Eufrosina Cruz, la indígena emprendedora de la política

Esta oaxaqueña de 38 años cambió la historia de discriminación hacia las mujeres en México y el mundo, aunque para ello tuvo que pasar por el llanto de sus padres. Esta es su historia.
Eufrosina Cruz, la indígena emprendedora de la política
Crédito: Aturo Luna / Entrepreneur en Español

“Todo el mundo dice que estás loca”, le dijo su padre a Eufrosina Cruz, aquella tarde del año 2008, cuando regresó a su pueblo, Santa María Quiegolani. “¡Ya ves! Mira lo que estás haciendo con papá. Te dijimos que acá las mujeres no sirven, que las mujeres no votan, pero tú no entendiste”, le echaron en cara sus hermanos.

Eufrosina se encontró a sus padres llorando afuera de su casa, mientras desgranaban unas mazorcas de maíz. “¿Qué no nos quieres? Mira, todo el pueblo está hablando de nosotros”, le dijeron.

Santa María Quiegolani es una pequeña comunidad chontal de la sierra sur de Oaxaca de menos de 2,000 habitantes, donde, apenas en junio de 2007, Eufrosina había vencido tres de las principales razones para ser discriminada en México: ser mujer, ser indígena y ser pobre.

Aunque los usos y costumbre de su pueblo impedían la participación política de las mujeres, ella fue candidata a la presidencia municipal de Quiegolani. Aquel día no ganó porque el candidato oponente, Saúl Cruz Vázquez, ordenó destruir las boletas electorales que apoyaban a Eufrosina.

Esa derrota injusta se convertiría en un impulso aún más fuerte para seguir luchando por los derechos de las mujeres. Pero esa tarde de 2008, Eufrosina se dobló. La desarmó ver a sus padres llorar, desconsolados, como dos niños chiquitos.

“Hasta aquí llego”, se dijo así misma, dispuesta a detener su lucha para evitar el sufrimiento de sus padres, a quienes, además de insultos y discriminación, los castigaron retirándoles todas las ayudas de programas sociales. “¿Qué hice? ¿Qué estoy haciendo?”, se cuestionó.

Decidida a parar su activismo, La China, como le dicen de cariño, entró a un pequeño cuarto de tablas donde la esperaban muchas de las mujeres del pueblo, quienes, como ella, eran víctimas de los abusos y la discriminación. Ahí se topó con los ojos de esperanza de esas mujeres, con sus caras cansadas, pero decididas a seguir peleando.

“China, ¿te vas a agüitar? ¡No te dejes!!”, le dijo una de las mujeres.

Eufrosina tenía que decidir: o dejaba su lucha para detener el llanto de sus padres, o seguía adelante para defender los derechos de las mujeres de su pueblo. Ante la disyuntiva que le puso la vida, Eufrosina cuenta en entrevista lo difícil que fue tomar una decisión: “¿Qué haces? ¿Qué camino tomas: el amor a tus papás o esa fuerza de esas mujeres? Porque, al final del día, quienes la padecían eran ellas. El dolor, la violencia, la discriminación, la invisibilidad para su propia familia, eran ellas.”

Por eso, aquella tarde en Santa María Quiegolani, no había mucho qué pensar y Eufrosina tomó la decisión de seguir su lucha. “Hoy, a casi nueve años, creo que decidí el camino correcto de no callarme y pasar este trago… Tomé, tal vez, el camino más doloroso, pero era mi responsabilidad.”

El maestro Joaquín

“Soñadora, rebelde y terca”. Así se define así misma Eufrosina Cruz, quien nació el 1 de enero de 1979 en Santa María Quiegolani, en una familia zapoteca. Aunque sólo hablaba su idioma materno, a los 12 años aprendió el español.

“A pesar de que todavía era niña, me estaban preparando para ser mujer. A los 11 años ya sabía hacer tortillas, traer la leña en el burro. Y esa circunstancia no me gustaba ya. Había algo en mí que decía: ‘No quiero esto. No quiero este dolor’ porque había dolor. ‘No quiero esta violencia’ porque había violencia. ‘No quiero este sometimiento’ porque no te preguntan si te gusta o no te gusta”, cuenta.

En esa época, una persona fue su ejemplo e inspiración para buscar su propio camino en la vida: su maestro Joaquín, quien caminaba todos los días 12 horas para llegar a dar clases a Quiegolani. Era un momento en que no había carreteras ni luz eléctrica en el pueblo. Eufrosina y sus compañeros aprendían en un salón que estaba hecho de tablas y que tenía piso de tierra.

