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Por qué no debes querer cambiar el mundo

Si quieres tener un impacto global, lo último en lo que tienes que pensar es en cambiar este planeta.
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Últimamente, en el mundo startup –especialmente en el sector de emprendimiento social– existen algunas ideas románticas que plantean que el objetivo de cualquier emprendedor debe ser “cambiar al mundo” o “hacer del mundo un lugar mejor.”

Estas frases suenan lindas, pero hay algo que simplemente no me convence de ellas. ¿Por qué lo digo? Enlisto mis razones a continuación:

Decir algo muchas veces hace que pierda su significado

Si bien detrás de esta idea se encuentra una buena intención, algo sucede que, cuando una palabra o frase se repite demasiado, el sentido se desvanece. De alguna manera, lo que se dice pierde algo de valor y se convierte en algo que se pronuncia por inercia pura más que por convicción. La serie Silicon Valley hace una excelente sátira de este punto al burlarse de cómo las startups, sin importar lo que hagan, plantean estar “construyendo un mundo mejor” incluso si su función es diseñar un programa para bajar música de internet con mayor rapidez.

Entonces, querer “cambiar al mundo” se convierte una frase que pierde fuerza, y en lugar de transmitir convicción y una misión fuerte, hace que las empresas parezcan ingenuas o desconectadas de la realidad.

No pienses en grande

En su libro De Cero a Uno,  Peter Thiel plantea que para tener un emprendimiento exitoso es preciso empezar por resolver un problema local, es decir atender un nicho específico, en lugar de querer comerse el mundo.

Esto no implica que debamos dejar la ambición a un lado, ni tener bien claro hacia dónde queremos que se dirija nuestro emprendimiento. Más bien, quiere decir que debemos ser puntuales a la hora de desarrollar nuestra estrategia de negocio, o en el caso de un emprendimiento social, de impacto.

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Por ejemplo: hace unos días me reuní con algunos amigos del sector social para ver qué tipo de proyecto podíamos gestionar que tuviera un impacto positivo. Empezamos a pensar en los problemas del país que más nos interesaría atacar, y después vino la etapa de proponer soluciones.

Cuando tenemos una idea, es muy fácil dejarnos llevar y pensar cómo podría impactar en el ámbito global.  Sin embargo, cuando empezamos a pensar en ese nivel, surgen miles de obstáculos y variables nos pueden hacer pensar que el proyecto es inviable.

Por esta razón, todo emprendedor que se inicia en este mundo debería evitar querer  “cambiar el mundo”  y enfocarse en pensar cómo resolver un problema específico, atender a un nicho de la población, comenzar a un nivel que le permita aprender lo que funciona y no funciona de su modelo. Sólo así podrá para y tener pequeñas victorias que le permitan empezar a escalar y generar un cambio mayor. 

Moraleja: una vez que domines un nicho, expándete.

En lugar de cambiar el mundo, proponte volverte un experto en resolver un problema muy puntual, encuentra un problema que consideres clave y no descanses hasta ver cómo lo puedes resolver primero en tu barrio, colonia o ciudad.

Cuando empieces a tener victorias a nivel local, la propia inercia de tu trabajo te permitirá ir más allá; te abrirá puertas que te permitirán trabajar a mayor escala.

Irónicamente, sólo así, atendiendo los problemas locales, tendrás la mejor oportunidad para cambiar al mundo.