Columnas

Nosotras las mujeres

El papel que debe de impartir la mujer moderna en pleno siglo 21.
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A lo largo de la historia de la humanidad, la mujer ha sido considerada como el “sexo débil”. En mi experiencia, he comprobado que esta declaración no sólo es incorrecta, sino torpe.

Si hacemos un análisis tomando en cuenta el plano anatómico, la mujer sólo es más débil en lo que se refiere a proporciones: su estatura, el grosor de sus huesos y músculos y su resistencia física son menores. Sin embargo, en cuanto a la capacidad de soportar el dolor, la femenina es mayor que la masculina; está prácticamente demostrado que ellos no resistirían la labor de parto. Durante siglos, la “superioridad” de los hombres se ha basado en un simple y casual hecho: ellos son más fuertes que nosotras.

Mi intención con este post no es dar argumentos feministas ni decir que las mujeres son mejores que los hombres. Desde mi punto de vista, es tan mala la discriminación tradicional como la discriminación inversa. Un trabajo cualquiera o una obra no por venir de una mujer es mejor o tiene más mérito, pero hay que saber resaltar el papel de este género en un sinnúmero de disciplinas. En la literatura están Sor Juana Inés de la Cruz, Virgina Woolf, Jane Austen, Agatha Christie (gran precursora del género detectivesco y de misterio), J.K. Rowling, la famosa creadora de Harry Potter, Isabel Allende; en la política, Margaret Thatcher, Sonia e Indira Gandhi, Angela Merkel (la mujer más poderosa del mundo, según la revista Forbes), Dilma Rouseff y Hillary Clinton; en las ciencias, Marie Curie, dos veces ganadora del Premio Nobel ,y Françoise Barré-Sinoussi quien descubrió el VIH. En fin, ejemplos hay muchos.

Sin embargo, en otros planos, como en el mundo de los negocios, la participación de la mujer sigue siendo muy limitada, a pesar de que actualmente más de seis millones de mexicanas son dueñas de un negocio. Según cifras de la OCDE, sólo el 10% de los puestos directivos en el mundo los ocupa una mujer. Sí, hemos tenido grandes avances en cuanto a igualdad de oportunidades, pero las condiciones siguen sin ser totalmente igualitarias, por lo menos en el caso de México. En nuestro país, una mujer que ocupa el mismo puesto que un hombre gana en promedio ocho por ciento menos. Esto, sin duda es una vergüenza y una realidad en muchas empresas e industrias, incluso en la función pública.

Mi experiencia está demasiado marcada por la figura femenina. No sólo por pertenecer a ese sexo, sino también porque mi hogar está compuesto únicamente por mujeres: cinco mujeres y cero hombres. Cinco mujeres trabajadoras, estudiosas y luchonas. Para mí son ellas las que cuidan el hogar, las que lo mantienen y lo procuran, las que se quedan y no abandonan. Mujeres que han estudiado y siguen haciéndolo, que se informan y tienen una opinión, que han sido reconocidas tanto en sus estudios como en sus trabajos, mujeres que platican (bueno, en realidad discuten) sobre economía, política, filosofía y literatura. Mujeres que han demostrado tener las mismas (e incluso más...) capacidades que los hombres.

De acuerdo a un estudio recientemente publicado por la consultora Nielsen, el 80% de las mujeres indicó que el rol del sexo femenino va a cambiar en los próximos años, y la mayoría cree que este cambio será positivo. Sin embargo, este cambio sólo podrá ser una realidad si nosotras nos empeñamos en que así sea, únicamente si nosotras luchamos por demostrar no sólo nuestra capacidad intelectual, sino la importancia de otras habilidades propias del género como la intuición y la empatía en todas las áreas del conocimiento.

Por eso, hoy, Día Internacional de la Mujer me dirijo a todas ellas, a todas ustedes, a todas nosotras. No caigamos en pensamientos feministas inútiles ni en la búsqueda falsa de la “igualdad”; tampoco recibamos ni hagamos felicitaciones sin sentido. Las mujeres y los hombres no son ni deben ser iguales, sino complementarios, pero sí deben recibir los mismos derechos y también las mismas obligaciones. Mejor hagamos notar con hechos palpables lo que somos capaces de lograr y los retos que estamos dispuestas a asumir y que muchas veces incluyen equilibrar y sobresalir en el trabajo, la familia y la propia imagen.

Hace unos días vi la película “La Dama de Hierro”, la cual trata sobre la primera ministra británica Margaret Thatcher. La cinta te lleva por un recorrido por la vida de la primera -y única- mujer en ocupar ese cargo y de las dificultades que por su condición, tanto social como por su sexo, tuvo durante sus 11 años de gobierno. Creo que además de tener una gran historia, el guión es muy inspirador, especialmente la frase “la vida de cada uno debe importar”, la cual pronuncia cuando le proponen matrimonio. Las mujeres no sólo sabemos -ni debemos- planchar, limpiar, cocinar y cuidar niños. Debemos hacer que nuestras vidas importen, que de verdad tengan sentido. Si nos comprometemos a cultivar este pensamiento, en un futuro no muy lejano, la sociedad, la historia y las siguientes generaciones nos lo agradecerán.