“El maestro, me acuerdo muy bien, nos llevaba recortes de periódicos, y mis ojos veían imágenes que en mi entorno no había. Y eso, yo creo que me hizo empezar a soñar… Primero, a saber que había una palabra que se llama ‘sueños’, y esos sueños me transportaban más allá de la montaña. Y yo creo que de ahí nace esta fuerza de querer descubrir, la inquietud, la terquedad de ir por esos sueños.”

Fue justo a los 12 años, al terminar la primaria, que Eufrosina le dijo a Domingo, su padre, que quería estudiar la secundaria. La respuesta fue contundente: “No. Tú estás aquí sólo para casarte y tener hijos.” Ese fue el destino de sus hermanas, de sus cuñadas y de su propia madre, Guadalupe.

Eufrosina lloró por días enteros. Ahí nació su rebeldía. Al final, sin consuelo por la negativa de su padre, dejó su casa y su pueblo, casi desterrada, para ir a estudiar a Tehuantepec.

Para mantenerse mientras estudiaba la secundaria, vendió chicles y fruta en las calles de Salina Cruz, Oaxaca. Con su trabajo y el apoyo de algunos familiares, logró titularse como contadora en la Universidad Autónoma Benito Juárez.

A la distancia, Eufrosina sabe que salir de su pueblo fue lo correcto. “Siempre he dicho que si me hubiera quedado en mi pueblo, yo formaría parte de las estadísticas de pobreza y marginación de este país. Pero decidí romper con eso.” Para ella, el único camino es “cambiar la resignación y convertirla en una oportunidad”.

Emprender en política

A Eufrosina Cruz no sólo le arrebataron el triunfo en las elecciones para la presidencia municipal de Santa María Quiegolani un 4 de junio de 2007. Ese día, además, los mismos encargados de supervisar y calificar la elección se burlaron de ella y la insultaron.

Pero eso no la detuvo. Ahí inició una lucha por defender los derechos de las mujeres de su comunidad, de su estado y de su país. Ahí decidió emprender en la política, usar la política para el bien, no para el mal, cambiar al mundo con la política.

Esa lucha la llevó, el 8 marzo de 2008, a un evento en Tetecalita, Morelos, donde el entonces presidente Felipe Calderón y su esposa Margarita Zavala conmemoraban el Día Internacional de la Mujer.

Eufrosina se presentó sin invitación. Tras varias peripecias para pasar los filtros del Estado Mayor Presidencial, logró entregar a Calderón una carta de tres hojas. Ese día, pudo leer esa misiva frente a toda la audiencia. Ese día, también, inició una alianza política entre ella y la pareja presidencial, que en 2010 la llevaría a ser candidata a diputada local por representación proporcional por la coalición Unidos por la Paz y el Progreso, formada por los partidos PAN, PRD, PT y Convergencia.

No sólo fue electa, sino que el 13 de noviembre de 2010, cuando se instaló formalmente al LXI Legislatura del Congreso de Oaxaca, fue la primera mujer indígena en presidir el Congreso del estado.  

Su triunfo no estuvo exento de retos. Se burlaban de ella por ser mujer, por ser indígena, por hablar otra lengua, porque le decían que no tenía la experiencia ni la capacidad para presidir la Cámara de Diputados local.

“El que no tengas la experiencia —porque la capacidad la tenemos todos—, el que empiecen a burlarse porque hablas una lengua diferente a los demás, el que hayas arrebatado un espacio a quienes habían sido magistrados y senadores, psicológicamente te afecta y te lleva a pensar: ‘¿Entonces no puedo?’”, recuerda.

Aunque también ha sido criticada por obtener esta diputación local por la vía plurinominal, Eufrosina asegura que eso no es ilegal y que, a diferencia de muchos políticos, ella se ha negado a entrar al juego de la corrupción y ha mantenido sus ideales.

Pese a las burlas y discriminación, Eufrosina siguió su lucha por los derechos de las mujeres. En 2012, fue electa como diputada federal por el PAN y, gracias a esa lucha, se hicieron reformas en Oaxaca e incluso en la Constitución mexicana para incluir el derecho de las mujeres indígenas a votar y ser votadas en cualquier elección popular.

También la Organización de las Naciones Unidas (ONU), quien la reconoció como uno de los 100 liderazgos que han movido al mundo,  adoptó su iniciativa de reconocimiento a los derechos políticos de las mujeres de los pueblos y comunidades indígenas.

