La fórmula de 5 palabras de Tom Brady para lidiar con ese angustioso proyecto

A veces, luego de ganar la cuenta, cliente o proyecto que podría darle sentido a nuestro emprendimiento, tropezamos y caemos en desesperación. Estas cinco palabras pronunciadas por Tom Brady podrían ser el secreto absoluto para recuperar el control de un proyecto. Y de tu vida también.
La fórmula de 5 palabras de Tom Brady para lidiar con ese angustioso proyecto
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Perseguimos el proyecto durante toda una vida. O al menos así lo sentimos. Cada día lo iniciábamos con una reunión de 20 minutos para revisar avances, para asegurarnos de que estábamos cubriendo todos los aspectos que el cliente pedía. Sabíamos que la competencia sería cruenta. Una batalla en contra de empresas mucho más grandes que nosotros. Con más experiencia. Con más recursos. Con clientes activos que los hacían lucir perfectos.

Pero nuestro corazón latía más fuerte.

Quizás por la necesidad de ganar ese proyecto que podría darle certidumbre a nuestro emprendimiento, el eco de nuestro pulso se hacía escuchar a kilómetros de distancia. Nos hacía ver ágiles, apasionados, misteriosos e interesantes. Nuestra propuesta era distinta, única e irresistible.

El día en que recibimos la llamada del cliente avisándonos que el proyecto era nuestro, celebramos con gritos, sonrisas y fuertes abrazos. La satisfacción nos hacía sentir seguros, motivados y felices. Las largas horas de desvelos, los múltiples ensayos antes de presentar, las intensas reuniones revisando planes de negocio con ojos cansados, las diferencias de opinión durante el proceso entero, la tensión que provocaba el trabajar jornadas y jornadas en algo que ni siquiera sabíamos si terminaría en nuestras manos. Todo había valido la pena.

Finalmente conseguimos el proyecto que serviría como piedra angular de nuestro emprendimiento

Después de la certeza: la duda

Con el triunfo recién conseguido, llegó también la tensión.

De la alegría y la emoción extrema, pasamos a la realidad de tener que ejecutar lo que habíamos prometido. No tardamos en empezar a conocer a nuestro cliente: exigente y perfeccionista como tiene que ser. Esperaba mucho de nosotros. De nuestra propuesta. De los ecos del latido de ese corazón apasionado que había logrado emocionarlo. De los argumentos que declaraban que nuestro trabajo haría la diferencia.

Iniciaron las juntas de implementación. En conjunto, fijamos fechas de entrega y nos invitaron a conocer procesos que ante nuestros ojos se abrían como cajas chinas: complejos y difíciles de entender.  

De un día al otro los pendientes se multiplicaron. Cosas que en teoría sabíamos cómo resolver se enredaban en nuestras manos. Los procesos se entorpecían y la idea que habíamos tenido del proyecto se nublaba con cada día que pasaba. Surgían imprevistos, malentendidos y problemas de comunicación que nos alejaban de un cliente recién adquirido.

Un día de trabajo se sentía como una semana. Una semana como un mes. Un mes como todo un año.

Una mañana nos descubrimos empantanados y desesperados. Los demás proyectos que teníamos, antes relucientes y perfectamente bien coordinados, yacían descuidados en los rincones del estudio. Y aunque demandaban atención con voz tímida, el coloso que ahora nos ocupaba los silenciaba con una sola mirada. Todos tratábamos de aportar, de ayudar, pero nuestros pasos se enredaban y en lugar de avanzar, nos movíamos cada vez más despacio.  

Aunque nadie se atrevía a decirlo, cada amanecer, los miedos nos invadían y las dudas nos asaltaban. Al despertar sentíamos que no podíamos. Los latidos de nuestro corazón se apagaban, sus ecos ya no se escuchaban y terminábamos nuestros días angustiados.

Un fin de semana, atareados y tratando de recuperar tiempo en los días en los que el cliente descansaba, algunos de nosotros nos quebramos. Mirando al cielo buscamos una respuesta y esta llegó del lugar menos esperado: el futbol americano.

Las 5 palabras de Brady

Ese domingo, mientras trabajábamos, en la televisión se jugaba la final de la Conferencia Americana de la NFL. Los Jefes de Kansas City se enfrentaban a los Patriotas de Nueva Inglaterra. El juego fue cerrado, demasiado. Yendo abajo en el marcador unos minutos antes del final, y cuando parecían derrotados, los Patriotas lograron anotar para mandar el juego a un tiempo extra. Nueva Inglaterra ganó el volado y anotó de nuevo en su primera ofensiva para vencer a su rival y llevar a Tom Brady, su mariscal de campo, a su noveno Super Bowl (si lo gana, obtendrá su sexto anillo).

En la conferencia de prensa el jugador –amado por muchos y odiado por otros tantos– respondió a una pregunta simple, pero compleja.

—¿Cómo lo haces? —preguntó uno de los reporteros—, ¿cómo logras mantenerte calmado en los momentos más importantes?

Con cinco palabras Brady reveló su secreto y redujo nuestra crisis de proyecto a una falta de entendimiento.

—Una jugada a la vez —dijo.

Una frase simple, pero de implicaciones terriblemente complejas. Porque resolver una jugada a la vez no es nada fácil. Cuando las cosas no salen, cuando los proyectos se agolpan, se enredan y se complican, cuando la angustia nos oprime el pecho y nos roba el sueño. Entonces queremos hacer tres o cuatro cosas al mismo tiempo. Y en lugar de ganar tiempo, lo perdemos.

Una jugada a la vez.

Corremos desesperados. De sol a sol. Miramos correos electrónicos, mensajes de WhatsApp de múltiples grupos y solicitudes en tiempo real. Nos apoyamos en la tecnología creyendo que esta nos hace más eficientes y terminamos, irremediablemente, hundidos por el yugo del multitasking. Cuando lo que necesitamos es detenernos. Mirar el panorama como lo hace un quarterback y después, resolver la jugada que nos toca jugar.

Esa y nada más. Sin fatalismos. Sin malviajes. Sin anticiparnos.

Una y ya.

Para recuperar el ritmo. Para recuperar el pulso. Para escuchar de nuevo nuestros latidos y el modo en que su eco reverbera en nuestro pecho. Para resolver ese enmarañado proyecto y el que surgirá la otra semana o el próximo mes. Y también para entender nuestras emociones, nuestros miedos, nuestros anhelos.

Una jugada a la vez.  

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