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¿Está México peleado con la Responsabilidad Social Empresarial?

Creemos que a nivel sociedad somos responsables con el mundo, pero a nivel empresarial, mágicamente, dejamos de serlo…
¿Está México peleado con la Responsabilidad Social Empresarial?
Crédito: Depositphotos.com

Hace poco menos de dos años en una reunión con un funcionario de una de las entidades financieras más importantes del país escuché la frase “La responsabilidad social no sirve en México”, a lo que se añadió, “eso es para países de Europa pero aquí, no”. En otra reunión con una organización campesina mexicana me dijeron “Aquí no nos interesa eso del bienestar animal porque lo importante es que seamos nosotros, los humanos, los felices y no lo animales”. 

Y es curioso que casi en cada reunión que se habla del tema, aquellas que se encuentran lejos del ecosistema de impacto y de empresas sociales, es difícil escuchar hablar de sustentabilidad, de impacto e innovación social o de cualquier otro instrumento más allá de la rentabilidad, del margen de utilidad, del costo de adquisición del cliente o de recursos humanos.

¿Qué ha pasado, entonces, con todo el trabajo que han realizado grandes instituciones de responsabilidad social como el Observatorio de Responsabilidad social o Forética en España, el Social Enterprise Alliance en Estados Unidos, las B-Corps o la misma Universidad Anáhuac con su Facultad de Responsabilidad Social en México, sin dejar de mencionar a la CEMEFI, a Corresponsables y todas las demás instituciones relacionadas con la Economía Solidaria? 

Al parecer muchas de estas organizaciones, así como todos los que trabajamos en estos temas, luchamos día con día contracorriente. Esa puede ser la primera impresión que nos llevamos o que nos quieren hacer creer. Sin embargo, pienso que esta reticencia a la responsabilidad social más bien, en realidad, es un espejismo y no verdad consolidada en el contexto mexicano. 

Dice un amplio sector de la población que en México todo es diferente a la forma en que se hacen las cosas en el resto del mundo. Se piensa que cuesta mucho trabajo el lograr ser menos agresivos con las poblaciones vulnerables o apoyar la equidad de género aquí “pos las cosas en México así son y no se pueden cambiar”. Pero se dice esto como si en México no nos importara cuidar a los ancianos, proteger a las poblaciones indígenas y sus tradiciones, salvar al jaguar o evitar la destrucción de los manglares.

Basta asomarse a ver todo el trabajo de voluntariado social que se realiza en México, la gran contribución económica a fundaciones por parte de los mexicanos y la unión que se hace históricamente de la población en pro del desprotegido en casos de tsunamis, huracanes y terremotos, para poder observar el error en pensar que el mexicano solo piensa en sacar ventaja o en ser corrupto. Entonces, ¿qué es lo que nos hace creer que en México no existe la responsabilidad social? 

¿Por qué creemos que a nivel sociedad somos conscientes pero a nivel empresarial, mágicamente, dejamos de serlo? ¿Serán los malos ejemplos de ciertas empresas que han ocasionado que el famoso sospechosismo nos llene la cabeza? ¿Será que la desconfianza nos obliga a recordar solo lo malo de nuestra sociedad? ¿O será que tenemos la constante facilidad de generalizar casos particulares y extenderlos a toda nuestra sociedad, a nuestro pasado y a nuestro futuro?

Ya en términos más sectoriales, escucho que lo vegano, lo orgánico, lo sustentable no puede funcionar más allá de los límites de la Colonia Roma, de la Condesa o de Polanco en la CDMX. Se dice que es así porque solamente ahí es donde la gente puede pagarlo. Peor si se piensa que solamente estos mercados buscan un valor agregado lleno de atributos de tendencia, que al parecer ningún otro mexicano quiere.

“Lo orgánico es más caro”

Y este podría ser uno de los argumentos más usados para no consumir productos orgánicos o de comercio justo o con responsabilidad social. El problema es que esta conclusión presupone que todo compra es racional. Sin embargo, en México gastamos fortunas para ir conciertos carísimos, ahorramos miles de pesos para las fiestas patronales, gastamos mucho en lujos que nos damos como teléfonos de 20,000 pesos o fiestas de 15 años, etcétera. Y no hay que ir muy lejos para saber que nuestras compras no son 100% racionales y basadas únicamente en precio bajo, puesto que el mexicano promedio gasta alrededor de 2200 pesos anuales en refrescos, 2640 pesos al año en celular o en sus vacaciones en promedio 6,281 pesos.  Estos son datos del 2013. Ahora habría que sumar, por lo menos, inflación. Si fueran nuestras compras solamente racionales, los datos reflejarían seguramente números menores.  

El mexicano no es el único que gasta irracionalmente/pasionalmente. Basta con ver que el Gobierno Federal en 2015 se gastó más de 25,000 millones de pesos regalando televisiones digitales.

Si en todo ello gastamos, y no en otras cosas como lo es en productos de comercio justo para apoyar a nuestros campesinos, tal vez todo no sea un tema de precio sino de prioridades. Y al parecer, hacer un mundo mejor no es todavía algo esencial en nuestra vida diaria como sí lo es el refresco y la televisión digital. ¡Quizá por ahora sea más importante endeudarse dos o tres años y tener el último teléfono inteligente para poder presumirlo en las redes sociales!