Columnas

La revolución de Internet

Internet llegó para quedarse y su única ley es que su única constante, es el cambio. ¡Acéptala!
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Internet cambió al mundo. No sólo la forma en la que nos comunicamos, sino también en la que aprendemos, nos informamos y nos relacionamos.

Pocos inventos a lo largo de la historia de la humanidad han marcado un antes y un después como lo hizo Internet con su llegada en 1969 como ARPANET y con la World Wide Web en los 90. Podemos hablar de un antes y de un después de la invención de la escritura (tanto así que marca el inicio de la Historia hace cuatro milenios), de la imprenta, de la electricidad… y de Internet.  ¿Por qué? Porque todos estos inventos modificaron el status quo y la forma de vivir. Pero más importante aún, porque la mayoría de ellos se refiere al acceso y difusión de la información.

La información es el elemento principal que construye a las civilizaciones y que modela a los individuos, entregándoles las herramientas para crear, innovar y compartir sus experiencias. Con Internet, se ha desarrollado un ideal que hace tan sólo unas décadas hubiésemos pensado que era imposible: la democratización de la información. En la Web no existen límites, niveles socioeconómicos, géneros, razas, horarios ni distancias; no se requieren espacios físicos para almacenar miles de datos, y lo mejor: todos pueden acceder a ella. De acuerdo a cifras de la consultora Ipsos, un tercio del planeta (es decir, más de dos mil millones de personas) está conectado.

Antes de que se inventara la imprenta, en Occidente el conocimiento se encontraba bajo el poder de la Iglesia Católica. Únicamente los monjes y algunos nobles sabían leer y escribir. Todo cambió con la imprenta: la supremacía de la Iglesia y el control sobre la gente se difuminó cuando ésta empezó a educarse leyendo libros. Y es que desde principios de la humanidad, se sabe que la información es poder. Por eso, la trágica quema de libros (por ejemplo la auspiciada por Hitler, por los españoles de los códices prehispánicos y el incendio de la biblioteca de Alhakén, en Alejandría) ha sido una forma de dominar a las poblaciones. Finalmente, la ignorancia es el mejor de los somníferos.

Pero con Internet esto ya no existe ni puede existir. Por más que propongan e implanten leyes para controlar esta indiscriminada difusión de la información, el proceso es irreversible.

Marshall McLuhan, considerado como uno de los padres de la teoría de la Comunicación, hablaba hace más de medio siglo de una “aldea global”; es decir, de un lugar (generado por los medios electrónicos) donde todos los seres están comunicados y perciben como suyos hechos distantes -tanto en espacio como en tiempo-. Tal y como sucede en una pequeña aldea. Sólo basta ver el resultado de la campaña viral contra Kony, un guerrillero en Uganda, que tuvo más de 100 millones de vistas en 48 horas. Hoy, McLuhan tiene más vigencia que nunca: el 57% de las personas con acceso a Internet afirma que se relaciona más por redes sociales que en la vida real.

En este esquema ya no existe la comunicación unilateral lineal y descendente, sino la multilateral. Un mismo mensaje puede tener miles de receptores que, a su vez, se convierten también en emisores. La retroalimentación constante no sólo es una realidad en este medio, sino una necesidad.

Pero hay quienes se resisten a aceptar estos cambios. Repito; Internet cambió el mundo, hasta la forma de hacer negocios y de interactuar con las marcas. Las empresas que relegan al orbe online a un segundo plano están condenadas a fracasar, y no en un largo plazo.

En la actualidad, los consumidores son mucho más escépticos y están acostumbrados a investigar antes de realizar una compra; de hecho, 7 de cada 10 mexicanos consulta la Web antes de comprar. Por lo que si no encuentra en los resultados de Google el sitio Web de tu empresa es probable que nunca llegue a ella. Prácticamente es como si no existieras.

Por otro lado, las redes sociales han provisto un canal eficiente e inmediato para atender dudas, quejas y sugerencias. Y al permanecer al margen de ellas no sólo estás dándole ventaja a tu competencia, sino también perdiéndote una magnífica oportunidad de escuchar qué es lo que en verdad quieren tus clientes (para satisfacerlos) y obtener ideas para mejorar tu negocio, ¿y por qué no? empezar a venderles con un clic.

Y no sólo es eso; sino que también Internet ofrece innumerables posibilidades de hacer y potenciar negocios. Atrás quedaron los tiempos donde la imagen del entrepreneur exitoso era aquel que fundaba grandes imperios a través de la utilización y explotación de recursos naturales, como los granos y las energías no renovables como el petróleo. Hoy, el emprendedor más admirable es un geek que funda una startup millonaria en el garaje de su casa; los ejemplos no faltan: están Bill Gates, Mark Zuckerberg, Sergei Brin, Steve Jobs, Jimmy Wales, Steve Wozniak, entre muchos otros.

Se trata de un “revolucionario” que tiene una gran idea y la pasión para llevarla a cabo. En mi experiencia como editora Web me he topado con numerosos casos de jóvenes muy talentosos (algunos que siguen en la universidad) que ya son dueños de una innovadora startup.

Pero, la realidad es que en México, en cuestión de Internet, estamos en pañales. Aunque la penetración de la Web en la población es de 44% (por encima del promedio mundial), la inversión en tecnología, en publicidad digital y en el desarrollo de empresas online continúa siendo muy bajo. Aún no somos un país competitivo en esta materia (aunado al hecho de que la conexión es lenta y de pésima calidad), pero por eso mismo hay posibilidades infinitas de emprender y ganar con este medio.

Es normal temerle a los cambios. Pero existe una máxima que debemos comprender y asimilar: “Lo único constante es el cambio”. Esta frase del filósofo griego Heráclito es la clave para asimilar la adaptación y la renovación continua, un imprescindible en un mundo donde ha habido más inventos en 50 años que en todos los milenios anteriores… juntos.

Internet puede parecer una plataforma amenazante, descontrolada y tan amplia que siempre nos será imposible entender y dominar. Pero es ahí mismo donde reside su propio encanto. En Internet no existen leyes ni reyes absolutistas; cada día avanza, se modifican las tendencias y surgen cientos de aplicaciones, redes sociales y sistemas operativos. Es imposible ir a la par de su crecimiento, pero más imposible aún es negarlo.

Trabajar directamente en y con la Web es muy retador, aunque algunos juzguen, incorrectamente, como una tarea fácil. Todos los días se aprende algo y hay que inventar nuevas formas de sorprender a un usuario que recibe cientos y cientos de mensajes cada segundo; hay que batallar con las deficiencias tecnológicas (más impredecibles que las humanas), con las actualizaciones en los algoritmos de Google y Facebook, con los presupuestos limitados y con la desconfianza que todavía algunos tienen hacia el único medio completamente libre.

Estar dentro de este mundo es apasionante y abrumador. No existen fechas de entrega ni horas de cierre, porque siempre estamos abiertos. No dependemos del papel ni de los distribuidores ni de las señales radiales y podemos corregir nuestros errores al instante y ser completamente transparentes con los lectores: en online “me equivoqué” tiene solución. Puedes saber cuántas personas leyeron una nota y si les gustó o la compartieron con sus amigos.

Internet es lo que define a esta era. Y los gadgets, apps y programas que faciliten nuestro estilo de vida son definitivos. Mi consejo es que no hay que temerle a lo desconocido y no tratar de controlar lo incontrolable. Internet llegó para quedarse y su única ley es que su única constante, es el cambio. ¡Acéptala!