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Crédito: Depositphotos.com
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Un Salto Hacia el Exito

Un Salto Hacia el Exito

Eche un vistazo a su alrededor porque puede, como Hackett, encontrar elnegocio esperado.

Por Javier Valero Perez-Vargas

Atrapar la idea y hacerla lucrativa: ese es el asunto para hacer un negocio.Para ejemplo, basta un botón. Un viaje a la isla de Papua Nueva Guinea,permitió que A. J. Hackett, de Nueva Zelanda, presenciara un ritual delos nativos de esa isla: consistía en amarrarse una liana a los pies,aventarse al vacío desde un lugar elevado y alcanzar a tocar el suelocon la cabeza al final de la caída. Este golpe debía ser lomás leve posible, para que el joven que lo hacía no se lastimara.Una vez realizado este salto, él ya era considerado un hombre por los desu tribu.

A.J. Hackett tomó la idea para realizar este tipo de saltos pero confines recreativos: en este caso no se tocaría el suelo con la cabeza, seharía desde mayor altura y, en lugar de utilizar una liana, seharía con una liga gigante.

En 1987 viajó a París; tomó su liga, se subió a laTorre Eiffel vestido de smoking y desde ahí, se aventó.Esto ocasionó que lo arrestara la policía y que mucha gentealrededor del mundo presenciara en sus televisores y en los periódicoslas imágenes de este salto.

En noviembre de 1988 estableció en el Puente Kawarau, en Queenstown,Nueva Zelanda, la primera operación profesional de salto bungy enel mundo. La distancia desde este puente hasta las aguas del río quecorre abajo son 43 metros y, debido a la profundidad del río, se ofreceal cliente la opción de sumergir la cabeza al final de lacaída.

Actualmente más de 200 mil personas de diferentes nacionalidades hanexperimentado el salto bungy con la empresa del señor Hackett.

El proceso es muy sencillo: al solicitar el servicio se paga la cuotacorrespondiente, la cual va desde 20 hasta 35 dólares norteamericanos,dependiendo si ya ha realizado algún salto anterior con esta mismacompañía. Posteriormente lo suben a una báscula para versu peso en ese momento, lo anotan con un marcador en su puño derecho. Deaquí pasa al punto desde donde se salta, y ahí, dependiendo delpeso anotado, se determina la longitud de la liga, la cual le amarrancuidadosamente a los tobillos. Entonces viene la cuenta regresiva y se lanza alvuelo.

Actualmente A.J. Hackett cuenta con una marca de ropa deportiva, servicio defotografías y videos para los que saltan; cafeterías y tiendas,la mayoría de las cuales se encuentran en los diferentesestablecimientos donde ofrece el servicio de salto. Opera en cincopaíses con ocho diferentes puntos de salto: dos en Nueva Zelanda (ambosen Queenstown), dos en Australia (Cairns y Kuranda), Indonesia (Bali), EstadosUnidos (Florida y Las Vegas) y Francia (Normandía), y estápróximo a abrir uno más en México, específicamente,en el puerto de Cancún.

Ofrece también, únicamente en Queenstown, el salto bungydesde un helicóptero. En este caso, el aparato se eleva a una altura de300 metros y desde ahí se realiza el salto (Big Jump), queresulta bastante más caro que el salto desde un puente o una plataforma(alrededor de 200 dólares).

A pesar de lo arriesgado que pudiera parecer el hecho de realizar un saltobungy, en los casi ocho años que lleva operando lacompañía de A.J. Hackett nunca han tenido un cliente accidentado,y cuenta con el certificado de calidad y seguridad &flashquotS&flashquot otorgado por la NewZealand Standards Association.

Habría que traer al señor Hackett a México para que vierauna demostración de los Voladores de Papantla. Probablementepodríamos después ver, por todo el mundo, el bungyPapantla style.

La idea original de A.J. Hackett ha sido copiada por muchas personas yactualmente existen cientos de establecimientos alrededor del planeta dondediferentes compañías ofrecen la alternativa de experimentar unsalto bungy. ¿Acaso no es curioso ver de dónde pueden salirideas para un negocio?