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Esfuerzo personal Vs. esfuerzo inteligente

El tenis, al igual que los negocios, no es un juego de quién pone más energía sobre la mesa, sino de quién lo hace mejor.
Esfuerzo personal Vs. esfuerzo inteligente
Crédito: Depositphotos.com

El tema del trabajo duro es fascinante.

Para muchos emprendedores es casi un ritual religioso el hablar del trabajo duro y del esfuerzo personal como factores imprescindibles en el éxito profesional. La camiseta sudada por las tardes puede parecer una prueba irrefutable del valor puesto en la cancha, de los méritos y el coraje personales en la persecución de nuestros objetivos.

Muchos quienes lean esta columna, puestos ante la interrogante de qué es necesario para el éxito del negocio, señalarán sin lugar a dudas que el trabajo duro es un factor clave, imprescindible: un verdadero mandamiento empresarial. Sin embargo, esta cualidad, que por cierto importa, podría estar sobrevalorada, y su práctica llevada al exceso podría ser un error estratégico.

¿Por qué?

Analicemos el caso del deporte blanco: el tenis. Para quienes no tengan familiaridad con el deporte de la raqueta, uno de los momentos claves es el servicio, aquel instante en que cada jugador tiene la responsabilidad de poner la pelota en juego. Lo hace con ventaja, haciendo del saque un instante clave. Pues bien, los tenistas modernos han llegado a tal nivel de sofisticación en sus saques que la velocidad a la que la pelota viaja es una locura: Ivo Karlovic tiene a la fecha el récord de velocidad en el saque, con una velocidad de 251 km/h. Entonces ¿cómo hace un ser humano de carne y hueso para lanzar de vuelta una pelota que viaja a semejante velocidad?

Los mejores tenistas lo hacen con estrategia, no exclusivamente con esfuerzo. El tenis, al igual que los negocios, no es un juego de quién pone más energía sobre la mesa (esfuerzo), sino de quien lo hace de forma más inteligente. Anders Ericsson, el hombre que acuñó la idea del entrenamiento deliberado, muestra cómo una de las habilidades aprendidas esenciales de los tenistas de alto rendimiento es la capacidad para anticipar el saque del rival y, con ello, identificar el lugar donde la pelota irá. No es solo un tema de mejores reflejos y mayor velocidad de reacción, sino de estrategia, de conocimiento. Visualizar dónde el rival enviará la pelota y anticiparse a la jugada. Es el paradigma de la eficacia, no de la maximización del esfuerzo.

La misma filosofía aplica para el mundo de los negocios. Lo importante no es masticar el polvo del día con día, mañana con mañana, haciendo méritos para el éxito, sino poner nuestra energía personal (escasa y limitada, como todo en el vida) allí donde es prioritaria. Visualizar aquellas áreas claves que requieren nuestra atención y derivar lo restante a quien corresponda.
El esfuerzo personal es importante, pero más definitorio es el esfuerzo inteligente.

¿Por qué el esfuerzo inteligente es una mejor solución?

1. El foco en el trabajo duro pone el énfasis en la idea de maximizar el gasto energético propio, cuando la gestión del negocio lo que busca es la maximización de la generación de valor. El objetivo del negocio es maximizar valor, tanto para los consumidores, los accionistas, colaboradores, etcétera. Es decir, valor, no esfuerzo. No todo lo que hacemos día con día genera valor, por tanto, no todo es prioritario. Como en el tenis, ganar un partido de cinco sets requiere no solo esfuerzo físico, sino que ante todo, mucha inteligencia en el uso del flujo energético propio y limitado. ¡Esfuerzo inteligente!

 2. La perfección puede llegar a ser enemigo de lo bueno. Hacer cosas hasta el borde de la extenuación física y mental, es, en muchas ocasiones, un síntoma de algo que podríamos llamar la vocación por la perfección. Un grado de perfección que en muchos casos simplemente limita las posibilidades de valor de la empresa. Steve Blank y Eric Ries popularizaron un concepto ya existente, el Minimum Viable Product, o Producto Mínimo Viable, para referirse a aquel prototipo de producto comercial capaz de salir al mercado y entregar valor a los clientes inclusive no estando terminado en un ciento por ciento.

La filosofía que hay detrás es sencilla: para vender basta con el valor, no con la perfección. A veces tenemos una idea del producto ideal en nuestra mente y no descansamos hasta alcanzarla. Ello no es necesario. Recuerdo mi estadía en Estocolmo en una cadena escandinava de hoteles bastante reconocida. En el pasillo de mi habitación, todas las mañanas se trabajaba desde temprano en la remodelación de las instalaciones: el ruido mañanero no impidió que me vendieran una habitación en medio de ese caos y a un precio bastante más que razonable.

Recuerda: ¡valor, no perfección!