consejo.

Ahora que lo pienso, siempre ha sido así. En los momentos más difíciles, en los momentos en de duda, siempre aparece alguien que con un par de palabras te devuelve la fe en ti mismo.

Porque eso sucede en los maratones, en los emprendimientos. Y sí, también en la vida.

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