Mamás emprendedoras

6 cosas que mi mamá me enseñó de los negocios y la vida

Mi madre no tuvo una empresa propia, pero ella alimentó mis espíritu (con crema de cacahuate).
6 cosas que mi mamá me enseñó de los negocios y la vida
Crédito: Depositphotos.com

Cuando era niña, mi papá empezó su negocio propio. Recuerdo que nos sentó en la sala de la casa cuando yo tenía 10 años y nos dijo que quería renunciar a su trabajo y empezar su propia empresa. En ese momento no entendí la magnitud de atreverse a emprender (especialmente cuando tienes una familia que mantener), pero lo vi trabajar como nunca en su idea y construir su propia compañía. 

Diez años después, cuando yo misma quise emprender, me sentí confiada porque había visto a mi papá hacer lo mismo. 

Durante toda mi vida fue fácil ver a mi papá como el gran ídolo de mi camino emprendedor, pero mi mamá fue quien nutrió mi espíritu. En honor al Día de las Madres, aquí hay seis cosas que mi progenitora me enseñó sobre manejar una compañía (aunque ella nunca supo que me lo estaba trasmitiendo): 

1. Está bien hacer cosas solo por la anécdota

Cuando mi mamá estaba en la universidad, viajó en bicicleta desde Nueva York hasta California. Sí, leíste eso. Recuerdo que cuando era niña pensaba que esa había sido la más maravillosa aventura y se la contaba a todos mis compañeros de escuela. 

Conforme fui creciendo, quise tener experiencias maravillosas como mi mamá. Siempre que me topaba con la oportunidad de hacer algo grande o atemorizante (¡como iniciar un negocio!), mi mamá siempre me preguntaba cuál era la razón para no atreverme a hacerlo.  Si no veía un peligro inminente, me lanzaba a la aventura. Aprendí de mi madre que es válido hacer las cosas solo para tener una buena anécdota. La experiencia en sí misma vale la pena. 

2. Mandar tarjetas de agradecimiento

Recuerdo que cuando era una niña, mi mamá me regaló un paquete personalizado para escribir cartas. Mi reacción fue horrible. ¿Para qué querría papeles cuando podía haber tenido Barbies? Pero mi mamá me hizo escribir tarjetas de agradecimiento para virtualmente todo lo que recibía, desde regalos de cumpleaños hasta la oportunidad de jugar con el perro del vecino. 

Al principio me parecía una tarea molesta pues pensaba que las personas obviamente sabían que estaba agradecida por sus atenciones. Pero un día recibí una tarjeta de agradecimiento propia y me sentí muy conmovida. Hasta el día de hoy me emociona mucho recibir una carta a través de correo normal (sin contar con las cuentas), así que sigo mandando tarjetas de agradecimiento. 

3. Si no te gusta algo, cámbialo

Cuando éramos niños, mi familia se tuvo que mudar una casa cerca de un lago. Teníamos un lindo bosquesito y una playita en la que podíamos jugar. Un día unos constructores empezaron a talar los árboles cercanos para desarrollar complejos habitacionales en la zona, algo que las personas que nos vendieron la casa nos aseguraron no pasaría.  

Mi mamá empezó una petición y estuvo en todas las reuniones y protestas que se organizaron para detener estas construcciones. No ganó, pero no se rindió sin dar una pelea fenomenal. Ahora, cuando siento que las cosas deben cambiar, hago todo lo que esté en mis manos en lugar de solo sentarme en casa y quejarme, esperando que alguien más haga lo que es necesario. 

Incluso si el cambio particular que quiero no se da, siempre recuerdo lo que mi mamá me enseñó: es mejor saber que hiciste todo lo que estaba en tus manos que vivir preguntándote si pudiste hacer algo por mejorar al mundo. 

4. Sé amable 

Sé que suena cliché y simple, pero es una de las cosas más difíciles de lograr en el día a día. Recuerdo una ocasión en la que mi mamá estaba en la fila del pan cuando un señor muy mayor batallaba para hacer su pedido. Estaba haciendo varias preguntas al cajero sobre el tipo de pan que tenían en el día y el servidor le hacía muecas tratando de hacer que se apresurara. 

Mi mamá se sintió muy molesta por la actitud del cajero y se acercó a la caja y le gritó al trabajador “¡Tú… sé… sé amable!”. Luego se salió del local con toda su furia. Aunque esta historia me parece muy graciosa (y me he reído de mamá miles de veces por ella), ella estaba en lo correcto.  

 Solo sé amable. Es muy fácil impacientarse y buscar solo lo peor en las personas. Y cuando manejas un negocio, todo puede llegar a sentirse como una transacción. Pregúntate a ti mismo “¿Qué obtendré de regreso con mi actitud?” El retorno de ser amable puede ser mejorar el día completo de otra persona. 

5. Empieza la conversación

Recuerdo un día en el que mi hermana y yo nos empujábamos en carritos del supermercado mientras mi mamá platicaba con un completo extraño sobre, bueno, crema de cacahuate. Yo pensaba “Mamá, ¡agarra la que tiene pedacitos y ya vámonos!”. ¿Para qué tenía que consultar la compra con un extraño?

Algo que me molesta de muchos emprendedores es que solo hacen networking con otros emprendedores que puedan ofrecerles algo. Mi mamá me enseñó la importancia de hablar con las personas y conocer sus historias, sin importar qué puedas recibir a cambio. 

6. Hazte presente

Cuando era niña, mi hermanita y yo participábamos en todo campamento y curso que se realizara en nuestra zona. De espías, de gimnasia, de veterinaria, de lo que quieras. 

Pienso que hay dos posibles razones por las que mi mamá nos inscribía: para que no estuviéramos sin hacer nada durante el verano y para hacernos convivir con personas diferentes. Aunque no me convertí en veterinaria o espía, estas experiencias me ayudaron a sentirme cómoda al llegar a lugares donde no conocía a nadie.  

Es impresionante lo que puede pasar cuando simplemente te “haces presente”. Una vez me pidieron dar una charla de último minuto en una conferencia. Me atreví a hacerlo y gracias a ello, conocí a Jeff Hoffman, cofundador de Priceline.com quien ahora está en mi consejo directivo y es un amigo y mentor muy querido. Mi mamá fue quien me enseñó que no se pueden tomar las oportunidades cuando no estás presente. 

Cierto, mi mamá no empezó un negocio y no me enseñó como manejar el mío. Pero no necesitó hacerlo. Solo tuvo que cruzar su país en bicicleta, meterme a cuando curso se le ocurría, desesperarse en la línea del pan, platicar sobre crema de cacahuate y comprarme papeles para hacer tarjetas. 

Gracias, mami.