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Inspiración

El niño que era fatalista crónico y cómo una canción de Marillion le enseñó a vivir el presente

Los primeros días de 2019 han sido complejos. Basta con revisar tu línea del tiempo en redes sociales para encontrar motivos y desesperar. Para caer víctima del pesimismo. En el pequeño relato de un niño que nació fatalista podemos encontrar algo de luz para aprender a evitarlo.
El niño que era fatalista crónico y cómo una canción de Marillion le enseñó a vivir el presente
Crédito: Depositphotos.com
5 min read
Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.

Desde pequeño era un fatalista.    

Cuando papá viajaba, despertaba asustado a medianoche, jurando que el avión en el que volaba se había estrellado. Temeroso, escuchaba el resumen informativo a la mañana siguiente con los dedos cruzados. Cuando la noticia no llegaba, se relajaba; pero solo hasta que su padre había de tomar el avión de vuelta a casa. Entonces el estrés, el miedo y los pensamientos negativos volvían a rondar su cabeza y su corazón como las aves de la desesperación.

Cuando viajaba con su familia en carretera, el niño imaginaba catástrofes: las cadenas del trailer de enfrente –esas que sostenían los enormes troncos– se reventaban de pronto cayendo sobre su auto. Mientras miraba por la ventana, proyectando las escenas del desastre, casi podía escuchar los gritos de desesperación en su cabeza. Esos mismos que en cualquier momento sucederían en realidad.

Las ronchas eran las primeras señales de una epidemia. Cualquier dolor, el brote de un tumor que lo dejaría desahuciado. Cuando su madre dormía un poco más, el niño juraba que ella había muerto. 

En la escuela no era muy diferente. Entregaba tareas convencido de que en algo se había equivocado. El simple hecho de presentar un examen lo condenaba a sentirse reprobado. Los días que pasaba esperando conocer su calificación eran tortuosos: imaginaba reacciones, burlas, regaños, comentarios de desaprobación y decepción.

El niño sufría anticipando cosas que jamás sucedían. Era uno más de nosotros: un fatalista crónico.

Un buen día el pequeño se descubrió transformado en adulto. Tras un millar de batallas, triunfos, algunas derrotas y moretones, tatuajes en el alma y cicatrices en los ojos, comenzó a entender que ese fatalismo no le dejaba nada bueno. Gastaba energía, se torturaba y no lograba nada al pensar en negativo. 

Lo sabía, lo entendía, pero no podía evitarlo. Su fatalismo era un animal desbocado que lo arrastraba hacia el vacío en cada oportunidad.

Ahora era él quien viajaba en avión. Sus vuelos parecían condenados al desastre: cada turbulencia era la antesala del final. Una vez que aterrizaba comenzaba el martirio de pensar en el vuelo de regreso. Los exámenes se habían transformado en presentaciones y largas juntas de trabajo a las que llegaba convencido de que algo saldría mal. Como había sucedido desde el inicio de su vida, cualquier momento de ocio bastaba para amplificar los daños imaginarios de eventos que no tendrían lugar. 

Jamás pensaba en positivo. Existía viciado entre el recuerdo de un trágico ayer que no había sucedido y el temor hacia un mañana plagado de riesgos en el que la fatalidad lo esperaba. 

Su presente pasaba inadvertido. 

Un día, paradójicamente durante un largo, muy, muy largo viaje en avión, escuchó una simple canción que le ayudó a comenzar a hacer un pequeño cambio.

“Happiness is the Road” decía una y otra vez la voz de Steve Hogarth, vocalista del grupo británico de rock progresivo Marillion. Contaba la historia de un hombre torturado por todo lo que había dejado atrás, convencido de que el dolor lo esperaba el día de mañana. 

Arrastraba culpas milenarias y arrepentimiento en tiempo real. 

La canción describía exactamente lo que le pasaba. A él y a muchos más.

Inspirada por el libro El poder del ahora del autor alemán Eckhart Tolle, la canción resumía en una sola frase el pequeño secreto que le ayudó al hombre a empezar a dejar el fatalismo atrás. 

But all we have is happening to us right now. Lo único que tenemos es lo que nos está sucediendo ahora mismo. Nada más.

En este momento tu avión no se ha estrellado, tu auto no ha chocado, tú no has reprobado, el proyecto no ha colapsado. Digan lo que diga, no has fracasado. El tanque de gasolina no se ha terminado. 

Y aunque hubiera sucedido: sigues aquí con el poder absoluto para abrazar, para enmendar, para comenzar de nuevo si fuera necesario. Para aferrarte a un pequeño instante y replicarlo una y mil veces. Para sentirlo. Para vivirlo. 

Para simplemente darte cuenta de que ahora, estás aquí. 

Y eso, siempre será positivo.

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