Pero no todo en la historia de Eufrosina la pinta como heroína. En un reportaje publicado en Newsweek en Español, se registran un par de incidentes en los cuales muestra otra cara.

A finales de 2010, cuando Eufrosina era presidenta del Congreso de su estado, según cuenta Silvia Pérez, quien fue integrante de la Asamblea de Mujeres Indígenas de Oaxaca (AMIO), los miembros de su organización buscaron a la diputada local para pedirle apoyo para que se respetará el triunfo de la indígena zapoteca chinanteca Blanca Evic Julián Estrada como presidenta municipal de San Juan Lalana, el cual le había sido revocado dos veces por el tribunal electoral.

Pérez le cuenta a Newsweek que Eufrosina les dijo: “Yo no puedo hacer nada”. Luego matizó con un “veré qué puedo hacer”, pero, al final, nos les ayudó y Evic Julián nunca ejerció el cargo.

Más tarde, en febrero de 2013, cuando en la Cámara de Diputados se organizó un diálogo de indígenas jóvenes que lideraban organizaciones civiles con la Comisión de Asuntos Indígenas, presidida por Eufrosina, “la diputada llegó sin interesarse por nosotros, los invitados. Pronunció un discurso y se retiró de inmediato sin escuchar las propuestas que las jóvenes llevábamos”, contó a esa revista semanal la joven indígena zapoteca Dalí Ángel, galardonada con el Premio Nacional de la Juventud 2012, el mismo que Eufrosina recibió en 2007.

—¿Por qué usar la política, tan cuestionada hoy, como un medio para buscar cambiar la realidad del país? ¿Por qué convertirse usted misma en política cuando los políticos hoy no tienen credibilidad? —se le pregunta.

—Porque yo creo que, en primer lugar, hemos dejado al político que haga la política. Y yo he entendido que, hoy más que nunca, la ciudadanía debe arrebatarle la política a los políticos.

“Todavía me duele”

Hacia el futuro, Eufrosina Cruz planea seguir el camino de la política para cambiar las cosas que le parecen injustas en México. Hoy, confiesa, quiere ser gobernadora de Oaxaca, su estado.

“Yo voy a seguir con mis sueños, voy a seguir aportando lo que me corresponde desde mi trinchera, ya sea en la política o en la sociedad. Yo convocaría a la ciudadanía que tomen la política. De verdad, es urgente que más ciudadanos lleguen a la política para poder cambiar muchas cosas que los propios ciudadanos criticamos, como la corrupción… Cuando nosotros mismos lo hemos permitido. Involucrémonos más”, dice a Entrepreneur.

Durante la charla, que ocurre en el lobby del Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, Eufrosina contesta frente a la cámara que la graba, mientras trata de calmar a su hijo de tres años que juega en sus faldas.

“Hoy, que ya soy mamá de un niño bien travieso, yo quiero un México donde los hombres y mujeres tengamos las mismas oportunidades, que se nos mida de acuerdo a nuestra capacidad. Como mamás, tenemos la responsabilidad de ir sembrando esa semilla en nuestros hijos, que sepan que no por el hecho de que sean hombres, tienen más derechos o tienen más obligaciones, sino que van a tener las mismas oportunidades”, dice.

Como joven que es a sus 38 años, Eufrosina ve la esperanza de México en los jóvenes. “Yo les diría que no tengan miedo, que si se caen una vez, que se levanten. Yo siempre he dicho que los mejores guerreros somos los que nos caemos un chingo de veces y nos levantamos de esa caída, y nos damos fuerza para seguir. Y que conviertan esa terquedad, esa rebeldía, en una causa.”

Con la esperanza en sus ojos oscuros,  describe al país que quiere: “Quiero un México donde seas indígena o no seas indígena, seas mujer o no seas mujer, tengas las mismas oportunidades de educación, de salud.”

Con rabia, se acuerda que, hace dos años,  su padre sufrió un derrame cerebral porque el hospital más cercano a su pueblo está a seis horas. Por ser pobre y ser indígena, no tuvo acceso a los servicios de salud que pudieran atenderlo a tiempo.

Hoy, ese mismo padre que la recibió llorando, avergonzado de ella por querer ser presidenta municipal, con la frase: “Todo el mundo dice que estás loca”, sigue siendo un motor, una razón de ser y hacer para Eufrosina:

“Ese señor duro, fuerte, que aprendió conmigo a los 73 años que su hija mujer vale igual que su hijo hombre, es como un bebé porque el hospital más cercano está a seis horas. Por eso, me sigue doliendo. Por eso, sigo en esto.”

 

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