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Vida emprendedora

En qué se parecen la saturada cumbre del Everest y tu eterna lista de pendientes

La fotografía de la cumbre de la montaña más alta del mundo llena de alpinistas que esperan, revela un problema de gestión que podría ser similar al que gobierna tu lista de pendientes. Así es como podrías despejarla.
En qué se parecen la saturada cumbre del Everest y tu eterna lista de pendientes
Crédito: @nimsdai/Project Possible, vía Agence France-Presse — Getty Images
6 min read
Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.

Veo la imagen en la pantalla de mi celular y quiero pensar que se trata de un engaño. Una de tantas fotografías alteradas por el Photoshop que nos hacen ver cosas que no son ciertas. El tuit pertenece a The New York Times, medio riguroso que confirma cualquier información antes de publicarla. Muestra la cima del Everest, la mítica montaña que fue conquistada por vez primera el 29 de mayo de 1953, saturada de alpinistas que en fila india avanzan hacia el lugar más alto del planeta.

Imagen: The New York Times vía Twitter

Vestidos con chamarras y rompevientos en telas multicolor capaces de repeler el frío, tratan de avanzar como almas en pena hacia el punto en el que puedan dar media vuelta para regresar victoriosos a su lugar de origen. Pero no pueden. Son tantos que han ocasionado un absurdo atasco en el mismo lugar que hace 70 años jamás había sido pisado por un ser humano.

La imagen me impacta. Por lo que significa y por lo que comunica. Porque podría simbolizar un mundo que se hace cada vez más pequeño, saturado e invadido. Un planeta que poco a poco pierde sus santuarios, sus cumbres, sus lugares tranquilos.

La multitud de alpinistas a 8,848 metros sobre el nivel del mar me recuerda irremediablemente al centenar de pendientes que parecen llenar cada uno de los días de mi vida laboral. Son demasiados. Entre ellos se gritan, empujan y pelean por el derecho que tienen a estar en ese espacio y lugar.

No importa cuántas horas trabaje, ni lo disciplinado que sea, los pendientes encuentran la manera de multiplicarse obligándome a hacer malabares para evitar que uno de ellos vaya a caer por el desfiladero. En tiempo real gestiono a un sinfín de temerarios funámbulos que deambulan por lo alto demandando atención. Cualquier paso en falso, cualquier distracción, hará que caigan de manera irremediable a una muerte segura condenándome a la desesperación.

¿Cómo llegamos a esto?

En el caso del Everest la historia comenzó a acelerarse tras el ascenso a la cumbre por parte de Edmund Hillary y Tenzing Norgay hace 66 años. Ellos fueron los primeros, pero les siguieron muchos más. El humano deseo de superarse ha arrastrado a un enorme número de personas a demostrarse a sí mismos y a los demás que son capaces de conquistar al Chomolungma (nombre que los tibetanos le dan a la inmensa montaña). Hoy es más fácil hacerlo que en 1953. ¿La razón? Por un lado, los avances tecnológicos en el equipo de montañismo cada vez más ligero y resistente; por el otro, el cambio en la geografía misma de la montaña. En 2015 un supuesto terremoto derribó el llamado Paso de Hillary (Hillary Step), una cara vertical de roca de unos doce metros que exigía un último y sobrehumano esfuerzo antes de poder llegar a la cima. La desaparición de este paso facilitó dramáticamente la escalada y abrió la posibilidad para que alpinistas no tan preparados, pudieran alcanzar el sueño de su vida.

Las oficinas de turismo de China y Nepal aprovecharon el cambio en el Everest para promocionar su escalada y ofrecer permisos masivos creando un jugoso nicho para el turismo de aventura. Entre abril y mayo de 2018 cerca de 800 personas hicieron cumbre, batiendo el récord anterior de 667 escaladas en el 2013.

Pero la montaña no está lista para ello. Las rutas de ascenso en la cima son estrechas y solo permiten el avance de unos cuantos alpinistas a la vez. Forzarla puede ocasionar accidentes y muertes que pudieron haber sido evitadas (11 en estas últimas dos semanas).

En el caso de nuestros pendientes, la culpa podría tenerla la tecnología. Con información que llega al instante y plataformas que nos condenan a estar localizables todos los días del año durante las 24 horas, los pendientes que pretenden hacer cima se acumulan en algún lugar de nuestra cabeza. Las notificaciones nos interrumpen, nos presionan, nos agobian y nos distraen de aquellos asuntos que en verdad deberíamos de estar atendiendo.

Tanto en la montaña como en el trabajo, la solución al problema de saturación pareciera estar en la gestión.

Que un pendiente exija tu atención por medio de un timbrazo o vibración, no significa que tenga que ser atendido en tiempo real. Debes de ser capaz de identificar la importancia que cada uno de ellos tiene y asignarles un lugar adecuado en tu lista de tareas por realizar. Si fueran escaladores, deberías de dejar llegar a la cima a aquellos que hayan demostrado que tienen una razón y méritos suficientes para estar ahí. Esto no significa que no pueda haber un alpinista nuevo haciendo cumbre, pero debería de estar obligado a demostrar que tiene la capacidad para ocupar un lugar en lo más alto del mundo.

Si tú no pones un límite, los pendientes (y los escaladores) seguirán llegando. Aprende a decir que no. Se trata de reconocer tu capacidad y de aceptar una carga laboral sensata y adecuada. Con toda seguridad habrá tareas que no puedas rechazar, pero negocia entonces tiempos de entrega sensatos. Muchas veces somos nosotros mismos quienes jugamos al héroe y pretendemos hacer mucho más de lo que podemos resolver. Nos ponemos en riesgo de manera innecesaria, nos desgastamos y no elegimos bien las batallas que debemos luchar (o las montañas que nos corresponde escalar). Intenta clasificar tus pendientes y tareas a realizar y en la medida de lo posible sigue el famoso Principio de Pareto: dedica el 80% de tu tiempo al 20% de tus pendientes (¡los más importantes!).

Recuerda que, tanto en la montaña como en la vida, tú —y nadie más— debes de ser la prioridad. Una mente saturada de pendientes al grado de generar una parálisis no te sirve a ti, ni a tu equipo de trabajo, ni a tu emprendimiento.

Ni a esa montaña que pretendes conquistar.

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