El emprendedor y el dragón llamado fracaso

Aunque no nos atrevamos a decirlo en voz alta, el miedo al fracaso gobierna nuestras vidas como un feroz dragón. Una frase escrita por un poeta hace más de 90 años nos revela un poco de la verdadera naturaleza de la bestia y de lo que tenemos que hacer para que no nos robe el deseo de emprender.
El emprendedor y el dragón llamado fracaso
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Hace más de 90 años el poeta escribió sobre dragones y sin saberlo cambió el significado que estos deberían de tener en nuestros corazones. La frase, contenida dentro del libro Cartas a un joven poeta del escritor Rainer Maria Rilke, fue publicada en el año de 1929 y reverbera hasta nuestros días sin perder impacto ni relevancia. Porque, aunque no existan, los dragones están ahí, acechando a cada uno de nosotros. Con sus fauces abiertas, lanzando llamaradas que solo nosotros vemos cuando pretendemos desviarnos del camino que alguien más trazó en la cartografía predefinida de nuestra vida.

Cada uno de nosotros pareciera tener al suyo: un imponente dragón que nos vigila de día y de noche. Algunos son enormes y monstruosos, con tres o cuatro cabezas y garras que lo rasguñan todo. Otros son pequeños y silenciosos, más parecidos a las diminutas pesadillas que aguardan en los diversos rincones de nuestra conciencia, esperando a que caigamos dormidos para aterrarnos con imágenes en las que nos reconocemos a nosotros mismos falibles e imperfectos, tristes y afectados.

En una sola palabra: fracasados

Sus sombras, dibujadas por nuestros movimientos en esas batallas que no ganamos, son lo único que alcanzamos a ver. Pero bastan para paralizarnos, para obligarnos a seguir andando eternamente por un profundo surco. El mismo por el que anduvieron tantos y tantos antes que nosotros, convencidos de que mientras no se desviaran, todo estaría bien. Resguardados en el camino de lo cotidiano, ocultándose de esas bestias aladas que podrían acabar con ellos. Sin darse cuenta de que esos dragones en verdad son heredados.

Ellos fueron engendrados en las historias que escuchamos: las de nuestros padres y las de nuestros abuelos. Las de nuestros amigos y las de nuestros enemigos. Las de nuestros jefes y compañeros de cubículo.

Fueron sus relatos los que dibujaron en nosotros al miedo. Alados y enormes cuerpos reptilianos. Facciones y hocicos con colmillos afilados. Imágenes de ataques feroces y consecuencias atroces. Postales de empleados rotos, descuartizados por atreverse a andar un camino alterno al que alguien más, al nacer, les indicó que debían seguir porque no existía otra opción.

Ellos dibujaron en nuestra cabeza a la bestia que más tememos: a ese dragón llamado fracaso. El ser alado que nos aterra y nos rompe antes de que nos atrevamos a dar el primer paso. El que nos mantiene encadenados a oficinas que no son nuestras, en escritorios que no nos pertenecen, en puestos y proyectos que nos fueron prestados hasta el día en que alguien más decidió que era momento de abandonarlos.

Es por el miedo al dragón del fracaso que soportamos y sacrificamos, que extraviamos y ahuyentamos, que postergamos y anulamos.

Por miedo claudicamos y ni siquiera lo intentamos.

Eso hace que las palabras del poeta sean hoy más relevantes que nunca. Porque en el pequeño libro que compila las cartas que Rainer Maria Rilke dirigió al militar y escritor austriaco, Franz Xaver Kappus, entre 1903 y 1906, hay una frase que encanta a quien se atreve a mirarla:

“¿Cómo hemos podido olvidar los viejos mitos que se yerguen en el comienzo de todos los pueblos, los mitos de aquellos dragones que en el instante supremo se transforman en princesas? Quizá todos los dragones de nuestra vida sean princesas que sólo esperan vernos una vez hermosos y valientes…”

Quizás.

Porque ese dragón al que tanto tememos, al que evadimos y evitamos a toda costa, pudiera ser lo que en realidad buscamos. Para atrevernos a descubrir quiénes somos, para conocernos, para asombrarnos con nuestra verdadera capacidad. Quizás al sentir tanto miedo hemos cerrado los ojos una y otra vez, en los momentos en los que el dragón del fracaso salió de las sombras y se mostró como en realidad es: complejo y hermoso como una princesa. O como una gran oportunidad.

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