Yucatán

Emprender en Yucatán y Campeche

"La Península de Yucatán es una tierra de oportunidades. Ojalá los emprendedores las identifiquen".
Emprender en Yucatán y Campeche
Crédito: Depositphotos.com

Pasé las recientes vacaciones de Semana Santa en Yucatán y Campeche. Visité algunas haciendas, cenotes, playas y, por supuesto, las calles de?los centros de Mérida, Izamal y Campeche. Me maravilló la pujanza que se observa en esos lugares. Decenas de comercios nuevos floreciendo; miles de turistas locales movilizándose por las playas (particularmente en Progreso), y varios turistas extranjeros (muchos de ellos canadienses) familiarizándose con los rincones de la Península de Yucatán. El hotel en el que me hospedé en Progreso, por ejemplo, pertenecía a un ciudadano noruego y estaba al borde de la playa (cosa que viola la ley, por cierto; aunque me imagino que se hizo del inmueble a través de un fideicomiso).

Pero al mismo tiempo me di cuenta de las grandes carencias que existen en muchos aspectos dentro de las ciudades campechanas y yucatecas, lo que abre un océano de oportunidades para los emprendedores de todo el país que buscan mercados relativamente poco saturados y vibrantes.

El portal La Verdad reportó a principios de marzo que el director de Desarrollo Urbano de Mérida, Aref Karam, declaró que esa ciudad crece desmesuradamente:

“Creo que para nadie es un secreto el crecimiento que ha tenido la ciudad en los últimos 25 años. En ese entonces, la ciudad tenía una extensión de 8,000 hectáreas y hoy tiene una extensión de 24,000 hectáreas, lo que quiere decir que la capital yucateca en extensión territorial ha crecido tres veces lo que éramos hace cinco lustros”.

En la Península de Yucatán hay mucho por hacer. En Puerto Progreso, por ejemplo, prácticamente no hay infraestructura turística de calidad. A la vista del turista se trata de un pueblo a la orilla del mar, con barrios populares en Chelem y en Chuburná; y casas de millonarios del lado contrario, en Chicxulub, hacia el oriente. Pero no hay hoteles que puedan albergar a un número amplio de turistas, ni infraestructura completa de servicios al turismo. Los restaurantes de Progreso son regentados por familias de manera intuitiva, y a pesar de que en ciertas temporadas hay filas enormes para comer en ellos, no se observa que estén a la altura del estándar turístico que puede llegar a visitarlos. No tienen una hostess o un capitán al frente; sus meseros no utilizan uniforme y todo indica que de la cocina salen los platillos priorizando el grito del mesero que tuvo la voz más sonora y veloz.

En Campeche ocurren fenómenos similares. La ciudad es muy tranquila. Los servicios turísticos se limitan a cinco cuadras de la Calle 59, que va tomando tracción, pero donde todavía pende algún letrero viejo de algún vecino molesto que rechazaba que la hicieran peatonal. Los campechanos están en shock por la nueva realidad que vive Pemex, aunque parecen no haberse percatado del gran estado que tienen, ni de las oportunidades que ahí se podrían detonar.

Con los pueblos del interior ocurren fenómenos similares. Cuando visité Izamal, por ejemplo, me habría gustado gastar ahí todo un día, o más, visitando algunas galerías de arte, comprando alguna artesanía local, o pudiendo elegir entre ocho o diez restaurantes donde comer o tomar una copa. Pero esto no es posible en ese, el primer Pueblo Mágico, porque restaurantes visibles para el turista sólo hay uno (Kinich); y también puede verse una sola tienda de artesanías con henequén.

La Península de Yucatán es una tierra de oportunidades. Ojalá miles de emprendedores mexicanos las quieran ver.