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Lecciones de vida que me dejó el Maratón de Chicago

"Me doy cuenta que todo está en la mente, lo que se logra y lo que no. Se puede hacer lo que se sueña. Simplemente con convicción".
Lecciones de vida que me dejó el Maratón de Chicago
Crédito: Depositphotos.com

Cinco semanas antes de realizar la prueba de los 42 kilómetros recibí la llamada de uno de mis colegas: 

“Voy a correr el Maratón de Chicago. Mi hermana venía conmigo, pero se lesionó y no podrá acompañarme. Pensé en que puedes ser el único loco que lo haría, ¿te animas a venir con nosotros?”

Esa pregunta me dejó helado. Me gustan los retos, pero tal vez esto era demasiado para mí. Decidí aceptar, pues llevo varios años haciendo ejercicio, sin beber alcohol y sin fumar. No recomendaría tomar a la ligera una decisión como esa. Como en todo, hay que tener paciencia. Lo bueno cuesta y se tiene que ir poco a poco.

A partir de ese momento todas mis decisiones estaban basadas en el magno evento. ¿Qué comer? ¿Qué no comer? ¿Cómo entrenar? ¿A dónde ir? Me surgían bastantes dudas y mis conocidos decían que estaba loco y que no lo iba a lograr. Era muy poco tiempo de entrenamiento. ¿Entrenador? Qué va, para eso están YouTube y los libros. 

Dos de ellos me cambiaron la perspectiva: De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami y Born to Run, de Christopher McDougall. Los recomiendo ampliamente si algún día se les ocurre realizar esta prueba tan salvaje.

Existe un mito acerca de la fuerza de los golpes que reciben las rodillas: el impacto de un paso recae tres veces el peso de tu cuerpo sobre las rodillas. Es decir, si peso 68 Kg multiplicado por tres son 204, durante 42,196 metros (prefiero no hacer la suma para no arrepentirme, pero se antoja demasiado).

Comencé el entrenamiento. A partir de ese momento, mi despertador sonaba más temprano, 5:45 am, cuando mucho. Traté de cambiar lo más posible los lugares de entrenamiento para no aburrirme: el Bosque de Tlalpan, el Parque el Ocotal (maravilloso, ir ahí es salir de México sin salir de México), el Sope y la caminadora cuando el trabajo dificultaba las cosas. 

Adiós postres, adiós refrescos. Llegó la hora de comer sanamente. Nunca pensé que mi cuerpo lo iba a agradecer tanto. Después del tercer día de alimentarme de una mejor manera, me resultaba más difícil llevarme un postre a la boca. Es una sensación de sentirse pleno. 

Los planes giraban en torno al maratón. Deje de ver amigos, familia e incluso a mi mujer que tanto amo.

Tenía que lograrlo.

Es impresionante ver como el cuerpo crea resistencia conforme lo entrenas. La disciplina que forjas al entrenarte no solamente te permite terminar la prueba, sino también abre puertas hacía otros horizontes. ¿Quieres ser bueno en algo? Practícalo constantemente y cada vez será más fácil y tu rendimiento mejorará. 

Llegó el día. Todas las horas de entrenamiento y los rechazos a invitaciones habían valido la pena. Es increíble la atmósfera que se genera en la ciudad en vísperas del maratón. Todos unidos por una misma causa: cumplir un objetivo más, demostrar a uno mismo de lo que se es capaz.

Quedaba comer sano y llenar el cuerpo de energía, con carbohidratos.

Los nervios estuvieron presentes durante la última semana. Ya no había vuelta atrás. La condición física no iba a mejorar ni empeorar ya. 

El primer kilómetro fue el más bonito. Se admiraban vistas de la ciudad espectaculares. A partir de ahí todo fue disfrutar. Hasta el kilómetro 25. Ya no eres el mismo. Las rodillas comienzan a cobrar factura y la mente empieza con su juego.  Es impresionante sentir el aliento de la gente. Utilicé una camiseta de México por recomendación de una amiga y todos los paisanos me apoyaban incondicionalmente.  No podía defraudarlos. 

Llegó el momento de la lucha contra la mente. A partir del kilómetro treinta ya no es lo mismo. El cuerpo va en automático y la mente te suplica un descanso. Durante un momento decidí hacerle caso, me fui a una orilla y traté de caminar por un rato. Me fue imposible pues un paisano se acercó y me dijo: No pienses, trota. ¡Tú puedes! El famoso muro.

Fueron momentos de dolor y sufrimiento. Pero en la cabeza solo tenía un objetivo. Terminar a como diera lugar. Es una sensación increíble pensar durante el recorrido en todo el esfuerzo realizado durante el entrenamiento. Así como nos quejamos cuando hacemos las cosas mal, también hay que reconocerse cuando se hace algo bien.

Y ahí estaba: la meta. De no ser por que mi cuerpo estaba deshidratado hubiera derramado lágrimas de felicidad, una sensación indescriptible.

Me doy cuenta de que todo está en la mente, lo que se logra y lo que no. Se puede hacer lo que se sueña. Simplemente con convicción. 

Hay una frase que me encanta para cuando se piensa por mucho tiempo en algo, que dice: “Hazlo hasta que se te quiten las ganas de hacerlo” No se me quitaron las ganas, se multiplicaron. Voy por más, espero correr un maratón al año, cuando menos, y algún día ser Ironman. ¿Qué sería de la vida sin logros, sin objetivos? El maratón me hizo darme cuenta que todo está a mi alcance. Es una gran manera de recordarme que puedo cumplir todo lo que me propongo. 

¿Lo recomiendo? Sin duda. El cuerpo y la mente necesitan meditación. Correr es una meditación activa. La única herramienta son las ganas de querer lograrlo. Tú decides.